Ceuta volvió a convertirse en el escenario de una grave crisis fronteriza. Decenas de miles de personas se concentraron en los alrededores de la frontera marroquí y muchas intentaron entrar en la ciudad española por tierra y por mar. Algunas cruzaron nadando alrededor de los espigones, las contenciones terminaron desbordadas y el Gobierno español tuvo que enviar refuerzos policiales y militares.
El episodio dejó varias personas muertas en el mar y volvió a poner sobre la mesa una realidad incómoda: Marruecos posee una enorme capacidad para aumentar o reducir la presión sobre la frontera española.
Oficialmente, España y Marruecos son socios estratégicos. En la práctica, ambos países desconfían profundamente el uno del otro. Sin embargo, ninguno puede permitirse romper la relación. España necesita la colaboración marroquí para controlar la inmigración, combatir el terrorismo y proteger su frontera sur. Marruecos necesita a España como socio comercial, puerta de entrada a Europa y defensor de sus intereses dentro de la Unión Europea.
Son dos vecinos condenados a entenderse, aunque de vez en cuando la relación parezca una reunión familiar organizada por alguien con muy mala idea.
España sostiene que Ceuta y Melilla forman parte integral de su territorio. Melilla fue ocupada por la Corona de Castilla en 1497 y Ceuta quedó vinculada definitivamente a la monarquía española durante el siglo XVII. Ambas ciudades eran españolas mucho antes de que Marruecos se convirtiera en un protectorado europeo.
Marruecos contempla la cuestión desde otra perspectiva. Las ciudades están situadas en el norte de África y rodeadas por territorio marroquí. Rabat las considera vestigios del colonialismo y defiende que algún día deberían integrarse en Marruecos.
El choque también afecta a las islas Chafarinas, el peñón de Vélez de la Gomera, el peñón de Alhucemas y otros pequeños territorios españoles frente a la costa marroquí.
El caso más famoso fue la isla de Perejil. En 2002, un grupo de militares marroquíes ocupó el islote. España respondió enviando fuerzas especiales, helicópteros y barcos de guerra. La isla fue recuperada sin bajas y Estados Unidos tuvo que intervenir diplomáticamente.
Perejil apenas es una roca, pero el precedente era enorme. Si España aceptaba la ocupación, podía transmitir que su presencia en el norte de África era negociable.
Cuando España abandonó el Sáhara Occidental en 1975, Marruecos organizó la Marcha Verde y ocupó buena parte del territorio. Poco después comenzó una guerra contra el Frente Polisario, el movimiento independentista saharaui apoyado por Argelia.
Marruecos propone conceder al Sáhara una autonomía bajo soberanía marroquí. El Polisario reclama un referéndum que incluya la posibilidad de independizarse. Naciones Unidas continúa considerando la región como un territorio pendiente de descolonización.
España lleva décadas atrapada entre ambos bandos. Existe una importante simpatía social hacia el pueblo saharaui, pero Marruecos considera el control del territorio una cuestión existencial.
La tensión estalló en 2021, cuando España permitió que Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, recibiera tratamiento médico de manera clandestina. Marruecos respondió permitiendo una entrada masiva de personas en Ceuta.
La crisis terminó en 2022, cuando Pedro Sánchez respaldó públicamente la propuesta marroquí de autonomía como la opción más seria y realista. España modificaba así su posición tradicional y se acercaba a Rabat.
El giro español provocó una dura reacción de Argelia, gran rival de Marruecos y principal apoyo del Frente Polisario. Argel suspendió el tratado de amistad con España y deterioró las relaciones comerciales.
España necesita mantener una relación razonable con ambos países. Marruecos resulta esencial para la inmigración y el comercio. Argelia es un proveedor fundamental de gas natural y una pieza clave en la seguridad del Mediterráneo.
Cada acercamiento a uno de ellos es interpretado por el otro como una amenaza. La diplomacia española en el Magreb se parece bastante a caminar por una cuerda floja mientras alguien mueve los extremos.
Marruecos es país de origen, tránsito y contención migratoria. Desde su territorio parten ciudadanos marroquíes y personas procedentes del África subsahariana que intentan llegar a Ceuta, Melilla, Andalucía o Canarias.
España depende de la colaboración marroquí para vigilar las costas, controlar los accesos fronterizos, desarticular redes de tráfico y aceptar devoluciones.
Rabat no necesita amenazar públicamente a España. Le basta con dedicar más o menos policías y recursos a determinadas zonas. Cuando la cooperación se debilita, la presión puede aumentar en cuestión de horas.
Marruecos también afronta sus propios problemas migratorios y no controla por completo todas las rutas. Sin embargo, las crisis de Ceuta han demostrado que la frontera puede convertirse en una herramienta diplomática.
Durante décadas, barcos españoles faenaron en aguas marroquíes mediante acuerdos entre Marruecos y la Unión Europea. El problema surgió cuando esos acuerdos incluyeron aguas próximas al Sáhara Occidental.
En 2024, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea confirmó la anulación de los acuerdos comerciales y pesqueros aplicados al Sáhara sin el consentimiento del pueblo saharaui.
Los pescadores españoles quieren acceder a los caladeros. Marruecos pretende que las aguas saharauis sean tratadas como propias. Los saharauis reclaman que sus recursos no sean explotados sin su autorización.
En 2020, Marruecos aprobó leyes para delimitar sus espacios marítimos en el Atlántico. Algunas de las áreas proyectadas podían solaparse con aguas que España considera vinculadas a Canarias.
En la zona se encuentra el monte Tropic, una montaña submarina con minerales estratégicos como el telurio, utilizado en tecnologías avanzadas.
La delimitación tendrá que negociarse conforme al derecho internacional, pero detrás del debate aparece una competencia por los fondos marinos, la pesca y los posibles recursos minerales. Si Marruecos consolida su control sobre el Sáhara, también podría intentar proyectar desde allí una zona económica exclusiva mucho mayor.
Marruecos se ha convertido en un importante exportador de tomates, frutas y hortalizas hacia Europa. Los agricultores españoles denuncian que compiten contra productores con salarios más bajos y menores exigencias regulatorias y medioambientales.
Al mismo tiempo, ambos países cooperan contra el terrorismo, el narcotráfico y las redes criminales. Marruecos posee servicios de inteligencia muy activos y España aporta tecnología, colaboración policial y acceso a las estructuras europeas.
Sin embargo, incluso esta cooperación está rodeada de sospechas. En España preocupa la posible influencia marroquí sobre determinadas comunidades y las actividades de inteligencia. El espionaje con Pegasus a miembros del Gobierno español aumentó todavía más la desconfianza, aunque no se ha establecido judicialmente la responsabilidad de Marruecos.
La relación entre España y Marruecos combina disputas territoriales, inmigración, competencia económica, recursos naturales, seguridad y una batalla diplomática por el Sáhara Occidental.
Marruecos quiere consolidarse como la gran potencia del noroeste africano y aumentar su influencia sobre Europa. España busca proteger Ceuta, Melilla y Canarias, controlar la inmigración, mantener sus relaciones con Argelia y aprovechar las oportunidades económicas marroquíes.
Los dos países se necesitan. Precisamente por eso, cada crisis fronteriza recuerda hasta qué punto esa dependencia también puede convertirse en una debilidad.
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