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¡Gracias! Al final del bachillerato tuve una compañera que se parecía bastante a mí. Una de esas personas que se mueven lejos del ruido. Lejos de casi todo, en realidad. Se llamaba Lía, aunque todo el mundo la llamaba por su apellido, Fonseca. Hablaba poco y se sentaba en la última fila.
Solo estuvo un año en el colegio. Tenía los ojos de un color muy, muy particular. Son gris claro. Eso dice mi madre. Me explicó ella un día. Tenía el pelo largo y rizado. Tan negro que era casi azul.
El contraste con sus ojos era muy impactante. Una constelación de pecas diminutas la cruzaba la cara, de una oreja a otra ocupando los pómulos y la nariz. En el recreo, se sentaba sola en el suelo del patio y se apoyaba la espalda en la pared. Inclinaba la cabeza hacia un lado para que el pelo no le tapara los ojos y escribía cosas en un cuaderno.
Yo también hablaba poco. Y me llamaban por el apellido, como a ella. Así que un día me senté en el suelo a su lado. Me miró de reojo y se giró ligeramente hacia mí para que no viera lo que escribía. Yo no dije nada. Miré al frente. Casi todos los niños de clase jugaban al fútbol.
Se quitaban los jerseys para hacer las porterías y usaban una bola de plástico pequeña que compraban en la lechería por cinco pesetas. Yo les miraba. Si no necesitaban relleno para el equipo, no me llamaban. —¿Tú no juegas al fútbol? —me preguntó Fonseca de repente. —Ah, soy muy malo —respondí. —¿Pero te gusta? La miré. No se me había ocurrido pensar en eso. Sabía que era malo y que nadie me elegía nunca para su equipo, pero en el pueblo siempre jugaba al fútbol con mis primos, yo qué sé. Me encogí de hombros y no respondí. Así que Fonseca volvió a lo suyo. Oye, ¿qué escribes? Le pregunté.
Me miró muy seria, como valorando si debía compartir conmigo su secreto. Tenía una mirada tan profunda que a veces parecía oscurecer la claridad de sus ojos. —Poesía —dijo sin apartar la vista de mí. Creo que estaba pendiente de mi reacción, por si me reía. Pero no, no lo hice.
Mi abuelo escribe canciones. Le dije, es casi lo mismo. Sus ojos se iluminaron con un brillo que nunca le había visto. Sonrió. Se le hacían unos hoyuelos muy graciosos en las mejillas. Y su dentadura era perfecta. Yo también sonreí.
Desde aquel día, todos los recreos nos sentábamos juntos y hablábamos de muchas cosas. Y el último trimestre compartimos pupitre al fondo del aula, pegados a la pared. A veces me enseñaba algo de lo que escribía. Y yo le hablaba de las ventanas que veía desde mi habitación en el edificio de enfrente. Y de las vidas que me inventaba para ellas.
Fue la única persona en todos mis años de colegio que me llamó por mi nombre. Fernando.

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