Si pudiese juntar toda la energía que invertí en intentar ser “tradicional”, podría dar electricidad infinita a un pueblo en medio de la nada en La Pampa. He pasado gran parte de mi vida luchando contra la corriente de ser quien soy: en primer lugar, por no haber tenido una referente como yo en mi infancia; en segundo lugar, porque era lo que se esperaba de mí. Nunca llegué a las idealizaciones que tiene el resto sobre Nicole, en ningún ámbito de mi vida.
Lo bueno es que ya no quiero llegar. Por fin.
Estoy aceptando que mi destino no es ser experta. Me encantaría poder decir que algún día voy a estar en la NASA o en un streaming del CONICET hablando con pasión sobre un tema del que sé muchísimo. Tiene tanto sentido como hacer fuerza con todo mi cuerpo —apretando los puños y la mandíbula, cerrando los párpados— para ver si al abrirlos logro tener ojos azules. Simplemente no va a pasar. No tengo la capacidad de sostener lo mismo mucho tiempo: pierdo el interés, me aburro, paso a lo siguiente, hay algo nuevo y más brillante que llama mi atención, quiero probar otras cosas.
En mi vida, todo es ganancia porque el objetivo es la experiencia y no el resultado que la experiencia podría darme.
Soñé muchas veces con una vida lineal, donde cada paso antecede a uno perfectamente coordinado, viendo el final desde el comienzo, organizando la orquesta de mi vida milimétricamente —y disfrutándolo; lo que más soñaba era ese disfrute que otros parecen poseer y yo no—. Lo intenté, no pasó. Quise con todo mi corazón querer el terreno, el casamiento, la casa, los hijos, la vida repetitiva y predecible. Querer quererlo no es lo mismo que quererlo y, afortunadamente, me corrí a tiempo, antes de lastimarme a mí y a otros en el proceso.
Lo más tremendo de todo este proceso de aceptación fue entender que quien soy y mi identidad ya no tienen asociación directa con lo que hago. Mi valor personal —el oro que es mi mundo intrínseco y la complejidad del entramado de mis pensamientos y emociones— es valioso por sí solo, sin que me sienta más o menos por la cantidad de seguidores que tiene la empresa en Instagram, o por tener una empresa siquiera. La ambición, tan asociada a mi identidad durante tanto tiempo, logró desacoplarse y quedar acomodada en el estante que le corresponde; lo que me permite, de nuevo, que la experiencia sea toda mi ganancia.
Decepciono crónicamente a gente que quiere tenerme en un escenario performando ser alguien que ya no soy. Puedo ver su cara de resignación, o su furia, cuando no voy de acuerdo al plan que crearon para mí en sus cabezas. El gran problema, para esas personas, es que estoy dispuesta a desilusionar a quien sea con tal de no desilusionarme nunca más a mí. El precio que pagué por eso fue caro, y me rehúso a volver a suprimir esa parte mía —tan infantil— que lo único que quiere en esta vida es probar.
Creo que los seres humanos conformamos una cadena muy elegantemente organizada, lo sepamos o no. Hay lugar en esa cadena para cada persona que habita esta Tierra, y podría definirla más o menos así: quienes sueñan e idean, quienes crean, quienes sostienen, quienes concluyen, quienes consumen. No hay un lugar mejor o peor dentro de la cadena; está creada para acomodarse a nuestras necesidades —y no al revés, como tal vez podríamos pensar—. Tener el coraje de habitar el lugar que nos corresponde hace que todo fluya mucho más fácilmente. Los problemas comienzan cuando nos forzamos a habitar un espacio en la cadena que no es el nuestro. Se ralentiza todo el proceso, no llegamos nunca con lo que se nos propone como tarea, nos frustramos por no poder, creemos que hay algo mal en nosotros. Quizás sea mucho más conveniente aceptar, de una vez por todas, que la naturaleza jamás se equivoca y que pelear contra quienes somos tiene tanto sentido como pedirle a un naranjo que sea un peral. Cada uno cumple su rol, y por algo está pensado así.
Mi lugar en la cadena es el de soñar e idear. A veces me traslado a la creación, si lo siento coherente. Ya sé que yo no voy a sostener ni voy a terminar, no es el lugar que vine a habitar. Alguien tiene que estar al comienzo del camino e, indefectiblemente, necesito también en mi equipo de almas afines a personas que habiten el medio y el final. Nada tiene sentido si no están ocupados todos los lugares de la cadena, y eso es lo que nos cuesta tanto entender: armamos cuellos de botella en la sociedad porque nos empeñamos tanto en parecernos a personas que parecen tener todo “descifrado” que no nos damos cuenta de que al dejar vacío nuestro espacio en la cadena entorpecemos todo para nosotros y para el resto.
Nunca voy a ser una experta en un solo tema. Nunca voy a poder recibir la mayor condecoración entregada a alguien que profundizó tanto que llegó a tocar el magma elemental de la Tierra. Pero seré siempre la que tenga una historia para contar, un dato random para aportar, una idea disruptiva y demencial para proponer, y una aventura nueva que vivir. Hoy eso para mi es suficiente.
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