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Mi cajón desastre · Apr 2, 2025

Abramos las fronteras

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Eduardo Blasco · Mi cajón desastre

Las fronteras de todos los países del mundo deberían estar abiertas como lo han estado a lo largo de la mayor parte de la historia de la humanidad. Dejar a los demás inmigrar es justo y beneficioso. La defensa de las fronteras abiertas puede parecer una postura radical, pero es más sensata de lo que puede parecer a simple vista si se está dispuesto a escuchar las diversas justificaciones de esta. De hecho, que las fronteras deberían estar abiertas es la conclusión lógica a la que llegan las principales filosofías políticas. Por lo que, si sistemas éticos tan opuestos entre sí como el igualitarismo, el libertarismo o el utilitarismo convergen en la misma conclusión, significa, como mínimo, que esta es una postura que merece ser considerada. En primer lugar, considero los argumentos a favor de las fronteras abiertas desde diferentes éticas basándome en los argumentos presentados por Bryan Caplan en Open Borders, profundizando más en alguno de ellos y añadiendo alguna justificación adicional. En segundo lugar, contesto a las críticas utilitaristas contra las fronteras abiertas.

El libertarismo es la filosofía que defiende que todo inicio de violencia sin consentimiento hacia terceros es ilegítimo y que, por tanto, todas las relaciones interpersonales deberían ser voluntarias. Para el libertarismo, la manera de resolver conflictos interpersonales que surgen por la rivalidad de los recursos es a través de los derechos de propiedad. El derecho de propiedad original es el derecho de propiedad sobre el cuerpo de uno, o derecho de autopropiedad: nadie puede decidir qué hacer con mi cuerpo. Dado que toda persona tiene derecho a su cuerpo por ser de su propiedad y como toda persona puede usar su propiedad como desee siempre que no inicie agresión sobre la propiedad de terceros, toda persona debería poder moverse libremente siempre que su movimiento no implique la agresión sobre la propiedad de terceros. Si Fulano quiere moverse a otra ciudad porque Mengano le quiere contratar para trabajar y Zutano le quiere alquilar la casa, los agentes estatales no deberían poder impedírselo. Cuando los agentes estatales están impidiendo que Fulanito se desplace pacíficamente, están agrediéndole, violando así el principio de no agresión, lo que no tienen derecho a hacer. En este caso, el estado está haciendo algo similar a matar a Fulanito. Para entender el por qué, sirve la analogía de Starving Martin de Michael Huemer. Un resumen es el siguiente:

Fulano está muriéndose de hambre, literalmente. Se dirige al mercado donde va a trabajar para ganar dinero y comprar comida, pero Perengano se lo impide a la fuerza. Por ello, Fulano muere. En este caso, Perengano habrá matado a Fulanito o habrá hecho algo muy similar a ello. Esto hacen los gobiernos.

Joseph Carens en su artículo Aliens and Citizens: The Case for Open Borders desarrolla el principio de Robert Nozick que el Estado no tiene derecho a hacer nada que los individuos que lo componen no tendrían derecho a hacer en el estado de naturaleza. Según esto, como los individuos sí que tienen derecho a realizar intercambios voluntarios con otros individuos, pero no tienen derecho a impedir a terceros que los lleven a cabo siempre que no violen sus derechos, el estado no tiene derecho a impedir intercambios voluntarios mientras que no violen derechos de terceros.

Algunos libertarios como Hans-Hermann Hoppe defienden que el Estado pueda controlar la inmigración porque este canaliza la voluntad de los contribuyentes, quienes han pagado por las carreteras y bienes públicos que los inmigrantes tienen que utilizar para entrar al país. Existen varios problemas con este argumento. Primero, esto implicaría que tenemos que aceptar todo lo que haga el gobierno porque lo hace como representante de los contribuyentes, los propietarios de los recursos que utiliza y, por tanto, de manera legítima. Pero el gobierno actúa buscando su propio beneficio, no el de sus contribuyentes y la representación real no existe salvo de manera privada. Segundo, tampoco haría falta privatizar nada, pues, a efectos prácticos, ya todo estaría controlado por la voluntad de los contribuyentes como si fuese un bien comunal. Tercero, esto supone legitimar la coacción de los agentes estatales fronterizos, quienes podrán inspeccionar y requisar la propiedad de los inmigrantes e impedirles la entrada violentamente. Este argumento es muy poco libertario por parte de Hoppe porque entonces no debería tener ninguna objeción contra cualquier cosa que hace el Estado. Parece, por su parte, una justificación ad hoc para el cierre de las fronteras que no haría sobre cualquier otro campo de actuación del Estado.

Es importante matizar que solo tiene sentido hablar de fronteras abiertas cuando hablamos de Estados y políticas de estos. Si viviésemos en una sociedad anárquica, no habría sitios públicos a los que poder acceder, sino que todo sería de alguien, aunque fuese de propiedad comunal. En una sociedad anárquica, lo que habría sería libre movimiento de personas, pero no por un derecho como tal al libre movimiento, sino por tu derecho a la propiedad privada; el que se desplaza sobre su cuerpo y sobre los recursos que utiliza para desplazarse y del que acepta que te desplaces sobre su propiedad sobre su propiedad.

Para la ética igualitaria el objetivo es conseguir la igualdad entre los individuos, siendo esta un ideal o una obligación moral. Según esta filosofía política, la soberanía de los Estados debería estar moralmente limitada por el primer principio de justicia rawlsiano (los individuos de una sociedad deben disfrutar de una igualdad de derechos y libertades); por lo que, las personas racionales, libres e iguales, sin saber en qué Estado nacerán y cómo podría resultar esencial para su plan de vida, no necesariamente por razones económicas—es decir, incluso si las desigualdades económicas entre los Estados se redujeran mediante una aplicación global del segundo principio (permitir ciertas desigualdades siempre que beneficien a los más desfavorecidos)—, estarían de acuerdo en tener el mismo derecho a emigrar a través de las fronteras estatales. Como dice Joseph Carens en su artículo Aliens and Citizens: The Case for Open Borders, “incluso en un mundo ideal, la gente podría tener poderosas razones para querer emigrar de un Estado a otro. Las oportunidades económicas de determinadas personas podrían variar enormemente de un Estado a otro, incluso si las desigualdades económicas entre los Estados se redujeran gracias a un principio de diferencia internacional.” Además, una política de fronteras abiertas iguala las oportunidades entre, literalmente, todo el mundo. Un motivo más por lo que debería ser apoyada entre los igualitarias. El problema con las políticas migratorias es que funcionan: encierran a gente en economías donde son significativamente menos productivos que allí donde se pudiesen mover. Esto supone que gran parte de la población mundial nunca llega siquiera a tener la oportunidad de desarrollar su potencial humano.

Si el objetivo del empleador es contratar a la mejor persona para el trabajo, debería favorecer las fronteras abiertas porque, o si no, solo estaría pudiendo contratar al mejor ciudadano posible.

Como cristiano, debes ser un buen samaritano y seguir Mateo 7:12, es decir, hacer a los demás lo que quieras que se te haga a ti.

Es moralmente indefensible prohibir a alguien entrar solo por haber cometido el crimen de nacer en el país equivocado.

Pueden esgrimirse desde la derecha, diciendo que a los conservadores les interesa en tanto que busquen defender el libre mercado, o desde la izquierda, porque si a los progresistas les preocupasen los pobres, la igualdad de oportunidades y los miles de millones de personas que sufren del apartheid migratorio al estar encerradas en economías de baja productividad.

Tenemos casos de éxito de cuando los países gozaban de fronteras abiertas, como el caso de EEUU. También los casos de inmigración interna de India y China y el gran número de personas a las que esta ha rescatado de la pobreza, que no es muy distinto de pensar que sería como una inmigración de Honduras a Estados Unidos.

Según un estudio de Pew Research sobre cambios de creencia, en EEUU el 77% de las personas criadas como musulñmanas siguen siéndolo cuando son adultos. Es uno de los porcentajes más altos de retención, pero que el 23% deje de serlo signigica que el Islam en países desarrollados—o al menos en EEUU—pierde una cuarta parte de sus integrantes por generación. Lo que significa que significa que menos de la mitad de los descendientes de musulmanes seguirían siendo musulmanes después de tres generaciones. Podríamos pensar este efecto se ve contrarrestando por las conversiones al Islam, pero los números no parecen apuntar eso.

Por último, tenemos los argumentos utilitaristas. Estos están basados en la idea que el objetivo de la política debería ser maximizar la utilidad total de la población. Esta utilidad puede ser entendida como la felicidad de las personas o también se puede llegar a ella desde un análisis coste-beneficio. Seguiremos este segundo método para defender las fronteras abiertas y concluir que la libertad de movimiento entre países es mejor para el bienestar humano que el statu quo. El argumento utilitario más sencillo se puede expresar diciendo que:

  1. La especialización y el intercambio son las fuentes de la riqueza.

  2. La inmigración es especialización e intercambio en el trabajo.

  3. Por tanto, la inmigración es fuente de riqueza.

No obstante, este arguento tan intuitivo puede no convencer a muchos, por lo que el resto de mi defensa se asienta en la evaluación empírica de las políticas migratorias.

Primero, si los países tuviesen un régimen de fronteras abiertas se aumentaría la utilidad mundial aumentando la producción mundial mientras se reduce la pobreza. Los economistas estiman que el PIB mundial podría aumentar entre un 50 y un 150%. Eso concluye Michael Clemens en su artículo Economics and Emigration: Trillion-Dollar Bills on the Sidewalk? tras realizar una revisión literaria de otros trabajos al respecto: Ana Marie Iregui estima un crecimiento del 67%, Jonathon W. Moses y Bjorn Letnes calculan un 96,5%, Paul Klein y Gustavo J. Ventura estiman un 121,7% y Bob Hamilton y John Whalley, un 147,3%. Aunque haya errores de cálculo, lo que está claro es que supondría una mejora considerable respecto al status quo. Incluso un incremento del 10% del PIB mundial supondría una creación adicional de riqueza de 9 billones de dólares cada año.

Página 34 del libro Open Borders de Bryan Caplan

Segundo, el aumento de la producción derivado de la apertura de fronteras beneficiaría a una gran parte de la población mundial, las mayores ganancias irían desproporcionadamente hacia las personas más pobres. Aunque los efectos distributivos favorables a los pobres interesan especialmente a los igualitaristas, también son importantes para los utilitaristas porque las ganancias adicionales de dinero de los pobres reportan más utilidad a estos que a los ricos. Así, en la medida en que los beneficios de la apertura de fronteras los disfrutan más los pobres, obtenemos aún más beneficios utilitarios que si se distribuyeran por igual. La apertura de las fronteras claramente aceleraría el fin de la pobreza mundial. Podemos ver el efecto de esta reducción de la pobreza mundial en el caso de Haití, donde el 82% de los allí nacidos han escapado de la pobreza por inmigrar. Las fronteras abiertas son la mejor política para el desarrollo, no solo por su eficacia sino por su coste, cero—solo es no impedir a otros llegar—, reportando así enormes beneficios.

Tercero, los beneficios no son solo para los inmigrantes, sino que también hay claras ventajas para los países que los acepten. Por un lado, los países altamente desarrollados—aquellos donde habría más demanda para moverse a ellos—tienen más probabilidades de tener economías intensivas en conocimiento. Es más probable que este tipo de economías tengan mayores niveles de complementariedad entre la mano de obra, por lo que estas economías pueden adaptarse más fácilmente a las nuevas formas de trabajo. Por otro lado, aunque los pobres del mundo sean los que más utilidad obtengan de las fronteras abiertas, los habitantes de los países desarrollados también obtendrían unos altos beneficios por esto al poder captar localmente una gran parte de los mismos. Por ejemplo, si los inmigrantes aportan la mano de obra, el capital y el espíritu emprendedor para crear una nueva empresa que abastezca a un mercado mundial, muchos de los beneficios para los consumidores son mundiales, pero algunos de los beneficios de la actividad económica se concentran en la zona donde se creó la empresa.

Yo no soy utilitarista. A mí los argumentos que me convencieron fueron los de la ética libertaria. No obstante, creo que los argumentos utilitaristas son importantes, aunque no te adhieras a esta doctrina por una serie de motivos. Primero, me atrevería a decir que la mayor parte de las personas lo son y juzgan lo que es correcto, si ellos u otros deben actuar de una manera u otra, según cuánta gente salga beneficiada como consecuencia. Debes aprender a hablar su lenguaje, para lo que es necesario conocer los argumentos utilitarios de cada debate—los cuales, por una feliz coincidencia popperiana, coinciden con los libertarios—sobre todo, si pretender convencer a alguien. Segundo, la ética—el conjunto de normas de una sociedad para solventar los conflictos interpersonales nacidos por la escasez de los recursos—la podemos establecer siguiendo unos principios deontológicos como se hace desde el libertarismo. Pero la moral, el camino de cada individuo hacia la virtud, puede guiarse por un análisis utilitario. Lo ético y lo moral no tiene por qué coincidir. Por ejemplo, si ahora se aproxima un asteroide a la Tierra que destruirá todo el planeta y mi vecino tiene un sistema de protección que si aprieto un botón se lanzarán unos misiles que destruirán el asteroide y nos salvarán a todos, lo moral es allanar su casa y apretar el botón para salvar a toda la humanidad, aunque luego le tenga que resarcir el daño por haber violado su propiedad privada. O, por ejemplo, decirle a mi hijo biológico que es adoptado desde pequeño para reírme a costa de su sufrimiento puede ser ético al no violar la propiedad privada de nadie, pero sería inmoral. Pues bien, dentro de la ética libertaria tenemos que oponernos a las políticas migratorias, pero no tenemos por qué pensar que es bueno contratar a inmigrantes o rescatar a los ciudadanos de según que países de la pobreza. Pero con los argumentos utilitarios podemos convencernos de las bondades de inmigración para promoverla e ir más allá de simplemente no impedirla. Tercero, el análisis de coste-beneficio planteado desde el utilitarismo nos permite evaluar la importancia del asunto para reordenar nuestras prioridades al luchar por la causa de la libertad. Y, cuarto, para contestar a las críticas utilitaristas a las fronteras abiertas (estas empeoran la calidad de los países), tenemos que conocer las justificaciones utilitaristas, si no, sería como mantener un debate entre dos interlocutores que habla cada uno un idioma.

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Como dice Bryan Caplan, las fronteras abiertas son la solución eficiente, igualitaria, libertaria y utilitaria de doblar el PIB mundial.

La crítica utilitaria se puede resumir en que los inmigrantes empeoran el país que los recibe, por lo que es legítimo controlar y hasta cerrar las fronteras. El objetivo de cualquiera de estas críticas es tener el suficiente peso como para poder justificar el control fronterizo. Las personas tienen derecho a no ser coaccionadas violentamente. Las leyes requieren de coacción violenta como respaldo último para ser aplicadas. Como violar los derechos de las personas es presuntamente injusto, las leyes son presuntamente injustas salvo que presenten un motivo de suficiente peso como para poder justificar la coacción violenta. Como cualquier política migratoria distinta a las fronteras abiertas requiere de violencia—como regulación estatal que es—para controlar o impedir a alguien desplazarse de un lugar a otro, asumiremos que la política es injusta y que debe haber una buena razón para aceptarla. Por lo que a continuación veremos una serie de motivos para justificar esta violencia y evaluaremos si logran su objetivo o no. Es decir, abajo presento las principales críticas utilitaristas contra las fronteras abiertas y los problemas con las mismas. Por simplicidad, las ordeno en dos categorías, las de corto y las de largo plazo.

En primer lugar, los críticos de las fronteras abiertas recriminan que aceptar nuevas personas en un país reduce los salarios. Al aumentar la oferta laboral, la curva de oferta se desplaza a la derecha, por lo que se ofrecerá la misma cantidad—en este caso de horas de trabajo—a un menor precio—el precio en el mercado laboral es lo que se conoce como salario. Por tanto, una mayor entrada de inmigrantes reducirá el salario de los que ya forman parte del mercado laboral. Aunque este argumento tenga validez teórica, existen más mecanismos en juego en el mercado por lo que no tiene por qué darse este efecto. Los inmigrantes que venden bienes sustitutivos al que tú vendes pueden hacer que reduzcas tu salario, pero aquellos que venden bienes complementarios o los que compran lo que tú vendes, aumentan la demanda laboral, haciendo que tu salario aumente. Pero esta reducción del salario sobre aquellos que comparten segmento del mercado tampoco está garantizada, porque mientras que por un lado aumenta la oferta, también puede ser que, al haber una mayor población, aumente la demanda por ese bien, viéndose el efecto neutralizado. Los más proclives a verse afectados negativamente por la inmigración serían aquellos con formación más baja. Pero estos solo forman una parte de la oferta del mercado laboral. Todos los individuos somos consumidores, por lo que todos formamos parte de la demanda del mercado laboral. Con una reducción de salarios, las cosas se vuelven más baratas de producir y se pueden bajar los precios, lo que nos beneficia a todos los consumidores. Como todos somos consumidores, pero solo unos pocos son los oferentes perjudicados, vemos que las fronteras abiertas crean un gran beneficio social para cualquier economía. Por otro lado, como ya he dicho anteriormente, las economías más desarrolladas se basan principalmente en la provisión de servicios y son intensivas en conocimiento, por lo que es más probable pensar que el trabajo que tienen que ofrecer los inmigrantes, principalmente en forma de mano de obra, tendrá una alta complementariedad con los oficios de los nativos. Además, el salario es uno de los precios con una mayor rigidez hacia la baja, por lo que creo que sería difícil pensar que este mecanismo se daría de una manera tan clara e instantánea como algunos apuntan. Como dice Don Boudreaux:

Una característica importante de la realidad que cambia como consecuencia de una mayor oferta de mano de obra es el grado y la forma de la división del trabajo. Más trabajadores significa mayores oportunidades para que cada trabajador se especialice más finamente. Y cuanto más profunda sea la división del trabajo, más productiva será la economía. El consiguiente aumento de la productividad de los trabajadores incrementa la demanda de mano de obra, lo que, si todo lo demás no cambia, eleva los salarios incluso de los trabajadores no cualificados.

Para cada crítica, voy a proponer una medida menos invasiva que el statu quo que no implicaría el control fronterizo actual, pero tampoco unas fronteras abiertas como las que defiendo que serían las ideas. Para toda crítica existe una solución que supondría ceder algo de terreno ambas partes para encontrar un punto común, por la parte del que critica aceptando una mayor apertura de fronteras y por la mía, encontrando soluciones a las preocupaciones más específicas que puedan plantear. Por ejemplo, una solución para la reducción de salarios sería hacerles pagar un impuesto adicional a los inmigrantes y destinar lo recaudado a aquellos a quienes se les disminuyan los sueldos siempre y cuando se pueda encontrar una relación causal entre la bajada y la entrada de inmigrantes.

Otra crítica es que el desplazamiento de la oferta en el mercado laboral a la derecha podría hacer que algunos de los ya oferentes serán incapaces de seguir compitiendo por lo que terminarán en el paro, por lo cual debería haber un control sobre la inmigración. Hay dos problemas. Primero, nadie tiene derecho a un puesto de trabajo determinado, sino a que no te impidan trabajar. Por tanto, no puedes reclamar que un puesto ha desaparecido o te lo han quitado porque no tenías un reclamo impepinable al mismo. Segundo, los inmigrantes también crean nuevos trabajos con su nueva demanda. Para expresar este punto me gusta la analogía de Caplan. Imagina un millón de granjeros en la Antártica, intentando cultivar algún fruto allí. El trabajo que realizan es en vano. Si se mueven a España y puede seguir realizando la misma tarea que antes, ahora cultivarán lo suficiente para ellos, vendiendo el excedente aumentando la oferta mundial de comida. Estarán generando valor para el resto del mundo aumentando la producción mundial. Para que haya consumo masivo tiene que haber producción masiva. Los países con estándares de vida más altos son aquellos donde se producen muchas cosas. Los países con estándares más bajos son aquellos que producen menos.

Una opción para esto sería la misma que la propuesta en el punto anterior: impuestos a los inmigrantes cuya recaudación vaya destinada a los afectados por estos.

Muchos citan a Milton Friedman para decir que “no puedes tener simultáneamente libre inmigración y un Estado de Bienestar.”. Aunque Friedman sí que dijo eso, lo hizo para criticar al Estado de Bienestar. Hay quienes dicen que los inmigrantes cuestan mucho a los ciudadanos porque estos últimos tienen que pagarles por los servicios públicos que los primeros disfruten. Pero eso no es culpa de los inmigrantes, aquí lo que se está haciendo es culpar a la víctima. De ser esto cierto, sería culpa de los gobiernos que roban a los nativos de parte de su producción para financiar esos servicios, quieran los inmigrantes y los residentes o no. Los gobiernos usan a los inmigrantes como cabeza de turco de su irresponsabilidad fiscal.

Si alguien fuese un minarquista y defendiese un Estado mínimo que solo proveyese de bienes públicos, tampoco debería comprar esta crítica porque los bienes públicos, en teoría, no son rivales. Y aunque no lo fuese, la mayoría del gasto rival tampoco va a los más necesitados, sino a los ancianos y jóvenes mediante la financiación de las pensiones, la educación y sanidad. Como podemos ver en la imagen inferior, los inmigrantes no suelen ser ancianos o jóvenes, sino gente en edad de trabajar.

Página 60 de Open Borders de Bryan Caplan

Por lo que no está claro que estos vayan a ser un coste para los residentes. Quizá sea lo contrario y gracias a lo que estos coticen y lo poco que cuestan se puedan seguir financiando los programas públicos. Para muchos la inmigración es la única manera de salvar el sistema de pensiones. Habrá inmigrantes que cuesten más al sistema y otros que aporten más, como igual que habrá locales que aporten más y otros que cuesten más. No podemos saber a prior si serán un peso o no y tenemos indicios—sus edades—para pensar que no. Por lo que no parece justificado cerrar las fronteras por una posibilidad poco probable.

En última instancia, siempre se podría aceptar que los inmigrantes llegasen al país receptor sin disfrutar de ningún servicio público, que ellos se buscasen la vida y se responsabilizaran e internalizaran el coste de sus actos.

Los opositores a las fronteras abiertas afirman que los inmigrantes cometen delitos contra los nativos y que por eso sería justo impedirles entrar a un país. Pero, según este razonamiento, se debería poder expulsar también a todos aquellos nativos que cometan esos mismos delitos. Si el argumento es que los inmigrantes cometen más delitos que los nativos, habría que ver las cifras. Bryan Caplan reporta que en Estados Unidos los niveles de encarcelamiento son idénticos entre los nativos y los residentes no ciudadanos.

Página 92 de Open Borders de Bryan Caplan

Segundo, si un criminal comete un crimen, se le debe culpar y castigar a él, no al grupo al que pertenece. No castigamos a todo el colectivo de mujeres, judíos o pelirrojos por los crímenes que pueda cometer uno. Como opción para abrir más las fronteras los países podrían establecer límites a inmigrantes según su procedencia, religión, edad, historial delictivo u otro factor que consideren de riesgo y que pueda aumentar la probabilidad de que ese inmigrante cometa algún crimen por encima de la de los nativos. Los extranjeros eran el 10% en 2019 de la población española y cometían el 23% de la población. No obstante, en los últimos años la criminalidad ha ido bajando mientras subía la inmigración.

Puede que haya una tercera variable como la riqueza que explique esto: conforme el país es más rico, mengua la delincuencia y atrae a más inmigrantes. El artículo de El Confidencial afirma lo siguiente:

Según explicaba la criminóloga y profesora de Derecho Penal de la Universidad de Málaga Elisa García España en un estudio de 2014, este resultado puede deberse también a las condiciones que encuentran cuando llegan aquí: “El elemento común en la población extranjera detectada como delincuente es la situación administrativa de ilegalidad y que, en el caso de los inmigrantes, una gran mayoría se encuentra en situaciones o contextos de marginación derivadas de aquella. […] El grupo de extranjeros que con mayor frecuencia padece una situación de irregularidad administrativa motivada por la Ley de Extranjería es el de los magrebíes y algunas nacionalidades latinoamericanas, que curiosamente son los que más registros oficiales por delitos acumulan”.

El motivo es la marginalidad, no la nacionalidad, como recoge también este estudio de la Universidad Carlos III, que afirma que los rumanos que llegaron a España provocaron al principio tasas más altas de criminalidad, pero que se ha ido reduciendo con su integración hasta quedar por detrás de los españoles en el grupo de edad de 25 años. Además, a pesar del importante flujo migratorio que vivió España con el 'boom' del ladrillo, las cifras generales de criminalidad no aumentaron en ese tiempo. Mientras que entre 2005 y 2011 la tasa de inmigrantes pasó del 8,5 al 12,2%, cuando llegó a su máximo apogeo, en el mismo periodo la criminalidad bajó de 50,6 delitos por cada 1.000 habitantes a 48,4. De hecho, España es el tercer país con menos delincuencia, según Eurostat.

Podemos usar los datos que reporta Guadalupe Sánchez Baena en Populismo Punitivo con respecto a los delitos contra la mujer o por agresión sexual de 2013 a 2018. El 99,89% de los españoles no fueron denunciados, mientras que el 99,51% de los inmigrantes tampoco lo fueron durante el mismo periodo; el 99,91% de los españoles no fueron enjuiciados por estos delitos, mientras que el 99,75% de los inmigrantes tampoco lo fue; el 99,93% de los españoles no fue condenado por delitos contra la mujer y el 99,79% de los inmigrantes tampoco; y el 99,99% de los españoles no fue condenado por agresión sexual, ni el 99,97% de los inmigrantes. En este caso sería injusto cerrarle las puertas al 99,79% de los inmigrantes por los actos del 00,21%.

Para ver una refutación a estas cuatro críticas típicas basada en el caso español, recomiendo leer este artículo de Francisco Nunes.

La última objeción por los problemas a corto plazo que traerían las fronteras abiertas son que así se facilitaría la entrada de terroristas. Pero esta justificación no se sostiene por diversos motivos. Para empezar, puede que muchas políticas migratorias actuales sean las que causen el terrorismo. Si ciertos países pusiesen fin a sus políticas migratorias que, perpetuándosela el apartheid migratorio global, muchos conflictos entre países terminarían y con ellos los ataques terroristas. 

Los problemas del terrorismo están muy exagerados por parte de políticos y medios de comunicación. Estos venden mucho, como el miedo en general, y al Estado le interesa que haya miedo entre la población para poder hacerse con más poder y justificar un incremento de su peso. Esto es el llamado efecto trinquete, acuñado así por Robert Higgs en Crisis and Leviathan, según el cual los Estados aprovechan las crisis para crecer porque en estos momentos la población aceptará medidas extraordinarias. Tras la crisis, el Estado suele retroceder algunas de estas medidas, pero solo parcialmente, sin volver a los niveles originales. Así, cada emergencia deja el ámbito de gobierno al menos un poco más amplio que antes, siendo así las crisis el alimento del Leviatán. Esto nos recuerda a la advertencia de James Madison de protegernos contra “el viejo truco de convertir cualquier contingencia en un recurso para acumular fuerza en el gobierno”.

Después, esta preocupación pierde peso cuando te das cuenta de que ya pueden entrar posibles terroristas con bastante facilidad a la gran mayoría de países del mundo como turistas. Lo que estos visitantes no pueden hacer es quedarse a residir y trabajar, pero sería relativamente sencillo para un terrorista entrar a España como turista y cometer un atentado. No necesita residir ni trabajar aquí, por lo que con el visad de turista lo podría conseguir. En EEUU, por ejemplo, se emiten 4 millones de visados de corta duración, de un par de meses, por turismo o por motivos laborales (como reuniones o congresos). Muchas de estas permiten varias entradas en un año, por lo que el número de turistas está en las decenas de millones. Y aun así los atentados terroristas siguen siendo acontecimientos extremadamente raros. 

Como caso práctico de la increíble excepcionalidad de los atentados terroristas, podemos consultar los datos de EEUU. Allí, es cierto que el 88% de los ataques por terrorismo en EEUU de 1975 a 2015 fueron a cargo de terroristas no nacidos en EEUU. Pero para ponerlo en perspectiva, vemos que el homicidio es el 1% del total de muertes de EEUU. Y dentro de ese 1%, el terrorismo representa el 1%. Es decir, el 1% del 1%. Durante esos años hubo 772.000 muertes, las cuales un 0,44% por terrorismo. Un total de 3400 muertes, de las cuales el 0,39% del total fueron causadas por no nacidos en EEUU. Para entender aún mejor el dato, de las 3400 muertes, 3000 fueron en el 11S. El 0,39% del total de muertes durante los 40 años del estudio son 3100 muertes, de las cuales el 97% se dieron el mismo día, el 11S. El riesgo anual de morir por terrorismo es de 1 entre 3 millones 2 cientos mil. Por lo tanto, no parece una razón aceptable para excluir al 99,9999% de los inmigrantes que no son terroristas.

Página 88 de Open Borders de Bryan Caplan

Además, si el terrorismo fuera una preocupación tan grande, abriendo fronteras el Estado dispondría de la financiación que antes dedicaba a impedir la inmigración ilegal para destinarla a prevenir ataques terroristas.

En última instancia, tendría más sentido poner controles a los inmigrantes de países, religiones o étnicas más correlacionadas con los ataques terroristas. Pero, en EEUU al menos, la mayoría de la inmigración ilegal es católica, la cual dudo que sea la religión mayoritaria entre aquellos que cometen actos terroristas.

La primera objeción a las fronteras abiertas es que se pierden las tradiciones y que los inmigrantes importan su culutra. Si hubiésemos mantenido tradiciones antiguas en Méjico seguirían comiendo niños para que llueva. La cultura de un país cambia constanemente y no hace falta remontarse hasta tan lejos. La cultura del país del de que etás leyendo seguro que ha cambiado mucho desde que tus abuelos eran jóvenes. Es posible que tus abuelos no se sientan identificados con la cultura popular actual. ¿Es ese motivo suficiente para impedirte comer en restaurantes de comida asiática, subir contenido a redes sociales o preguntarle una duda a la IA?

La cultura y las tradiciones de un país, una región, una ciudada o una familia cambian constantemente porque así lo hace la forma de actuar de los individuos. Pretender que las costumbres no cambien es pretender que los individuos no obtengan nueva información y no cambien sus preferencias: una tarea imposible y de lo más totalitaria. Prohibir la entrada a los inmigrantes porque pueden cambiar la forma de pensar y actuar de los locales es análogo a prohibir cualquier tipo de comunicación entre los locales por miedo a que aprendan algo nuevo.

Además, soy de la creencia de que las tradiciones, como las ideas, cuando compiten entre ellas florecen y perduran las mejores. Estoy tan convencido de la superioridad de mis ideas y cultura que doy la bienvenida a cualquier otra, pues tengo claro que de forma pacífica no tiene nada que hacer contra los valores comunmente considerados occidentales y burgueses. Si esta competencia no es pacífica, la resistencia armada se convierte en una opción legítima.

Quizás, ¿y? Los idiomas son instituciones sociales que nacen y evolucionan descentralizadamente. Están en constante cambio. Ahora la pizza es algo tan americano como las hamburguesas o decir catering en castellano vez de servicio de comida y no es malo. Los idiomas no son más que tecnologías. No se deben usar por usarse, solo si sirven una función, la de facilitar la comunicación. Si otro lenguaje lo hace mejor, no tiene sentido aferrarse a uno por afecto a este. Y, de hacerlo, hay que ser consciente que eso tiene un coste y estar dispuesto a pagarlo. 

No obstante, cabe la posibilidad de que tengamos una situación como en la Europa medial donde el latín (el inglés) era la lengua vehicular y aun así se hablaban cientos de idiomas y dialectos. De todos modos, los inmigrantes cada vez más tienen la facilidad de aprender el idioma antes de llegar a su nuevo destino para facilitar su asimilación, por lo que no tenemos que temer que ninguno de los nuevos inmigrantes sepa español al llegar. Dicho esto, nunca he entendido por qué le molestaría a alguien que una persona en la calle estuviese hablando otro idioma. ¿El miedo es que pidas ayuda y nadie te entienda o que lo pidan ellos y no te entiendan? ¿Es un problema solo si es un inmigrante pero no si es un turista o es que debemos prohibir que no se hable ningún idioma no oficial en suelo nacional?

Pero la solución a esto no tiene por qué ser impedir que se abran las fronteras. Algo tan sencillo como exámenes de entrada en las fronteras bastarían. Y que todo aquel que apruebe, que pueda entrar y salir por el país como nativo.

Aunque en The Culture Transplant no lo mencione, Jones habla de la importancia del coeficiente intelectual (CI) medio nacional en su libro Hive Mind, en el cual elabora un argumento similar al de la importancia de tener inmigrantes provenientes de países con mayor T para no ralentizar el nivel medio de innovación del país, salvo que aquí con mayor CI para no disminuir el nivel de vida del resto. En el nuevo libro no menciona este argumento, aunque podría encajar muy bien. Solo nos queda divagar si es porque entiende que T es un proxy de CI o si es porque quería librarse de más polémica. Sea como fuere, este argumento se utiliza por autores distintos a Jones con cierta frecuencia.

La crítica se puede resumir en que los inmigrantes con un coeficiente intelectual bajo reducirán inevitablemente el nivel de vida de los nativos con un coeficiente intelectual más alto al disminuir los ingresos llevarán a cabo trabajos porque menos productivos, al incrementar las preferencias raciales que distorsionan el mercado laboral, al aumentar la delincuencia, al aumentar los impuestos y disminuir la calidad del gobierno porque votarán mal. Los inmigrantes con bajo coeficiente intelectual ralentizarán del ritmo de los avances tecnológicos. Esto retrasará los avances tecnológicos que justo son la única esperanza para esa mitad de la humanidad que tiene un CI inferior a 90.

Pero utilizar el CI como razón para cerrar o controlar fronteras presenta varios problemas. En primer lugar, el mismo test del CI presenta graves problemas y no es un indicador tan claro de inteligencia como muchos creen. Una de las mejores críticas que he encontrado a este indicador como medida de la inteligencia es de la Nassim Nicholas Taleb en IQ is largely a pseudoscientific swindle. Taleb afirma que:

El “CI” es un test estancado que pretende medir la capacidad mental pero que, de hecho, mide sobre todo la falta extrema de inteligencia (dificultades de aprendizaje), así como, en menor medida (con mucho ruido), una forma de inteligencia, despojada de efectos de segundo orden: lo bueno que es alguien haciendo algún tipo de exámenes diseñados por empollones poco sofisticados. Es vía negativa, no vía positiva.

Taleb, además dice que el concepto de CI nacional es un fraude y que la varianza es tan grande que es poco informativo.

En segundo lugar, tenemos el problema con las medias. La media de CI nacional puede bajar, pero las personas con sus resultados anteriores no han desaparecido, siguen ahí. Si ahora yo voy a una reunión donde el resto de los participantes son millonarios, bajaré la media de patrimonio neto de la sala, pero no les habré robado ni un céntimo al resto.

Tercero, en nuestra sociedad ya se segrega por CI en colegios, carreras, universidades, puestos laborales, empresas… Y esto se hace de una manera no coercitiva. ¿Cómo se podría justificar entonces el uso de la violencia para conseguir algo que se puede obtener sin ella?

Cuarto, incluso si la reducción del cociente intelectual medio de un país a través de la inmigración redujera la productividad tecnológica per cápita del país, es de suponer que aumentaría la productividad tecnológica de los países de origen al aumentar su cociente intelectual medio o, si redujera el cociente intelectual medio en ambos lugares, aumentaría la población del país de acogida lo suficiente como para aumentar su productividad tecnológica total.

Quinto, tenemos el Efecto Flynn, según el cual con el tiempo la media de CI de un país va aumentando. El ritmo de ascenso dependerá de lo desarrollado que se encuentre ese país, siendo un crecimiento más marcado en los países más desarrollados. Se estima que el aumento medio es de 3 puntos por década. Por lo que, aunque llegasen nuevos inmigrantes y bajasen la media, este efecto se vería amortizado por las nuevas generaciones que la aumentarían.

En sexto lugar, si tener un CI bajo debe ser motivo suficiente para impedir entrar a un inmigrante porque no queremos que baje la media, también debería serlo para expulsar a todos los nacionales con CI por debajo de la media. Y, por otro lado, también según este razonamiento se deberían instaurar fronteras abiertas con todos los países con una media superior o hacer exámenes en las fronteras a cada inmigrante y decidir así si entra.

Séptimo, si, por ejemplo, todo el mundo se mudase a España, el CI pasaría de 95 a 87 puntos, la media mundial. El PIB per cápita caería de los 30.100 dólares a los 29.400 (este número lo obtiene Bryan Caplan al restar el PIB per cápita global estimado menos el PIB per cápita actual * 0,51). El PIB per cápita actual es de 12.200$, por lo que sería un aumento del 141%.

En último lugar, tenemos que pensar que el CI de los inmigrantes en países desarrollados tendería a aumentar y, especialmente, el de sus hijos al contar con mejor comida, sanidad y educación, lo que son factores que llevan a aumentar el CI.

Cuando los países del primer mundo acogen a los necesitados procedentes incluso de las naciones más atrasadas y autoritarias, estos inmigrantes se aculturan rápidamente lo suficiente como para convertirse en miembros productivos de nuestra sociedad y cualesquiera que sean las viejas costumbres del país. Sus padres les enseñan, los hijos de inmigrantes que crecen aquí se aculturan profundamente a su nuevo hogar. La cultura tarda siglos en propagarse por persuasión, pero sólo una generación en hacerlo por inmersión.

Por todo esto, defiendo la apertura de todas las fronteras de todos los países del mundo. Una de las principales preocupaciones que surge al decir esto, como fue en el caso durante la charla en la que presentaba estas ideas, es que aquellos que vengan del mundo desarrollado lleguen en masa a los países ricos, hasta tal punto que sería técnicamente imposible su integración, no habría suficientes casas para ellos o trabajos todavía creados. Los países más ricos sufrirían una suerte de inundación por parte de los inmigrantes. Pero esto no tiene por qué ser así. Para empezar, existen cuellos de botella tecnológicos. No todo el mundo que lo desee puede teletransportarse al país rico más cercano. Tiene que transportarse, por lo que un primer control sería la capacidad de los transportes de acomodar a los inmigrantes. Un segundo factor sería la capacidad de ahorro de los inmigrantes. Necesitarán ahorrar lo suficiente como para costarse el transporte hasta su destino, aunque en ese escenario sería más barato al ser legal. Otro factor lo marca el fenómeno que Paul Collier acuña como dinámicas de diáspora, según las cuales una de las consideraciones que los inmigrantes tienen en cuenta a la hora de inmigrar es si tienen ya lazos con el país de acogida. Si no, estos tardarán más en llegar. 

Por ejemplo, el caso de la inmigración de Puerto Rico con Estados Unidos a principios del siglo XX. Como vemos en la imagen abajo, el número de emigrantes de Puerto Rico fue en aumento paulatinamente, no se fueron todos los que se querían o planteaban ir de golpe de EEUU. Los inmigrantes se irían desplazando poco a poco, conociendo e informándose de la situación del país de acogida para saber si tendrían trabajo, alojamiento o no. No hay ningún motivo para pensar que no se planificarían antes de dar tal gran paso. Muchos no irían hasta que tuviesen el trabajo asegurado. Y esto puede ser una opción para muchos, en vez de cerrar las fronteras, dejarlas abiertas solo para aquellos con trabajo y sitio fijo. Peor que la alternativa, fronteras abiertas, pero mejor que el cierre o control tan grande actual de las fronteras. 

O tenemos el ejemplo de la misma España donde hay libertad de movimiento y los habitantes de Colomera, el municipio con menor renta disponible en España, no van en masa a Pozuelo de Alarcón, el municipio con mayor renta disponible. Lo mismo se observa en cualquier otro país. La gente que vive en los municipios más pobres no va en masa a invadir aquellos más ricos, aunque ya lo puedan hacer.

No obstante, está justificado el pensar que demasiados inmigrantes de una puedan causar más mal que bien. Pero esto no es más que una mera preocupación sin sustento, la cual no es suficiente para aceptar la agresión institucionalizada que sufren los inmigrantes, sobre todo, existiendo soluciones más pacíficas como el requerir que alguien venga con trabajo o con alojamiento garantizado. En el caso de la vivienda—la preocupación de que no hubiese suficientes casas para todos—podemos asumir que el mercado funcionaría como lo suele hacer y, de manera descentralizada, los capitalistas moverían los recursos de unas estructuras de producción a otras para dedicarlas a suplir esta nueva demanda, demanda la cual, además, encontraría fácilmente nueva oferta en el mercado laboral para satisfacerla—a mano de los inmigrantes—. Esta crítica al final se asienta en una desconfianza del poder de coordinación del libre mercado. Me recuerda a la anécdota que se non è vero, è ben trovato:

Estaba un planificador central soviético por Londres y mientras le enseñaban la ciudad exclamó “Hemos estado yendo y viniendo por Londres durante todo un día, y hay una cosa que no puedo entender. De vuelta en Moscú, nuestras mejores mentes están trabajando en el sistema de suministro de pan, y sin embargo hay colas tan largas en todas las panaderías y tiendas de comestibles”

Concluyo que, en mi opinión, los posibles detrimentos para la sociedad de las fronteras abiertas carecen de la legitimidad suficiente para justificar la violencia que cualquier alternativa a las fronteras abiertas requiere y para arruinar el mejor programa para aliviar la pobreza: la expansión del mercado y una mayor división de trabajo gracias al libre movimiento de personas.

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Read the original on micajondesastre.substack.com

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