Mi padre ocupaba tanto espacio que hasta que no murió no empecé a discutir de verdad con mi madre. En nuestra historia hubo sus «yo no te pedí nacer» y sus «quién iba a pensar que no te saldrían mejor las cosas», pero era con mi padre con quien discutía por costumbre. A veces pienso que se murió solo para no reconocer que yo también podía llevar la razón.
Si esto fuera una película, este momento se representaría conmigo descalza y en bragas, pintando un lienzo de dos metros en un ático con suelos de madera. Lo pondría todo perdido. En algún momento abandonaría los pinceles para pintar directamente con las manos o lanzaría la pintura desde el bote. Haría una obra de mierda. Porque, al final, esos cuadros lo suelen ser.
El 18 de agosto de 2021, mi padre falleció de forma inesperada tras pasar dos días ingresado en la Unidad de Observación. Desde entonces vamos un poco como pollo sin cabeza, y mi madre mata el tiempo haciendo scroll entre los productos de Amazon.
Nunca se nos dio especialmente bien conversar y siempre hemos sido bastante torpes con los afectos, así que no tardó en instaurarse un pequeño ritual: después de cada discusión, me enviaba un regalo aleatorio como intento de rebajar la irritación y hacer las paces sin tener que decir demasiado.
Esto lo escribí un año después de su muerte, porque no me puse a pintar como las tías buenas de las películas: me puse a escribir y a dibujar, solo por soltar aquello en lo que estaba convirtiéndose la relación con mi madre, y esa forma nuestra de vivir la ausencia. Cuando terminé, lo guardé todo en una carpetita y me olvidé de ello hasta hace unos días.
Uno de los primeros paquetes que me llegaron a casa fue un litro de aloe vera. Cuando llamé a mi madre para decirle que lo había recibido y preguntarle por qué, me respondió que mi padre solía tomarlo y que igual me venía bien para lo mío. El regalo nos llevó a una discusión en la que intenté explicarle que no necesitaba el producto, que le agradecía el gesto, pero que no debía comprar esas cosas por internet y varios argumentos más que ignoró por completo.
Como respuesta a la discusión me llegaron días después tres cuchillos de acero inoxidable.
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El criterio que seguía (aunque debería hablar en presente) a la hora de enviarme cosas siempre fue un enigma. Aunque es verdad que hasta un reloj averiado da bien la hora dos veces al día. Como aquel reloj de pared retro con diseño de pájaros británicos que recibí un 23 de noviembre.
Los envíos que más me descolocaban eran los más normales. El papel higiénico. El gel de ducha. Cuando llegaban, intentaba hacerle entender, sobre todo, lo poco sostenible que era todo aquello. Porque si después de más de veinte años viviendo por mi cuenta me envías papel higiénico, poco puedo aportar a esa parte.
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—Estaba pensando que fuiste la última en ver a papá.
Escuché a mi madre abrir la conversación. Yo estaba frente a ella, sentada en la silla de oficina que tiene en mitad del salón. Estaba agotada y hasta arriba de mierda. Había pasado toda la mañana abriendo cajas en el trastero, un cubículo sin luz ni ventilación que mi padre tenía en un garaje comunitario, alumbrándome con la linterna del móvil y respirando el olor de los tubos de escape. Buscaba la cartilla de nacimiento de mi perro porque ya no recordaba si de verdad había venido de la República Checa o si era algo que me había inventado. Llevaba semanas obsesionada con ese detalle y sentía la necesidad de comprobarlo cuanto antes. No la encontré.
—¿Qué pensabas exactamente? —dije, respirando hondo.
—Pues eso. Que fuiste la última en verlo y luego se murió. Es muy raro todo.
—¿Me estás diciendo que maté a papá?
—¡No, por Dios! Solo estaba haciendo una observación.
Fragmento de una conversación que tuvimos en diciembre de 2022
Las veces que he pedido a Amazon en los últimos años se pueden contar con los dedos de una mano. Así que podéis imaginar la cara que se me queda cuando llama un repartidor en domingo o, mejor todavía, un día festivo. Me consta que mi madre no lo hace queriendo, pero es otro motivo de discusión porque ese repartidor nunca viene a dejarme nada de necesidad sino algo como un kilo de pimentón de La Vera, solo porque un día comenté que me gusta el sabor ahumado cuando hago guisantes.
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Durante un tiempo pude devolver algunos pedidos porque tenía su contraseña. Así, si me llegaba un cabecero de cama de dos metros que en realidad era un cartón pluma pintado, en lugar de una nueva discusión simplemente tramitaba la devolución y aquí no había pasado nada. Lo mismo hice con unas Skechers del 45 que ella juraba haber comprado del 35. Lo que me recuerda que algunas de las cosas me las ha enviado dos veces, con un año de diferencia más o menos. Como las babuchas con el dibujo de Frida Khalo.
Tener su contraseña era útil porque además podía revisar sus suscripciones y cancelarlas. Por muchas veces que le hubiera explicado cómo funcionaban, siempre acaba apuntándose a alguna de más. Durante una temporada estuvo empeñaba en que me llevara un bote de enjuague bucal Colgate cada vez que iba a verla. Un día le revisé los armarios y conté unos seis. Así que toda persona que cruzaba la puerta de su casa salía con un bote de enjuague bucal Colgate debajo del brazo.
La semana pasada quiso darme otro y me temí lo peor. Abrí los armarios, le pedí el teléfono y volví a revisar su cuenta, como si hubiéramos retrocedido un par de años. No lo hice con calma, por supuesto, lo hice mientras echaba la bronca a una niña de sesenta y nueve años a la que soy incapaz de criar.
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Y le riño porque me enfado, y me enfado porque me frustro. Luego me siento mal y recuerdo las palabras de una terapeuta a la que fui hace unos años. Una terapeuta que, por cierto, me pagó mi madre para que pudiera hablar de mi relación con ella, en uno de sus saltos de tirabuzón. La terapeuta me dijo que no podía ser la madre de mi madre y pensé: «Pues ya estaría. Gracias».
Desde entonces me lo repito cada vez que tenemos un desencuentro. Especialmente cada vez que va a hacer año de mi padre. Porque, al final, ella hace lo que puede. Y yo también. Y si estas son las cartas que nos han tocado, jugaremos esta mano como sea. Aunque eso signifique volver a casa con un bote de enjuague bucal Colgate debajo del brazo las veces que haga falta.
Mientras terminaba de maquetar la newsletter, mi madre me escribió para preguntarme si me había gustado el detergente que me había dado junto a un táper de ternera a la jardinera, después de que fuera a verla para llevar a su gato al veterinario. Una pregunta que, dadas las circunstancias, no me sorprendió en absoluto. Hasta que llegó con la segunda:
¿Cómo voy a enfadarme con una persona que tiene la ocurrencia de pegar un billete de 50 euros en el culo de un paquete de detergente y acordarse de avisarme siete horas después, porque claramente ya lo daba por perdido?
Italia:
❤️ Abracito de cinco estrellas, Nazaret.

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