Imagino a la vida como el juego de las letras de Billiken, legendaria revista infantil que cumplió cien años antes de sucumbir ante las pantallas. Números y letras mezclados a los que había que seguir secuencialmente para obtener al final, el diseño de una figura. Tal cual me sucede con cada encuentro y situación nueva que al unirlos han ido configurando la geografía humana de mi destino. Coincidencias de apariencia fortuita que con el tiempo pasan a tener un significado más profundo. El azar, esa bella palabra cuyo origen es la flor de azahares impreso en una de las caras de los dados de los árabes en señal de suerte que lanzados hacen de nuestras vidas también un juego de suerte, sin triunfos ni victorias.
Para mí, no deja de ser azaroso haber mirado los partidos de la selección argentina en el mundial en la casa de Horacio Martínez la hospitalidad de su pareja, Florencia Brandoni que me invitaron a compartir con ellos y sus amigos ese sentimiento misterioso de acompañar, padecer o celebrar el juego de esos once jugadores que con los malabares de una pelota logran el prodigio de sentirnos parte de una misma geografía. No estaba en mis planes. No me interesa el fútbol. Ignoro sus reglas, pero como la inmensa mayoría vivo en los mundiales ese misterio de la pertenencia. Como una liturgia con cada partido fuimos creando una complicidad de brindis y abrazo por los goles. A esta altura de mi relato ya debo revelar el aspecto azaroso de esos encuentros, el que me trae todo el tiempo a nuestros muertos insepultos, ese pasado trágico que impregna hasta las que parecen inocentes festejos deportivos.
El anfitrión Horacio Martinez es la persona a quien veinticinco años atrás le compré la casa que habito. No lo conocía, ignoraba su biografía. Más tarde, por haberlo cruzado algunas veces, deduje que era una persona pública, vinculada al mundo empresarial y a la política. Nada más. Me cuesta precisar la fecha, pero no muchos años atrás me sorprendió con su llamado para participarme de la presunción de fallecimiento de su hermano Daniel, preso desaparecido. Una prueba de confianza que me conmovió y ratificó lo que aprendí a lo largo de tantos años de recibir testimonios de pesar.
La intimidad del dolor difícil de transmitir se toma su tiempo, es individual pero se unifica en una palabra que para los que pertenecemos a la gran familia de las ausencias, no necesita explicación, “desaparecido”.
El suyo, su hermano menor, Daniel. Secuestrado a pocos meses del golpe del 24 de marzo de 1976. Un militante del ERP, el ejército revolucionario del pueblo que trabajaba como obrero en la fábrica Sudamtex. Sin precisiones sobre el lugar de su secuestro. A diferencia de Alicia Pardo, su pareja, igualmente desaparecida cuando salía de la casa de sus padres en Almagro. Todo eso lo supe después de leer el pequeño libro que me ofreció en el que se recuerda menos sus vidas que el ritual de colocar baldosas con sus nombres en los lugares donde fueron secuestrados. Una forma de restituir los nombres que se buscó ocultar, negar. Ya no el relato de los sobrevivientes, sus padeceres en los campos de detención clandestina reconstruidos y depositados en los expedientes judiciales sino un aspecto menos conocido, no por eso menos dramático, la liturgia para recordar muertos insepultos, sin cruces, ni rezos. Las baldosas “que guardan memoria”, pequeñas losas que a instancias de organizaciones barriales son colocadas en el lugar del que fueron secuestradas con el nombre del desaparecido impreso. Horacio también puso una placa con el nombre de su hermano al lado de las tumbas de sus padres. Sin embargo, debió desarmar tanto la resistencia para sustituir la ideologizada palabra “combatiente” de las baldosas barriales como la negativa de la administración del cementerio privado reacia a escribir la palabra desaparecido en la lápida del cenotafio, esas tumbas vacías. A las baldosas con el nombre de mis dos hermanos presos desaparecidos, Nestor y Cristina se las llevó la grúa de demolición para ensanchar el Paseo Colón. Antes habían sido vandalizadas.
La perversión de la desaparición nos sustrajo también los rituales, esas exequias compartidas que dicen en silencio lo que las palabras no abarcan y son fundamentales para cohesionar a una sociedad. El consuelo del duelo que hubieran ayudado a sanar verdaderamente a una sociedad que sigue dividiendo aquel tiempo entre víctimas y verdugos sin poder transformarlo en una sociedad integrada, más compasiva y comprensiva con esa memoria. Ausencias sin nombres reducidas a un numero o al dinero de la reparación con la que el estado admite su violación, sin que se les haya restituido lo que es igual a todos, la humanidad. Ritos personales.Como siempre, nadie lo dijo mejor que Borges “Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de las elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios, ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita”.
Con frecuencia me siento inoportuna por traer a la memoria lo que se quiere dejar de lado. Pero si cincuenta años después se repiten consignas de la dictadura militar como la de“campañas antiargentinas” aplicadas al resultado adversos del mundial de fútbol, me temo que seguimos sin entender todo lo que encubre esa expresión. Esa fue la consigna diseñada por los publicistas de la dictadura para contrarrestar todas las denuncias por los presos desaparecidos y convencer a los argentinos de que somos “derechos y humanos”. Edificada sobre el miedo y la mentira, la dictadura secuestró también el significado verdadero de las palabras para darles una acepción de pesadilla. Las palabras no son inocentes y como escribió George Steiner “los idiomas son inmensos depósitos de vida”. Cuanta mentira y dolor guardan esas frases. Repetirlas medio siglo después por jóvenes nacidos en libertad advierten menos sobre el fútbol que sobre un rasgo de parte de nuestra sociedad a la que pareciera le cuesta también pensar por si propia sin las simplificación de las consignas, lo que la hacen presa fácil de los falsos conflictos estimulados por los algoritmos. Me quedo con la mirada de nuestra joven editora Lisette Kugler que viajó a Estados Unidos para ver el mundial nos devolvió en una crónica el “mejor rostro”. La derrota del final no invalida mi convicción de que los valores de esfuerzo, resiliencia, liderazgo y humildad proyectados sobre la selección son los valores sobres los que debemos levantarnos para que las recurrentes debacles económicas no sigan frustrando a las nuevas generaciones con nuevas violencias y viejas mentiras.
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