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Fetén · Aug 2, 2026

Manuscrito de muerte

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Nazaret Escobedo · Fetén

[Nuestros nuevos residentes son raros. Joseph, uno de mis alumnos de Literatura Universal. Estoy deseando leer tus trabajos durante el seminario. En otras palabras: cómo empezar el proceso. No sé cómo harán las cosas en Nueva Inglaterra, señora Fletcher, pero aquí tenemos ciertas normas que respetar. ¡George de Waterfall! Tomó demasiados julepes y anda algo perjudicada. ¡Es una noticia fabulosa!]

Tan-ta-ta-ra-tan-tan, ta-ta-ra-tan-tan, ta-ta-ra-tan-tan
Tan-tan-tan-tan-tan, tan-tan-tan, tan-tan
Tara-ta-ta, tan-ta-tara-tan, tan-ta-tara-tan, tan-tan…

Querida Jessica:

Me apresuro a responder tu carta tan pronto como nos llegó, con la esperanza de que esta te encuentre antes de emprender tu viaje a Sevilbury. Consideraría un insulto a un viejo amigo que no hicieras un alto en el camino para pasar al menos un par de semanas con Elinor y conmigo en Madrick, a medio trayecto de tu destino. Nuestros nuevos residentes son raros y estoy seguro de que alguien con tu capacidad de observación encontrará en ellos una historia que contar.

Elinor te envía todo su cariño, igual que yo. Dennis.

Terminaba de leer la carta cuando el tren se detuvo puntual en la estación. Dennis la esperaba al final del andén con una gran sonrisa. Vestía una guayabera color crema, pantalones de lino holgado y una boina que completaba su imagen. Era un simulacro de jubilado.

—Jessica, estás tan encantadora como siempre.

—Dennis, apenas puedo rodearte con los brazos. Te veo de buen año.

—¿Qué puedo decir? Gané algo de peso después de la lesión.

—Pero el accidente te afectó al brazo.

—No empecemos, Jess. Ya sabes cómo me pongo cuando estoy nervioso.

Hizo ademán de cogerle la maleta con el brazo sano, pero Jessica no se lo permitió.

—Por cierto, Joseph, uno de mis alumnos de Literatura Universal, ha tenido la amabilidad de venir a recogernos. Imagino que sigues sin carné de conducir.

—Imaginas bien. Estas manos solo conducen mi vieja Raleigh Colt.

—¿Sabes? Los chicos están muy excitados desde que se anunció tu seminario. Hemos tenido que ampliar las plazas para atender la demanda.

—Oh, Dennis, sabes perfectamente que no me gusta llamar la atención.

—Confía en mí, Jess, son buenos muchachos. Mañana tendrás la ocasión de conocerlos y juzgar por ti misma.

Un joven se acercó apresurado desde el aparcamiento para recoger la maleta. Tenía ese aspecto de cuerpo compacto y cabeza voluminosa que hizo pensar a Jessica en el chochín común. Su torpeza al manejar la situación era impropia del insectívoro e inevitablemente le recordó más a su sobrino Grady.

—Buenos días. Debes de ser Joseph Palmer. Dennis me ha dicho que eres un jovencito brillante.

—Oh, no, no, señora Fletcher. Solo hago lo que puedo en la optativa del señor Wilson.

Se recolocó las gafas mientras abría el maletero. Al hacerlo, el reflejo del pin de un disco dorado prendido en la solapa de su chaqueta, deslumbró brevemente a Jessica. El muchacho se apuró a cubrirlo.

—Estoy deseando leer tus trabajos durante el seminario.

—Oh, no, señora Fletcher, yo…

—Joseph no se ha inscrito —intervino Dennis—. Está determinado a no desviarse del camino de la ciencia.

—Me gustaría poder escribir más —admitió Joseph—, pero además de las clases, mi padre insiste en que continúe en el equipo de fútbol, con el alemán y con el jiu-jitsu.

—¡Tonterías! —respondió Jessica con una sonrisa—. Aunque estoy de acuerdo en que no deberías abandonar el jiu-jitsu, siempre es útil, querido, también te vendrá bien asistir a mi seminario. Después de todo, la ciencia necesita de la narrativa para hacerse comprender.

—¡Adoro a Carl Sagan, señora Fletcher!

—Lo sé.

La residencia era tan hermosa como en las fotografías. Dominaba el acantilado con sus paredes encaladas, los tejados de dos aguas y los amplios balcones. Desde uno de ellos, Jessica contempló el mar centelleando bajo el sol de la tarde. Animada por el canto de los insectos, deshizo la maleta, se puso el chándal gris y salió a correr. Protegió el cuello de la brisa con un fular blanco y serpenteó por los caminos entre pinos y la abundante vegetación costera. A medio camino se cruzó con Elinor, que regresaba a la residencia tras bañarse en el mar.

—Oh, Jess. Pensaba que solo corrías al amanecer.

—En realidad, Elinor, ahora mismo está amaneciendo en Maine.

—Jajaja

—Jajaja

—¿Cómo estás, vieja amiga? Ven, pongámonos al día delante de una taza té —dijo Elinor escurriéndose con elegancia el pelo.

—De acuerdo, pero será lo último que haga hoy antes de acostarme. Mañana quiero estar fresca para el seminario.

Las sesiones se celebraban en la biblioteca, la estancia más amplia de la residencia. Cuarenta y cuatro jóvenes ocupaban las mesas y escuchaban con atención. Dentro de unos meses tendrían que elegir qué camino académico tomar y, por unos días, Jessica Fletcher les abría un sendero alternativo entre la maraña de posibilidades que tenían ante ellos.

—Os lo digo en serio: en realidad, la parte más difícil de escribir, es empezar. No hay nada más desalentador que sentarse ante una hoja en blanco y mirarla sin que vengan las ideas. Ese será el tema de nuestro seminario. En otras palabras: cómo empezar el proceso.

Algunos alumnos toman notas de forma frenética.

—Y además, me gustaría que trajerais un estudio de carácter de cinco páginas sobre alguien que conozcáis. Nos vemos dentro de dos días. Gracias a todos.

Dennis aguardaba al fondo de la sala junto a Joseph, que finalmente había decidido aceptar su invitación y asistir.

—¿Qué te dije, Jess? Cada verano tenemos mejores estudiantes. Y ya llevamos más de una década organizando estos seminarios, así que sé de lo que hablo.

—Es agradable formar parte de la emoción indirecta de lo que les narro.

—Sin duda.

—No sé cómo harán las cosas en Nueva Inglaterra, señora Fletcher, pero aquí tenemos ciertas normas que respetar.

La voz pertenecía a Margaret Peabody.

—Imagino que es usted Margaret Peabody, la directora de estudios. Es un placer conocerla.

—Así es. Y Joseph no puede seguir asistiendo a este seminario. Debemos respetar los deseos del señor Palmer, su padre.

Jessica sonrió por cortesía.

—Verá, señora Peabody, lo único agresivo que tenemos en Cabot Cove son las langostas, y nos las comemos.

Pasaban veinte minutos de las once cuando Margaret Peabody dejó caer su taza a medio terminar y se desplomó sobre el sofá. La infusión de manzanilla y anís estrellado se extendió por la moqueta de pelo corto, pero a la mañana siguiente, no había nada que limpiar.

—Señora Fletcher, ¿se ha enterado?

El bedel acababa de abrir las puertas de la biblioteca.

—¿Tiene que ver con el joven Joseph?

—¿Joseph? No, no. Se trata de…

—Entonces no será tan importante como lo que nos espera hoy en clase.

La sala de lectura, que durante unas semanas serviría también de sala de escritura, estaba repleta de rostros nerviosos y expectantes por recibir los primeros comentarios acerca de sus trabajos. Jessica recorrió las mesas repartiéndolos con sus anotaciones.

—Me gusta el giro que da al final, Frank, pero hazlo más guarro.

—Muchas gracias, señora Fletcher, lo haré.

—Unos personajes muy coloristas, Marianne, todo buenas decisiones.

—Es mi familia. Seguí su consejo y les grabé.

—¡Está finísimo!

Se detuvo junto a Joseph.

—Sé lo difícil que es escribir cuando uno tiene la cabeza en otra parte, pero tienes mucho potencial. Sigue trabajando.

—Gracias, señora Fletcher.

El ambiente en la residencia tenía un ritmo propio. Las mañanas estaban dedicadas a la formación y el estudio, las tardes a las apasionadas tertulias y las noches a la jarana. Una celebración del arte y la literatura en todas sus formas, en las que Dennis y Elinor se desenvolvían con soltura. Nadie quería perdérselas.

—JB Fletcher.

Jessica se volvió.

—¡George de Waterfall! Acabo de convertirme en uno de esos testimonios que aseguran haberte visto más allá de Chamberfield.

—Jajaja

—Jajaja

—Sabes que soy un hombre de hábitos retraídos, entregado a mis lecturas.

—Y a escrituras, espero. La última vez que nos vimos estabas trabajando en los relatos de tu cuarto libro para Coventry House. ¿Cómo era el título? Ah, sí: Cuando tengo una cosa que hacer, no sé lo que hago.

—Tienes una memoria privilegiada Jess.

—Huevos, frutos secos y pescado azul.

—Lo tendré presente. Y así es, quizá consiga terminarlo durante mi retiro en Albers of the Riverdale. Pero basta de hablar de mí, ¿en qué estás después de tu segunda novela Elegía por un perro salchicha muerto?

—Acabo de revisar las galeradas de la cuarenta: El cadáver nadó a la luz de la Luna.

—Pero solo pasaron dos años.

—Me gusta mantenerme activa, George.

George negó con la cabeza, admirando. De pronto cambió la expresión.

—Por cierto, Jessica, quería hablarte de Joseph Palmer. No pierdas el tiempo con ese muchacho. No es precisamente el lápiz más afilado de la caja.

Jessica sonrió.

—¿Sabes, George? En mi pueblo tenemos un refrán: las flores que florecen deprisa son presa fácil para una helada.

—¿De verdad decís eso?

—En realidad, no.

A la mañana siguiente, el escritor no apareció en el bufé de desayuno junto a los demás invitados de los Wilson. Algunos pensaron que había precipitado su regreso y nadie lo buscó. El polvo comenzó a acumularse sobre los muebles de Chamberfield y Albers of the Riverdale. No hubo cuarto libro para George de Waterfall.

—Señora Fletcher, no se lo va a creer.

El bedel parecía alterado.

—¿Le ha ocurrido algo a Joseph?

—No exactamente, pero…

—En ese caso, será mejor que empecemos.

El alumnado llegaba cargado de dudas sobre la inspiración, sobre la forma correcta de expresarse, sobre qué historias merecían ser contadas y cuáles no. Para sorpresa de muchos, la incertidumbre no disminuía cuanto más escribían, sino al contrario. Jessica procuró aportar algo de claridad sobre aquellas inseguridades.

—Tengo una crítica común a todos vuestros trabajos: demasiadas palabras para expresar algo sencillo. Ya sabéis que el escrito debe ser directo y claro como la luz, y si podéis, de dos palabras usad tan solo una. Me gustaría verlo reflejado en vuestros manuscritos.

Elinor, apasionada del teatro de variedades de entreguerras, organizó aquella noche una velada que transformó la residencia en un pequeño cabaré. La música, los aperitivos y las plumas, cautivaron a los asistentes.

—Desde Estrellita la Cachonda y La Tornillo no veía un espectáculo de transformismo semejante. He disfrutado muchísimo, Paca.

—¿Esas? —bufó la artista mientras se abanicaba—. Esas, señora Fletcher, eran unas bichas que me robaban los chistes. No quisiera yo volver a encontrármelas.

—A propósito, déjeme que le presente a Joseph, uno de mis alum…

—¡Pero muchacho! Con estas hechuras no sirves ni para cargar baúles.

Sin devolver el saludo, Paca dio media vuelta y se alejó hacia el vestíbulo, abanicándose con desdén.

—No se lo tengas en cuenta, Joseph. Tomó demasiados julepes y anda algo perjudicada —dijo Jessica arrugando la nariz, en un intento por aliviar la humillación del muchacho.

«¡Qué pena, coño! Con lo bien que sienta una moña en el moño», fue la última queja de Paca. Sus palabras se perdieron en el estruendo de las olas golpeando el acantilado. Como también cualquier acusación contra Estrellita la Cachonda y La Tornillo o cualquier otro comentario sobre el aspecto del joven Joseph.

—Verás, Dennis, estoy muy emocionada. Estos muchachos son muy trabajadores y tienen verdadero talento. Aunque echaré de menos los balcones con vistas al mar, estoy ansiosa por llegar a Sevilbury, sentarme a saborear todo esto y ponerme a escribir de nuevo.

—Te lo dije, Jessica. Sabía que unas semanas aquí te vendrían bien. Y no solo a ti, has hecho mucho por los chicos.

El desayuno se vio interrumpido por Joseph, que entró en la sala visiblemente inquieto, como un insectívoro.

—Señora Fletcher, no encuentro el manuscrito que dejé encima del sinfonier.

—Querrás decir sifonier. Aunque también puedes llamarlo chifonier, puesto que proviene del francés, chiffonnier.

—¿Y qué he dicho yo?

—Sinfonier.

—Pues eso. No lo encuentro, señora Fletcher, es desconcertante.

Jessica sonrió y miró de forma cómplice a Dennis.

—Joseph, no encuentras tu manuscrito porque ya no está aquí.

—Señora Fletcher, ¿qué quiere decir?

—Que lo tiene Coventry House. Lo han leído y quieren publicarte.

El muchacho se ajustó las gafas mientras trataba de asimilarlo.

—¡Es una noticia fabulosa! —exclamó Dennis—. Iré a buscar una botella de champán. ¡Elinor! ¡Elinor!

—Oh, santo cielo, pero… —murmuró Joseph—. No sé si a mi padre le parecerá bien.

Jessica puso una mano sobre el hombro del muchacho.

—Verás, Joseph. Eso en realidad, también tiene solución.

Tan-tara-tan-tan-tan, tara-tara-tan-tan

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