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Mujeres & Compañía · Jul 31, 2026

La fantasía de dejar de ser libres

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Mujeres & Compañía · Mujeres & Compañía

Confieso que al principio pensé que era otra exageración de las redes.

Mujeres jóvenes, educadas y perfectamente capaces de hablar frente a una cámara diciendo que estarían dispuestas a renunciar al derecho al voto. No hace cien años. Ahora. En Estados Unidos.

Fue durante la última cumbre femenina de Turning Point USA, una de las organizaciones conservadoras más influyentes entre los jóvenes estadounidenses y una pieza importante de la maquinaria electoral que ayudó a Donald Trump a volver a la Casa Blanca. Actualmente la dirige Erika Kirk, viuda de su fundador, Charlie Kirk, asesinado en septiembre de 2025.

Algunas asistentes dijeron que aceptarían que sus maridos votaran por toda la familia. Otras, que entregarían su voto si eso ayudara a construir un país más conservador.

Necesito aclararlo: no es una posición mayoritaria entre las mujeres estadounidenses. Ni siquiera parecía representar a la mayoría de las asistentes.

Pero ya no es una conversación aislada, perdida por internet.

Unas 3.000 mujeres participaron de aquella cumbre en San Antonio. Había Biblias, vestidos floreados, productos de belleza, suplementos para la fertilidad y discursos sobre maternidad, fe y roles tradicionales.

Entre las presentes estaba Savanna Faith Stone, una influencer de 21 años que defiende abiertamente el modelo tradwife y tiene más de 800.000 seguidores entre Instagram y TikTok. En sus contenidos explica que su marido tiene siempre la última palabra. Uno de sus videos sobre las reglas de su matrimonio superó los 2,5 millones de reproducciones. Ella es una de las que dijo que entregaría con gusto su derecho al voto.

La reacción política ya no llega solamente en forma de discursos.

También aparece en reels de cocinas perfectas, pan casero, bebés sonrientes y matrimonios en los que el hombre decide.

El algoritmo no dice: “Renunciá a tus derechos”.

Dice algo mucho más tentador: “Dejá de exigirte tanto”.

Las mujeres de mi generación crecimos escuchando que podíamos ser todo.

Podíamos estudiar, trabajar, viajar solas, construir una carrera, ganar nuestro dinero, elegir pareja, separarnos, tener hijos o no tenerlos. Podíamos inventar nuestra propia vida.

Es cierto. Y fue una conquista enorme.

El problema es que aquella promesa de libertad terminó mezclándose con otra bastante más agotadora: la obligación de poder con todo.

Había que ser independientes, exitosas, saludables, informadas, buenas amigas, buenas hijas, buenas parejas, emocionalmente responsables y, además, disfrutar del proceso. Había que trabajar, entrenar, hacer terapia, tomar agua y contestar los mensajes sin demorar tres días.

La girlboss podía con todo.

Hasta que no pudo más.

En ese cansancio aparece una fantasía seductora: una vida con menos decisiones y papeles perfectamente definidos. Un hombre que provee. Una mujer que cuida. Una casa ordenada. Una fe que responde las preguntas antes de que tengamos que formularlas.

No parece una pérdida de libertad.

Parece descanso.

Tal vez ahí esté la fuerza de este nuevo antifeminismo femenino. Aprendió a presentar la renuncia a la autonomía como una forma de alivio.

Pero hay una diferencia enorme entre no querer hacerlo todo y aceptar que otra persona decida por nosotras.

Una mujer puede elegir quedarse en casa, tener muchos hijos, practicar una religión o acordar con su pareja una división tradicional de las tareas. El problema empieza cuando una elección personal se transforma en una regla para todas. Cuando deja de decirse “yo quiero esta vida” y comienza a afirmarse que las mujeres no deberían decidir.

Porque el voto no es solamente una libertad privada que una mujer puede usar o entregar sin consecuencias. Es la herramienta que le permite participar en las reglas que organizarán su vida y también la de las demás.

En Caminos. Más allá de los mapas del amor y del poder, Susana Balán describe dos formas de buscar nuestro lugar en el mundo.

Quienes siguen el mapa del amor buscan pertenencia, intimidad y protección. Quienes recorren el mapa del poder persiguen autonomía, proyectos y libertad individual. El problema aparece cuando esos caminos se vuelven excluyentes: ser querida o ser libre; cuidar al otro o cuidarse una misma; amar o tener poder sobre la propia vida.

Balán propone superar ese falso dilema mediante la integración. Su pregunta lo resume con mucha claridad: “¿Cómo te cuidás sin ser mala y cómo cuidás al otro sin ser idiota?”.

La nostalgia conservadora ofrece una respuesta más sencilla. Frente al cansancio de tener que poder con todo, promete amor, familia y protección, pero dentro de un camino ya escrito por otro.

La salida no debería ser cambiar un mandato por otro.

Debería permitirnos amar sin perdernos.

A miles de kilómetros de aquellas jóvenes estadounidenses, dos hermanas cantan escondidas debajo de burkas azules.

No conocemos sus nombres verdaderos ni podemos ver sus rostros. Ocultarlos es la forma que encontraron de mantenerse con vida.

Pocos días después del regreso de los talibanes al poder, en agosto de 2021, crearon desde su casa un movimiento musical clandestino llamado The Last Torch, La Última Antorcha. Antes de publicar su primera canción sabían que podía costarles la vida.

Cantaron de todos modos.

Sus videos comenzaron a circular por las redes y otras mujeres se sumaron con sus propias interpretaciones. La BBC contó su historia en un documental de la serie 100 Women.

La burka cumple en sus videos una doble función. Es el símbolo de un régimen que busca borrarlas del espacio público, pero también el disfraz que les permite desafiarlo. La prenda que debía volverlas invisibles se convierte en su escenario.

Para agosto de 2024, ONU Mujeres había registrado más de 70 directivas y decretos talibanes que despojaban a las mujeres y niñas afganas de derechos fundamentales. Una nueva ley de moralidad profundizó las restricciones y estableció que podían ser castigadas incluso por cantar o hablar fuera de sus casas.

Bibi Aisha, mujer afgana, no sabía leer ni escribir. En 2010 conmocionó al mundo entero cuando su imagen fue tapa de la revista Time, con su rostro mutilado por su marido.

Hannah Arendt escribió que la razón de ser de la política es la libertad y que su campo de experiencia es la acción.

Las hermanas de The Last Torch vuelven esa idea dolorosamente concreta: cantan para reclamar el derecho a ser escuchadas, a aparecer, a existir frente a los otros.

No se trata de comparar Estados Unidos con Afganistán. Sería histórica y políticamente absurdo.

Se trata de mirar las dos imágenes al mismo tiempo.

En un lugar, algunas mujeres pueden fantasear con renunciar a sus derechos porque nunca han vivido sin ellos.

En el otro, dos mujeres esconden sus rostros para demostrar que todavía tienen una voz. Que todavía existen. Que todavía son.

Es fácil burlarse de las tradwives, de sus vestidos largos y de sus cocinas impecables. Es más difícil reconocer la pregunta legítima que se esconde debajo de esa estética:

¿Por qué la vida moderna se volvió tan agotadora para tantas mujeres?

La respuesta no puede ser elegir entre agotamiento y obediencia. Necesitamos construir vidas en las que podamos ser cuidadas sin ser controladas, amar sin desaparecer y compartir responsabilidades sin entregar nuestra voz.

Una mujer dice frente a una cámara que no necesita votar. Otra canta debajo de una burka porque ya no le permiten hablar.

Entre las dos se encuentra toda la fragilidad de una conquista.

Los derechos parecen innecesarios hasta el día en que necesitamos ejercerlos.

“La fantasía, abandonada por la razón, produce monstruos imposibles; unida a ella, es la madre de las artes y el origen de las maravillas”.

Francisco de Goya

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