James Scott es un autor difícil de clasificar. Se describe habitualmente como el «antropólogo anarquista», aunque su formación fue en ciencias políticas. Sin embargo, por curiosidad intelectual terminó gravitando hacia la antropología, y él mismo reconocía que eso le permitió llegar al campo con una mirada fresca: sin los marcos previos de quien ha sido formado en ese oficio desde el inicio. De esa mirada poco ortodoxa nacen buena parte de sus aportaciones más originales.
Lo que sigue es un recorrido por sus libros principales, siguiendo el orden en que los escribió. Hacerlo así tiene sentido: permite ver cómo cada obra germina en la anterior, cómo un tema tratado de pasada en un libro se convierte en el centro del siguiente, y cómo la curiosidad intelectual de Scott va desplegándose con coherencia a lo largo de décadas.
Su primer libro desarrolla el concepto de “economía moral”: cómo eran los intercambios entre los campesinos del Sudeste Asiático—región sobre la que Scott se centra a lo largo de toda su obra— y, en particular, cómo era la relación de estos con el estado. La gran temática recurrente en Scott queda ya establecida aquí: la separación entre el pueblo y el estado como entes con incentivos y objetivos distintos.
Scott describe una economía campesina orientada hacia la equidad y la justicia colectiva. Uno de sus argumentos más polémicos es que no habría existido un mercado propiamente dicho en el sudeste asiático hasta que los estados llegaron e intentaron imponerlo. Cabe matizarlo: lo que describe sí son intercambios voluntarios, aunque tal vez no siempre orientados a la maximización del beneficio individual. Había instancias de favor mutuo y consideración por la equidad entre las partes, algo que la economía convencional explica sin necesidad de negar la existencia de mercado: la disciplina de los contratos frecuentes hace que, cuando vas a intercambiar repetidamente con las mismas personas, a veces no aprovecharte de ellas sea la estrategia más racional.
El libro aborda también las revueltas campesinas: qué las motiva, cómo son, qué las hace fracasar. La principal causa que identifica es el intento de cobro de impuestos por parte del estado. Estas revueltas buscaban huir del poder estatal o destruirlo, en defensa de un modo de vida que los estados en formación—y los poderes coloniales, especialmente el británico y el francés—estaban arrebatando. Una observación especialmente interesante es la comparación entre el proceso de formación estatal en Europa occidental y en el sudeste asiático: en Europa fue un proceso largo, de siglos; en el sudeste asiático fue impuesto por la administración colonial en pocas décadas, generando un sufrimiento mucho mayor y más concentrado.
Ya en este primer libro aparecen, de forma incipiente, las formas de resistencia campesina que Scott desarrollará en el siguiente: lo que luego llamará «las armas de los débiles». Son formas de rebelión disimuladas, que no llaman la atención, y que apuntan a una de las preguntas centrales de toda su obra: ¿cómo resiste quien no tiene poder?
Como historia económica, es un libro muy bien construido. Si lo que se busca es el pensamiento anarquista de Scott en su expresión más desarrollada, probablemente convenga empezar por otro título.
En este libro Scott estructura con detalle las formas de resistencia ordinaria, cotidiana y no violenta que emplean los campesinos para escapar de la explotación. El énfasis en que la resistencia sea cotidiana y no violenta no es un detalle menor: es, de hecho, la tesis central del libro. Los campesinos no quieren llamar la atención. Su objetivo es boicotear al estado desde dentro, molestar al Leviatán sin enfadarlo, hacerlo funcionar peor sin provocar una represalia directa.
Las formas que describe son varias y reveladoras. La primera es simplemente remolonear: que se les manda a trabajar y no lo hacen. La segunda es mentir sobre sus opiniones, gustos e ideas, lo que tiene una implicación directa para la crítica a la planificación central: cuando los planificadores intentaban encuestar a la población para conocer sus preferencias, los campesinos mentían sistemáticamente, no por descuido sino con el incentivo deliberado de engañar al estado y hacer fracasar sus proyectos. También practicaban la deserción —el tema de la huida del poder estatal que Scott desarrollará más adelante—, la calumnia hacia los superiores para que los demás les perdieran el respeto y fuera más fácil saltarse su autoridad, el incumplimiento de órdenes, y el hurto: no solo por subsistencia, sino como sabotaje deliberado. Si podían llevarse tornillos, palas o cualquier herramienta que el estado fuera a necesitar, lo hacían para obstaculizar sus planes. Fingían no entender las órdenes, provocaban incendios intencionadamente de manera que no se pudiera probar su autoría, y en general saboteaban de forma sistemática los proyectos estatales.
Scott enfatiza que esta resistencia era invisible e individual: cada uno actuaba por su cuenta, sin coordinación explícita, porque todos sabían implícitamente que debían actuar así. Y sin embargo, sumada, esa resistencia coordinada de forma tácita conseguía frustrar planes estatales, dejarlos a medias, obligar a cambiar de superiores o de estrategia. Raramente generaba un cambio dramático, pero sí frustración acumulada en las estructuras del poder, y para los campesinos, al menos una válvula de escape.
Scott lo resume con una imagen precisa: las formas de resistencia cotidiana no llegan a las noticias. Son millones de actos atómicos que, sumados, construyen una barrera de protección. No son la revolución, pero son lo que realmente funciona.
Aquí está uno de sus argumentos más importantes: las grandes revueltas campesinas no funcionaron. Más aún: tuvieron el efecto contrario al buscado. Los campesinos lo sabían, y por eso las evitaban. El ejemplo que menciona es el de los campesinos que apoyaron a los bolcheviques: terminaron con un estado más grande, más poderoso y más dañino que el anterior. Toda revolución exitosa, observa Scott, ha tendido a producir un estado aún más tenaz y opresivo que el que sustituyó. Los resultados de las grandes revoluciones, leídos desde la perspectiva campesina, son una historia bastante melancólica.
Este libro conecta de manera natural con la literatura agorista: formas invisibles de resistencia al estado, que no implican confrontación directa sino erosión gradual de su capacidad de control.
Este es el libro más conocido de Scott, y probablemente el más importante. Es una crítica lúcida y demoledora a la planificación central, y uno de sus argumentos permanece: lo que el estado ve desde arriba no es lo que viven los ciudadanos desde abajo.
La tesis central es sencilla: las personas tenemos una vista desde abajo porque somos quienes sufrimos los programas estatales; el estado, en cambio, los diseña desde la distancia, y lo que le importa es que parezcan racionales y ordenados, no que funcionen para quienes los viven. El objetivo de los estados, según Scott, es doble: controlar sus territorios y hacer a sus poblaciones legibles, es decir, estandarizadas, fáciles de comprender y de gravar.
El ejemplo que usa es la imposición del sistema métrico. Antes de que el estado llegara, había múltiples formas de medir la tierra y las distancias, adaptadas a cada contexto local. El estado las eliminó y las reemplazó por un sistema uniforme, no porque fuera más útil para los campesinos, sino porque le facilitaba la tarea de tasarlos. Scott lo ilustra con una imagen: decirle a un granjero que solo tiene que arrendar veinte hectáreas de tierra es tan absurdo como decirle a un académico que solo ha comprado seis kilos de libros. La unidad impuesta no es la unidad útil; es la unidad conveniente para el poder.
A esto Scott lo llama alto modernismo: el intento de diseñar racionalmente el orden social, justificado con el lenguaje de la ciencia. El estado mira desde el helicóptero, ve que todo sea simétrico y bonito, y concluye que es funcional. Pero el alto modernismo confunde eficiencia con estética. El problema de fondo es que el estado no tiene en cuenta la experiencia del ciudadano: este es, desde arriba, una unidad apenas perceptible.
El ejemplo histórico que usa para ilustrar el origen de esta mentalidad es la silvicultura científica alemana: el intento de diseñar los bosques con criterios de máxima racionalidad, plantando las mismas especies a la misma distancia, eliminando la diversidad preexistente. El resultado fue desastroso. Los monocultivos son vulnerables a plagas y enfermedades, y gran parte de los bosques europeos sufrió una crisis severa. Los campesinos, al ver el fracaso, volvieron a sus métodos tradicionales. El estado, en cambio, mantuvo la idea del alto modernismo y la aplicó al diseño de sus sociedades.
Lo que el estado ignoró era el conocimiento tácito: los campesinos sabían cómo hacer las cosas, aunque no pudieran explicar con lenguaje científico por qué. «Siempre se ha hecho así y da resultados» es una forma de conocimiento, aunque no sea formulable en términos racionales. Cuando ese conocimiento se destruye por decreto, el error tarda años en manifestarse, y para entonces los responsables ya no están o no tienen incentivos a reconocer el fracaso.
El ejemplo contemporáneo más llamativo es Brasilia. La capital de Brasil fue diseñada desde cero en los años sesenta, en mitad de lo que es esencialmente un desierto en la región de Goiás, con el objetivo de redistribuir la riqueza concentrada en Río de Janeiro y São Paulo hacia el interior. Dos arquitectos diseñaron una ciudad completamente simétrica, con forma de avión, dividida en bloques numerados, sin nombres en los barrios, sin espacios públicos con vida. Es una ciudad en la que si te pierdes, el problema lo tienes tú: todo está numerado, dividido entre norte y sur, perfectamente legible desde un mapa aéreo. Pero no se siente viva. Es gris, triste y aburrida, y no tiene nada que ver con la cultura brasileña. La paradoja de que alguien haya diseñado una ciudad así en Brasil es, para Scott, el ejemplo perfecto del alto modernismo: bella desde arriba, disfuncional por dentro.
Scott cita a Jane Jacobs con una imagen que vale la pena retener: si destripas a un conejo y miras sus intestinos, puede parecer un caos, pero están exactamente como tienen que estar para cumplir su función. No son simétricos, pero son funcionales. Brasilia es lo contrario: simétrica, pero no funcional.
Una nota sobre el libro: Scott se cubre las espaldas constantemente, repitiendo que no está diciendo que haya que dejar todo al mercado ni que no haya que usar la ciencia en el diseño de políticas. Lo hace porque sabe que su argumento resulta muy incómodo para quienes creen en la planificación, y quiere distanciarse de las conclusiones más radicales que se derivan de él. Pero el argumento está ahí, y es sólido.
Este libro retoma una de las ideas apuntadas antes: ¿qué pasa cuando los campesinos deciden huir del estado completamente? La respuesta es Zomia: una región del sudeste asiático que abarca unos cien millones de personas a lo largo de Vietnam, Myanmar, Laos y parte de India. Es una zona montañosa, y eso no es casualidad.
Los estados tienden a formarse en llanuras, especialmente llanuras fluviales, que permiten la concentración de personas y de grano. Quien quiere huir del estado huye a las montañas. La gente que vive en Zomia no es gente que no conoce la civilización: es gente que la conoce, que ha elegido deliberadamente no vivir bajo el estado. Muchos huyeron del estado chino. Han escapado de los impuestos, del estilo de vida que se les imponía, de la presión estatal. Quien quiera volver puede simplemente bajar a la llanura y declararse ciudadano.
Scott hace mucho énfasis en la geografía como factor político. Los mapas nos dan una imagen distorsionada de las distancias reales: dos zonas pueden parecer cercanas, pero si las separa una cadena montañosa, en la práctica están muy lejos. Lo ilustra con el caso de España: el Mediterráneo ha conectado históricamente la costa levantina con Francia e Italia mucho más que con el norte de la Península. El norte de España tuvo durante siglos mayor influencia de Inglaterra e Irlanda que del Mediterráneo; hay tradiciones valencianas que no aparecen en ninguna otra parte de España pero sí en Italia. Eso es una consecuencia directa de la geografía.
Otro punto importante: el Homo sapiens lleva unos trescientos mil años sobre la Tierra, pero el estado se inventó hace apenas cuatro mil. Si representáramos toda la historia de la humanidad como un reloj de veinticuatro horas, los primeros estados aparecerían alrededor de las 23:40, y el estado solo se vuelve hegemónico a las 23:58. La mayor parte de la historia humana transcurrió fuera de los estados.
Esa historia existe, aunque sea una historia oral. Scott dedica un capítulo —que él mismo titula «capítulo 6 y medio», porque advierte que son solo intuiciones— a la relación entre la oralidad y las sociedades sin estado. Argumenta que el avance de la escritura está ligado al avance de los estados: el estado necesita registros para hacer legible a su población. De hecho, cuando había revueltas campesinas, una de las primeras cosas que atacaban era la oficina de archivos: los registros de propiedad eran el símbolo más concreto del poder estatal sobre ellos.
Más aún: estas comunidades que viven fuera del estado ponen frenos deliberados al posible nacimiento de nuevas estructuras de poder. Restringen el desarrollo de la escritura, evitan la construcción de narrativas sobre figuras concretas, limitan las instituciones. Son conscientes de lo que quieren evitar, y actúan en consecuencia.
El título lo dice todo: dos hurras, no tres. Este es el libro en el que Scott, que hasta ahora parecía un anarquista bastante consecuente, reconoce abiertamente que no lo es del todo. Se consideraba anarquista, pero un anarquista que creía que el estado era necesario e inevitable. Lo que propone es buscar formas de mejorarlo, dando más autonomía a los individuos, aunque entiende esa autonomía en clave de libertad positiva, con desconfianza hacia los mercados y la convicción de que la desigualdad es un problema en sí misma.
Es crítico con el anarcocapitalismo —los mercados generan grandes desigualdades de riqueza, dice, aunque no explica por qué eso sería malo en sí mismo— y da por sentado que la democracia es un valor necesario, cuyo buen funcionamiento requeriría cierta igualdad. Tiene también una frase sobre Adam Smith y la división del trabajo —citando a Tocqueville— que resulta bastante pretenciosa: critica que alguien se pase veinte años fabricando alfileres como si fuera un trabajo indigno, cuando es exactamente lo contrario: un trabajo ganado produciendo valor para los demás. Ahí Scott cae en una forma de arrogancia academicista que contrasta con la agudeza del resto de su obra.
Lo que sí vale la pena rescatar de este libro —y es una idea excelente— es el concepto de calistenia anarquista. La propuesta es que cada día intentemos romper alguna ley sin importancia, aunque solo sea cruzar la calle por donde no toca, utilizando nuestro propio juicio para decidir si esa ley es justa y razonable. Scott lo formula así: algún día seremos llamados a desobedecer una ley importante, y todo dependerá de ello; para estar preparados, hay que ejercitarse rompiendo pequeñas leyes regularmente. La idea es acostumbrarse a no obedecer ciegamente al estado, a perderle el respeto a la ley solo por ser ley, para desarrollar la capacidad de discernir qué leyes merece la pena seguir y cuáles no. Es una recomendación que resulta difícil no suscribir.
El último libro, y otro de los más recomendables. La tesis principal es provocadora: no fuimos nosotros quienes domesticamos el grano, sino el grano quien nos domesticó a nosotros.
El grano es, en su esencia, un cultivo estatista. Y en particular, el arroz es el más estatista de todos. Crece por encima de la tierra —fácil de ver y de cuantificar—, madura todo a la vez —lo que permite esperar al momento exacto para apropiárselo— y debe ser almacenado una vez cosechado. Para un futuro estado, para el bandido que quiere convertirse en jefe, el arroz es perfecto: sabe cuánto tienes, sabe cuándo lo tienes, y sabe dónde lo guardas. Si quieres conquistar o someter a una población, que cultiven arroz lo facilita enormemente.
En el extremo opuesto están los cultivos más difíciles de expropiar: las verduras de raíz, especialmente la yuca. Crecen bajo tierra, pueden permanecer en el suelo hasta dos años, son difíciles de localizar y de cuantificar. Scott menciona también la práctica de la tala y quema —quemar un trozo de tierra para el cultivo— como otra forma de agricultura que dificulta el control estatal.
Scott argumenta que el surgimiento de los estados requirió dos condiciones: primero, conseguir que la población cultivara grano —concentrándola y haciéndola expropiable—; segundo, encontrar formas de retener a esa población. Las murallas, dice, no tenían originalmente una función defensiva, sino retentiva: impedían que la gente escapara. Las guerras entre estados primitivos tampoco buscaban principalmente territorio, sino población: capturar trabajadores para cultivar más grano, para poder gravar más.
Una observación importante revisa lo que se creía sobre los orígenes de la sedentarización humana. Se pensaba que la domesticación de plantas y animales fue lo que llevó directamente a la agricultura sedentaria y a la formación de los primeros estados. Pero la evidencia arqueológica sugiere que ya existían sociedades sedentarias antes de esa domesticación, y que la agricultura fija no condujo inmediatamente a la formación estatal: los estados aparecen mucho después de que la agricultura de campo fijo estuviera establecida. Lo que la domesticación del grano permitió fue hacer rentable el surgimiento del estado, no crearlo automáticamente.
Otra observación que contrasta con el relato habitual: los que vivían en los primeros estados no vivían mejor que quienes vivían fuera de ellos. Se puede ver en los huesos: los análisis comparativos muestran que los esqueletos de los ciudadanos de los primeros estados son más bajos, con cráneos más pequeños —señal de interrupciones en el crecimiento—, con dietas más pobres basadas en el grano, con más señales de enfermedad. Los cazadores-recolectores, en cambio, eran más altos, con huesos menos dañados y mejor desarrollo físico. Vivían mejor, durante más tiempo. El estado primitivo no era un imán de prosperidad; era una trampa. Los primeros estados, de hecho, tenían que capturar y retener a su población por la fuerza, porque de lo contrario esta hubiera huido.
Una última observación que resuena de forma particular: los estados primitivos se veían completamente paralizados durante los monzones. Solo podían ejercer su poder en la época seca; cuando llegaban las inundaciones, no podían hacer nada. Era entonces cuando la población tenía más margen de maniobra. Es un recordatorio de que la capacidad coercitiva del estado siempre ha tenido límites, y de que esos límites a veces son geográficos y climáticos antes que políticos.
La obra de Scott es completa pero no exhaustiva. Scott pone un mayor énfasis sobre la comunidad que sobre el individuo y eso se ve reflejado en los temas que aborda. Scott se centra en la relación entre las comunidades y el estado, pero no analiza con el mismo detalle las relaciones de poder dentro de esas comunidades. La resistencia al estado no implica ausencia de jerarquías o conflictos internos, y Scott tiende a dejar ese plano en segundo plano.
Otra crítica tiene que ver con la viabilidad de las sociedades que describe. Muchas de las comunidades sin estado que analiza eran demasiado pequeñas o estaban en zonas demasiado marginales como para ser explotables. El estado puede que no las ignoraba por incapacidad, sino porque no era rentable expoliarlas. A medida que las mejoras tecnológicas reduzcan esos costes de acceso, esas comunidades tendrán cada vez menos espacio para escapar, aunque es cierto que las mismas tecnologías también abren nuevas fronteras para la autonomía individual.
Finalmente, y desde una perspectiva más teórica, las formas de coordinación que Scott describe en las comunidades sin estado funcionan, en parte, por la información que los propios participantes tienen sobre su entorno inmediato. La pregunta que queda abierta es cómo escalar esa coordinación sin el sistema de precios: sin un mecanismo que agregue y transmita información dispersa, y sin los incentivos adecuados, la cooperación a mayor escala enfrenta problemas que Scott no resuelve.
James Scott es un autor que vale la pena leer independientemente de la tradición intelectual desde la que uno se aproxime. Cada uno de sus libros representa una aportación genuina. Against the Grain reescribe lo que creíamos saber sobre los orígenes del estado y la prehistoria humana. Seeing Like a State ofrece quizás la crítica más lúcida a la planificación central escrita fuera de la tradición austriaca. Weapons of the Weak conecta con la literatura agorista de una manera que sorprende. Y The Art of Not Being Governed rescata una historia alternativa de la humanidad: la historia de los que eligieron no ser gobernados.
Si su anarquismo merece el carnet o no está a debate —él mismo lo ponía en duda. Pero lo que ha aportado es suficiente para aprender mucho de él, y para ver el estado con ojos distintos.
Podéis ver el vídeo de la conferencia aquí:
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