En algún momento, por haber escrito un libro sobre la infidelidad que detonó mi última relación, me convertí en una especie de gurú del under de las cornudas. No me molesta; me hubiese gustado tener a alguien a quién mirar cuando mi vida se derrumbaba, para vislumbrar la promesa de un futuro más brillante. Mi vida está lejos de ser perfecta hoy, pero creo que por primera vez en 33 años puedo decir que, con aciertos y errores, mi vida es, efectivamente, mía. Quizás deba agradecerle eso al desbarate que produce vivir un año con tu ascendente de nacimiento de nuevo, o tal vez sean las horas de terapia invertidas. De todas maneras, se siente bien.
Estas últimas semanas me escribieron no menos de 15 mujeres contándome que se estaban separando en términos más o menos parecidos a los que yo atravesé, que habían llegado a mi libro, que por favor les prometa que el dolor desaparecía. Tengo un spoiler fatal: el dolor no desaparece, pero la capacidad para sostener nuestras heridas aumenta.
En otras palabras: los horrores persisten, pero algo dentro nuestro persiste a la par y, de hecho, se hace más fuerte.
Dicen que el tiempo todo lo cura, y creo que es una frase que minimiza lo que sucede a la par del tiempo: el compromiso interior inquebrantable con una misma es lo que hace que algo adentro cure. Y el tiempo va a pasar de todas formas. Tenemos la oportunidad de hacer algo con su paso o quedarnos, estáticas, en el mismo lugar.
Si veo mi vida vincular (algo que analicé hoy en terapia somática por vez 340 mil), me encuentro de frente con los mismos temas en diferentes cuerpos, distintos avatares. Me muevo en una espiral que desciende, y el lugar de llegada, afortunadamente, es mi corazón. Atravieso algo que creía que había dejado atrás, de nuevo, solo para darme cuenta de que ahora sí estoy eligiendo diferente. O que tal vez, por vez primera, quien elige soy yo y no mi pasado. La herida tiene el poder de manejar nuestra vida si así se lo dejamos, pero también tenemos nosotras el poder de ampliar nuestro campo de visión y al recorrer con la mirada lo que rodea a la herida, darnos cuenta de que hay mucho más por delante que lo que pasó y quedó grabado a fuego en nuestro interior.
Quizás la decisión más importante que he tomado este último tiempo es la que tiene que ver con dejar de crear mi presente a partir de mi pasado, y empezar a traer el futuro a mi día a día. No he vivido ni el 10% de las experiencias que espero vivir, no he besado ni a la mitad de personas que deseo besar, no he amado ni un cuarto de todo lo que espero amar en mi vida, mi corazón tiene todavía espacio dentro mío para seguir ensanchándose.
Deseo que la motivación para mis días sea la promesa de un futuro donde el dolor tiene sentido porque al sentido se lo doy yo, donde la integridad sea la brújula que me mueve hacia adelante, donde mis vínculos son un reflejo de mis valores, donde mis días están regidos por la premisa de verme y saberme parte de algo más grande, interconectada con todo lo que me rodea, humanos desconocidos, naturaleza y el misterio de la existencia por igual.
Cuando repaso todo lo sucedido desde 2021 hasta acá, lo más doloroso que me tocó atravesar fue la falta de fe. Sentí que había perdido a Dios, mi lugar en el mundo, mi conexión con lo divino, mi esperanza y mi certeza absoluta. Esa pérdida fue también uno de los regalos más grandes que se me han dado, porque como dijo Camus:
En el medio del odio me pareció que había dentro de mí un amor invencible.
El medio de las lágrimas me pareció que había dentro de mí una sonrisa invencible.
En medio del caos me pareció que había dentro de mí una calma invencible.
Me di cuenta, a pesar de todo, que en medio del invierno había dentro de mí un verano invencible. Y eso me hace feliz.
Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra, dentro de mí hay algo mejor empujando de vuelta.
Estas palabras tan compartidas hablan de cómo Camus volvió a las playas donde creció, y que aún “en los peores años de nuestra locura, el recuerdo de ese cielo nunca me había abandonado”. No se desesperó, a pesar de los horrores que vio en su vida (la Segunda Guerra Mundial, el nihilismo, el fascismo, etc.), porque sabía que “las ruinas de Tipasa eran más jóvenes que nuestras nuevas construcciones o los daños causados por las bombas. Allí el mundo comenzaba de nuevo cada día con una luz siempre nueva. ¡Oh, luz! Este es el grito de todos los personajes del drama antiguo enfrentados a su destino. Este último recurso también era nuestro, y ahora lo sabía”.
La herida no sé si se achica. Los horrores seguramente persisten. Lo que se abre por detrás de eso, a los costados, por encima y por debajo es la posibilidad de la reconstrucción, de la alegría en medio de los horrores, de la esperanza desbordante incluso en medio de la noche más oscura del alma, la certeza de que todo volverá a comenzar y a morir (que es la ley de vida) y la gratitud por poder experimentarlo, una vez más.
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