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en el medio pasó el mar · Apr 29, 2026

en defensa del error y del fracaso

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Nicole · en el medio pasó el mar

Hace poco escribí que estaba aceptando que nunca voy a ser una experta. Me toca corregir a la versión mía que escribió eso: soy una experta ya, tengo un máster en equivocarme. Y un posgrado en fracasar.

Hablo hoy en nombre del error y en defensa del mismo. No terminé abogacía, pero voy a ser su representante en este embrollo. Siento que la presión que nos oprime el pecho a muchos, que el peso que nos acompaña silenciosamente en los hombros y no se va por más que hagamos clases de yoga y pilates, que la calesita que tenemos girando non stop en la cabeza tiene que ver con haber comprado una fantasía que hábilmente nos vendemos mutuamente por redes sociales: el error debería ser escondido, y ¿cuál es el paso CORRECTO para dar? ¿Quién tiene la respuesta? ¿Dónde la compro?

Así se abren frente a nosotros caminos posibles, mapas diagramados cuidadosamente por personas que en apariencia tienen todo resuelto y han logrado escaparse del laberinto terrorífico que representa tener que aceptar que nos hemos equivocado. Voy a hablar de los caminos que veo representados para las mujeres, que es lo que más conozco, en otra entrada de Substack porque da para largo... Pero va una pequeña representación de cómo en mi mente se sienten casi como comprar las valijitas de Juliana + profesión cuando era chica: un mero disfraz para ocultar toda mi humanidad:

  • Está el camino de la Girl Boss, donde toda la vida gira alrededor de hacer 6 números por mes, idealmente en USD, y masculinizarme hasta la médula en el proceso.

  • Está el camino de la soft femme, donde tengo que mudarme al campo, clavarme plumas en la cabeza y hablar de que todos somos uno mientras bailo en círculos.

  • Está el camino de la carefree traveler, donde meto todo en mi mochila y arranco mis raíces para llamarme a mí misma una hija del mundo.

  • Está el camino de la trad wife, donde empiezo a hacer muffins (gluten free) de cero cada mañana y pongo mi útero al servicio de quien lo requiera.

No tengo nada en contra de ninguno de esos caminos, siempre y cuando emerjan de un lugar auténtico interior y no se vendan como una solución empaquetada que más se siente como comprar un combo de McDonald’s por el AutoMac que un camino genuino de vida que responde a los valores interiores que tengo.

Más o menos así está curado el algoritmo para una mujer de 33 años hoy. Cada una tendrá sus dimes y diretes, y obviamente lo que me muestra tiene que ver con lo que me ha gustado en el pasado. Cada camino incluye también una forma de hablar, vestirme, alimentarme, moverme, consumir y pensar. Cada mapa cuidadosamente armado para que pueda, por fin, evitar el error.

Hablaba ayer con una amiga que está tratando de tomar una decisión determinante para su vida (¿qué es la adultez más que la consciencia de que, al final, todas las decisiones son determinantes para nuestra vida?) y me decía que estaba frustrada porque cerrar algo que ya cumplió su ciclo se siente como un fracaso. ¿Qué tan instalada tenemos la idea de que la vida se mueve de manera lineal hacia adelante, y que cualquier intención de detenernos a observar, respirar y reajustar nuestra brújula debería ser considerada motivo para autocastigarnos?

Me bajo.

Creo que para quienes decimos querer vivir la vida desde una perspectiva creativa, el error y el fracaso son fundamentales para el crecimiento de la obra que será la suma de todos nuestros días en esta Tierra. Al final, la obra es sobra del proceso, y ¿qué proceso hay sin pegársela contra la pared un par de veces?

Me he equivocado, mucho. Me equivoco cuando elijo algún color de uñas que no va con mi piel, me equivoqué eligiendo carreras, me equivoqué abriendo empresas y cerrándolas, me equivoqué trayendo gente incorrecta a mi vida, me equivoqué con la cantidad de harina de almendras y me quedó una mezcla apelmazada, me equivoqué y tiré el celular y reventé un vidrio, me equivoqué y choqué el auto de Red Bull cuando era chica, me equivoqué y dije que sí cuando era un claro no, me equivoqué y caminé caminos que no eran míos, me equivoqué y pedí perdón y también me equivoqué y me quedé callada.

Fracasaron relaciones, proyectos, ideas, amistades, viajes, mudanzas, encuentros, fusiones, anhelos, deseos, inventos y varios sueños.

Y sí, obviamente, todo es un aprendizaje, pero para que eso llegase a ser un aprendizaje primero necesita haber sido un error. El foco no debería estar en el fracaso en sí mismo, debería estar en la capacidad que tenemos para corregir aquello en lo que hemos fracasado o nos hemos equivocado. Es imposible ampliar la vasija interna de otra manera: sucede a fuerza de prueba y error, y curiosamente es el camino que nos adentra cada vez más profundo en nuestro ser, a diferencia de lo que sucede cuando seguimos caminos creados para y por otras personas.

Celebro el enchastre y el no saber, en un mundo que muestra constantemente tener todo resuelto, y el dolor que va de la mano con la incertidumbre de preguntarnos si estaremos haciendo lo correcto (¿lo correcto para quién?).

Ayer le dije a mi amigo Edu Mangia que había vuelto a rezar.

Y me quedo con esto, para mi vida, para siempre: lo que haga, en general, como único requisito, tiene que ser de corazón. Los errores que cometa, si son de haber actuado desde mi corazón, estarán bien. Los aciertos también. Los fracasos lo mismo. Y los éxitos igual.

Todo siempre lleva, al final, al mismo lugar: al corazón.

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Read the original on nicomarcuzzi.substack.com

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