Esta semana he llegado a la frontera de 20.000 palabras, casi la mitad de la novela. Es una especie de punto de no retorno. Después de haberle dedicado tantas horas, tengo que acabarla. Es satisfactorio haber llegado aquí. Me demuestra que no estaba tan perdido como creía.
Estoy escribiendo esta novela como camino por la montaña. Tengo un mapa, un recorrido trazado, y un punto claro al que llegar. Pero las condiciones climáticas, los animales salvajes, los imprevistos, y el propio ánimo, que a veces le falla a uno, son parte del viaje. Cuando empiezas a hacer una caminata, es fácil desmotivarse a los primeros días. Los pies te duelen, llenos de ampollas, estás cansado, desanimado, y no crees que vayas a poder terminar. Pero sigues caminando, y acabas cogiendo un ritmo que al principio a tu cuerpo se le hacía ajeno. Así me siento con la novela: ahora que he llegado a la mitad, conozco los ritmos de mi cuerpo (escribir también es, aunque mucha gente no lo crea, un esfuerzo físico), mis límites, a veces flexibles. Y conozco el terreno, esta montaña de palabras que escupo con mis dedos, que exprimo desde la cabeza.
No escribo ficción durante el año, de modo que cuando lo hago en verano me siento un poco oxidado. Al principio, notaba mi escritura lenta, ortopédica, plagada de un cálculo encorsetado y molesto. Ahora me noto más cómodo. En parte porque he recordado que a veces hay que lanzarse a escribir como se lanza uno a andar, sin negociaciones, sin grandes planes. En parte porque, conforme escribo, recuerdo algunas estrategias técnicas, trucos que había olvidado y que han emergido de la memoria muscular de mi cerebro.
La primera es leer en voz alta. La primera literatura fue oral, es una herencia inevitable. Leer en alto lo que has escrito te permite reconocer repeticiones de palabras y estructuras, pero también el ritmo del capítulo, o el fragmento. Utilizar Natural Reader está siendo todo un descubrimiento. Después de escribir un capítulo, me voy a pasear a Frida, escucho lo que he escrito, reconozco lo que no funciona, y lo arreglo al día siguiente. Esta idea la saqué de Manu Ortiz, que es el mejor.
La segunda es calentar. Igual que no me pongo a levantar pesas sin hacer un calentamiento, no debería escribir sin prepararme. Me lleva apenas unos diez minutos: escribir cosas aleatorias, aunque no tengan sentido, pero sin detenerme y sin valorarlo. Después, lo borro. Ya ha cumplido su propósito. Cuando vuelvo a la novela, tengo el cerebro mucho más despierto y preparado.
La tercera es nueva. Revisitando el estupendo 70 trucos para sacarle brillo a tu novela, de Gabriella Campbell, descubrí un truquito que estoy encontrando muy útil: utilizar las palabras aleatorias de Free Dictionary. En esta web encontraréis una lista bien nutrida de palabras random. Cada día intento utilizar una o dos de esas en lo que estoy escribiendo. Esto me permite ampliar mi vocabulario y añadirle una capa creativa al proceso, preguntándome cómo narices puedo encajar el verbo “desahogar” sin que suene forzado o extraño. A menudo me he encontrado escribiendo muy buenos párrafos (a mi juicio, claro) solo para meter la dichosa palabrita.
Estoy bastante reconciliado con no llegar a la fecha del premio en el que quería participar, el uno de septiembre. Creo que puedo tenerla terminada para entonces, pero va a necesitar un proceso de edición y reescritura bastante profundo. Y para eso necesito un tiempo que no tengo. Lo vamos viendo. Lo importante es la historia: terminarla como quiero hacerlo. Eso tal vez sea en septiembre, tal vez en diciembre. No puedo pedirme más de lo que puedo dar.
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