Hace unos días, yendo a mi nuevo trabajo, me encontré con este cartelito que me daba la bienvenida a mi nueva oficina, en Mount Holyoke College:
Como todo ser atrapado en este tiempo, corrí a Instagram para compartir la alegría.
Por supuesto, la noticia del empleo no era una novedad para mí: conseguí el puesto a fines del año pasado, tras batallar en ese proceso que los gringos llaman el “job market”. Cuando estás terminando el doctorado en literatura, como fue mi caso, entrar en el “job market” supone añadir a tu proceso de escritura de tesis varios meses de chamba extra para averiguar qué puestos se abren en cuáles universidades y postular1. Pero lo que sí resultó nuevo ese día fue leer mi nombre en la pared junto a la descripción de mi puesto; es decir, la sensación de que algo que has imaginado, deseado, soñado, proyectado, planificado y puesto como meta, por fin es real y hasta lo puedes tocar. Pero no solo los seis años de doctorado e investigación habían terminado: con ese detalle oficial sentí que me integraba oficialmente al gremio de profesores de mi propia familia; y una especie de conexión o reconexión con las verdades del más allá y el más acá recorrió mi buen y viejo cuerpecito.
En la generación de mis padres, además de migrantes, la mayoría fueron profes de inicial y primaria. Están mi papá, sus hermanos Julio, Teófilo y Gloria, y mis tíos William, Frida y Yony. En la siguiente generación, están mi hermana Lucy, profesora y directora de inicial durante más de treinta años en dos escuelas de San Juan de Lurigancho; mi prima Marisol, que enseña en una escuela de Massachusetts; su hermano, Beto, que dirige un posgrado en la facultad de Medicina de la Universidad de Chile; mi primo César, que es profe de ingeniería ambiental; y finalmente, mi hermana Zoila, que, además de trabajar en el Estado, se ha pasado los últimos veinte años enseñando Comunicación y Políticas Públicas. Entre la nueva generación, mi sobrino Sebastián sigue la tradición como jefe de prácticas de Economía, en la Universidad Católica; y muchas veces, al hablar con mi sobrino menor, Marco, digo para mis adentros, ah, este también puede ser.
He pensado muchas veces en este árbol genealógico mientras preparaba mis cursos, en medio del verano gringo. ¿Cómo habrán sido mis parientes en sus respectivas clases? ¿Qué retos y problemas habrán tenido que afrontar? Me acompañaba en estas cavilaciones una foto de mi padre. Es una escuela, en algún momento de los años 60 o 70, quizá en Lima, y mi padre mira la pizarra junto con sus estudiantes, con una concentración llamativa, como si él mismo estuviera intentando averiguar la solución a un problema. ¿Qué pasaba por su cabeza en ese mundo en blanco y negro?
Hace unas semanas, mientras estaba en Lima, conversé con mi hermana Lucy sobre la omnipresencia de los celulares. Lucy me compartió un par de imágenes que resumen en parte su vida como profesora de niños y niñas de entre 3 y 5 años. Un día, una estudiante volvió a clases después de una enfermedad que la había retenido en cama durante varios días. Aunque parecía físicamente recuperada, se le notaba muy ansiosa en las clases. Lloraba seguido y quería volver a su casa. Al hablar con sus padres, Lucy supo que la niña había pasado todos los días de su enfermedad frente a la pantalla de un celular. Y era esa abstinencia lo que la agobiaba en la escuela.
Pero el problema, me contó Lucy, no solo afectaba a lxs chicxs. Cuando hay actuaciones oficiales para celebrar alguna fecha especial, las niñas y niños salen a bailar o declamar en un patio lleno de padres y madres de familia. Sin embargo, muchas veces los adultos no les prestan atención porque están capturados por las luces de sus respectivos celulares. Desde el estrado, y en su papel de directora, Lucy tiene que llamarles la atención: “Mamás, papás, ¿qué pasa? Sus hijos e hijas están bailando para ustedes y ustedes no quieren ni mirarles. ¿Acaso estar en TikTok es más importante que estar acá?”.
Es triste. Es la época. ¿Es la tecnología? Pienso en aquella escena específica. En lugar de ser una herramienta de comunicación, el celular se vuelve una prisión que nos distancia y aísla e impide, por ejemplo, que mamá o papá vean a sus niños aunque los tengan allí enfrente, bailando, recitando un poema. El celular es útil para muchas cosas, sí, pero el costo para nuestra atención es altísimo.
He pasado los últimos meses leyendo, escuchando, pensando y conversando sobre la disrupción que la IA ha traído para la enseñanza universitaria y en, especial, para las humanidades. La internet está repleta de testimonios y ensayos sobre la muerte de las monografías; sobre cómo cualquier trabajo que se encarga es realizado por el ChatGpt; de manera que, por default, ya los ejercicios de escritura parecen obsoletos. Esto por ejemplo:
Es triste. Y no falta razón. Pero el peligro de caer en el pesimismo es que puede encerrarnos en la inmovilidad y también en la hostilidad hacia quienes en este preciso momento de la historia cumplen el papel de estudiantes. Es decir, esos/as jóvenes que tienen que crecer en un terreno bastante tóxico y que, hay que recordarlo, hemos diseñado los adultos; en especial aquellos adultos que, desde posiciones de inmenso poder, han soltado al mercado tecnologías sumamente adictivas e intrusivas sin pensar en nada más que en la competencia y en la acumulación. La dispersión de la IA generativa ha sido brutalmente veloz, pero ya han pasado algunos años que nos dan un panorama para entender lo que no estábamos entendiendo. Muchos de los/as jóvenes que entran a la universidad han sido formados para no escribir. Es importante colocar bien la responsabilidad: el sistema y las corporaciones les está quitando a los y las jóvenes la capacidad de escribir y de pensar de forma crítica. Este es el escenario en el que nos movemos ahora.
En medio de este mar de desconcierto también hay quienes aprovechan para experimentar con viejas tecnologías como la escritura a mano, los exámenes orales, proyectos comunitarios. En medio de la tormenta, estos son algunos caminos que sí me interesa recorrer.
Hace varios años, el editor Julio Villanueva Chang, que también es profesor, decía en sus talleres y cursos que, en en el Periodismo, la última tecnología seguía siendo la curiosidad. Me gusta cómo, en esa frase, un comportamiento humano (y gatuno, obvio) adquiere la dimensión de herramienta para enfrentar tiempos difíciles. Una estrategia, además, al alcance de todos los bolsillos.
La frase de Villanueva Chang amerita ser comprendida en su propio contexto histórico. La primera década de este siglo fue brutal para los medios de comunicación impresos en todo el mundo. Diarios y revistas padecían la transformación del mercado de la publicidad que trajeron consigo la internet y las redes sociales. En lugar de anunciar en medios impresos, las empresas preferían poner su dinero en las pantallas. Así de simple. Los medios tradicionales entraron en una lenta y larga agonía de la que no se recuperan.
Esto es fácil de decirlo ahora, cuando el mundo ya es un gran cementerio de diarios revistas. Sin embargo, en aquellos años había mucha confusión y el problema no parecía tan claro. Falsos gurús, prendidos como vampiros del cuello de los diarios, recorrían las salas de redacción afirmando que el problema no era la falta de publicidad sino que la gente ya no leía y que la escritura empezaba a perder vigencia2. Por lo tanto, los diarios y revistas debían olvidarse de las crónicas y los reportajes extensos, y producir más bien notas chiquitas y más gráficas. Fue el momento en que los medios escritos renunciaron masivamente a escribir (esa paradoja).
Frente a ese error disfrazado de sentido común, la frase de Villanueva Chang contenía un cierto llamado a la calma y a la apuesta por ciertas verdades esenciales del trabajo periodístico. En lugar de renunciar a escribir, había que hacerlo bien o mejor, poniendo los 5 sentidos en servicio del conocimiento y de la audiencia. En la revista Etiqueta Negra, donde trabajé junto a Villanueva Chang y aprendí mucho de él, esa forma de periodismo se practicaba a diario. Poner un titular (lo primero que lectores y lectoras saborean y evalúan antes de intentar leer una historia) era una conversación entre varias personas y podía durar horas o días.
De regreso al futuro, es decir, a este 2025 en que la Educación está siendo desestabilizada por la IA y atacada por los propios Gobiernos, siento que muchas cosas apocalípticas se dicen y hacen con las prisas propias del pánico. Quizá en mi percepción pesa el hecho de que no se trata de mi primer apocalipsis: viví la hecatombe del periodismo impreso, y ahora esta nueva modalidad del fin de los tiempos me agarra más curtido. Por eso creo que precisamente ahora es cuando conviene detenerse a valorar y a practicar esos comportamientos que podrían ser también tecnologías poderosas para ayudarnos a mantener el corazón donde debe estar. Pienso en la generosidad; esa generosidad entre colegas que nos permite compartir experiencias y ansiedades (y los sílabus); pienso en la confianza, ese pacto que existe entre profes y estudiantes, y que tal vez deberíamos renovar al inicio de cada clase; pienso también en la compasión indispensable para entender -como mi esposa A. me recordó el otro día- que la juventud se encuentra bajo mucha presión y violencia3; y, por ese motivo, pienso también en la necesidad de disfrutar y de ser felices en el salón de clases.
Estos no son consejos de sabio sino conclusiones de aprendiz al inicio de la carrera. En las jornadas de entrenamiento para nuevos docentes en la universidad, conversé con muchos colegas de todas las edades y experiencias. En especial fue interesante hablar con quienes están planificando abrir clases tipo technology free o screen free; y me gustó sentir que no lo hacen desde la desesperación o el rechazo a lo nuevo sino más bien desde el convencimiento de que este preciso momento es un momento para explorar. Ya veremos cómo nos va al final del semestre.
Hay que mantener la calma, los pies en la tierra, los sentidos muy abiertos. Es lo que me repito a mí mismo con el tono de ese maestro Miyagi que todos llevamos dentro. Ante la confusión, importa recordar que el salón de clases debe ser un espacio para que la tranquilidad ocurra. ¿Es así o estoy alucinando? ¿Ustedes, profes o estudiantes, qué opinan? ¿Qué se cuentan?✷
Alguito más:
Aunque no aborda la disrupción de la IA, el libro Small Teaching, de James M. Lang, aboga por poner radicalmente los frenos ante todas las prisas que nos producen ansiedad como profesores, y ofrece consejos sobre cómo insertar pausas creativas en las clases. Pausas para ayudar a que lxs estudiantes piensen, ejerciten la memoria, la escritura. Y hay versión en español.
El profe Gianfranco Hereña, más conocido en el mundo de Youtube como El buen librero, lanzó un proyecto para facilitar que las escuelas públicas en el Perú accedan a libros gratis. Se llama Proyecto Librero. Vale la pena echarle un ojo.
Si te interesan el arte y la cultura andina y amazónica, los profes Mercedes Mayna y Juan Pablo Cárdenas dirigen el Grupo de Lectura Andino-Amazónico. Allí, a manera de club de lectura, la gente se reúne vía Zoom a conversar una vez al mes sobre libros y películas.
A propósito de profes, hace unas semanas conocí a la educadora y escritora mapuche Marilen Llancaqueo, y escribí en El País sobre su último libro, Pequeña historia mapuche, y su proyecto de llevar esta historia silenciada a las escuelas de Chile.
Finalmente, un par de recomendaciones musicales que incluyo en el sílabus de una de mis clases: 1) Una entrevista entre la periodista Audrey Córdova Rampant y el gran cantante de Q-pop Lenin Tamayo. 2) Este ¡TEMAZO! del cantante mapuche Luanko:
O sea, escribir ensayos, editar tus ensayos, asistir a talleres para escribir tus ensayos, pedir cartas de recomendación, enviar tus documentos, responder preguntas, asistir a entrevistas, dar clases modelo, etc. Esta aventura estresante, obviamente, es un mercado atractivo y cuenta con manuales y servicios como The professor is in o Beyond the Professiorate. En fin, tema para otras conversaciones.
Ahora me parece muy claro que la función de los gurús consistía en desviar nuestra atención, como periodistas, de los problemas estructurales: el modelo de negocio, la arremetida de Google, el monopolio de Facebook, la transformación de la escritura en productos gratuitos, etc.
La profesora Tressie McMillan-Cotton comentaba en un podcast sobre el horror que sintió al conocer a estudiantes que alimentan su cuenta de Linkedin desde el middle-school, o sea desde que tienen alrededor de 12 años.

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