Hace poco escribí sobre las muchas poetas que, en el Perú, están escribiendo sobre sus abuelas; el tema toca fibras personales, así que tengo una antena que está pendiente del asunto por más que mi atención vaya por otro lado. Siempre hay alguien en la internet contando algo o cantando algo sobre las abuelas. En Cuadernos Hispanoamericanos, la poeta mapuche Daniela Catrileo, desde Valparaíso, escribe sobre la influencia de su abuela Ana en su escritura; y, en Facebook, la compositora peruano-quechua Araceli Poma, recuerda en Nueva York a su abuela Nieves. Así, surfeando, voy armando un archivo1 abuelístico.
Esta semana, para darme un respiro del mundo y del trabajo, empecé a leer el libro Alimentar a los fantasmas, de la artista Tessa Hulls, premiada con el Pulitzer 2025. En esta memoria en cómics2, Hulls se zambulle en la odisea que vivieron su abuela y su madre para migrar desde la China de la revolución cultural maoísta hasta los Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo pasado. Pero sobre todo se interesa en la migración generacional de los traumas familiares, en esa especie de cadena abuela-hija-nieta cuyo peso se vuelve más opresivo con los años.
Hulls recuerda que su abuela y ella nunca pudieron tener una mínima conversación por la sencilla razón de que no hablaban el mismo idioma. La abuela, que había sido una periodista famosa en Hong Kong, hablaba en chino. La nieta, que nació y creció en Estados Unidos, en inglés. En una viñeta, Hulls lo explica así:
“Mi madre no me enseñó chino; así que entre la barrera del idioma y el estado mental de mi abuela, nunca pude conocerla como persona, solo como un fragmento aislado de una cultura que no entendía”.
Pum. A pesar de las distancias y de la diferencia abismal de nuestras historias, siento que lo que ocurría entre Hulls y su abuela es lo que ocurría entre las mías y yo. Debido a la barrera del idioma, nunca pude conocer a mis abuelas como personas, solo como fragmentos silenciosos en mi infancia. Éramos fragmentos que no podían hablarse ni mucho menos integrarse a pesar de que compartíamos la misma casa. Ellas hablaban en quechua y, tras nuestra propia odisea migratoria desde los Andes a la costa, yo solo estaba aprendiendo a hablar en español.
Así que al leer a Hulls estaba leyendo sobre mi propia historia. Lo que ahora quizá queda más claro es que, a pesar de las diferencias, el gran vínculo entre nuestras historias es la migración. La de ella, la mía y tal vez las tuyas. “¿Pero qué es una familia si no una historia compartida?”, se pregunta Hulls. ¿Qué somos las familias si no una historia que abuelxs, hijxs y nietxs nos vamos pasando de generación en generación? Pero, entonces, ¿qué pasa con aquellas familias cuyas historias, en lugar de transmitirse, se rompen porque sus integrantes no las pueden conversar o porque lxs nietxs no las pudieron aprender de los más viejos?
Mis abuelas no me contaron sus propias vidas; y eso que no me contaron yo lo cargo como un vacío, como un arsenal de preguntas e incertidumbres. Debido a “la barrera del idioma” que se levantó tras nuestra propia migración, la memoria de mi familia es bastante reciente: no sabemos mucho de nosotros mismos, ni quiénes fuimos ni cómo fuimos, solo que hasta determinado momento, en el siglo XX, dejamos nuestra tierra.
La historia que mis abuelas no me contaron es la historia que yo no puedo contar. ¿Cómo resolver este problema? ¿Cómo curar esta fractura o “fisura”, como le llama Hulls? Para ella la respuesta está en la escritura misma; es decir, hay que contar lo que se puede contar, lo que se sabe y también lo que no se sabe. Lo que resulte será liberador. Por eso su libro —la lucha de casi una década por contar una historia que no quiere ser contada— termina siendo una forma de remedio, un final del trauma, un inicio de algo más.
América Latina, una región marcada por grandes migraciones y desarraigos indígenas, es un continente de historias y familias rotas. Y tengo la leve sensación de que recién estamos comenzando a narrar y reflexionar de manera colectiva esos cataclismos, esos desarraigos, que nos hacen lo que somos. Pienso ahora en el bellísimo ensayo “Las nerviosas”, de Rosa Chávez Yacila, que apareció en Granta en Español 25, como un relato que recorre heridas y migraciones familiares para curar a través de la escritura.
La herida que ha producido el desarraigo es inmensa. Es importante decirlo y darle dimensión en lo que escribimos. Por eso, me encanta que, por ejemplo, el nuevo libro del historiador José Ragas, Lima Chola, lleve el siguiente subtítulo: “Una historia de la Gran Migración Andina”. El texto, que tuve el placer de prologar, se presenta en la próxima Feria del Libro de Lima. Ragas se centra en las continuas migraciones durante el siglo XIX peruano, en un diálogo sutil con la crónica The Warmth of Other Suns, de la periodista Isabel Wilkerson, que narra la “gran migración” afroamericana, y que explica los Estados Unidos de James Baldwin, Steve Wonder y Michelle Obama pero también el país de Clarence Thomas.
Volviendo a las abuelas, y para seguir pensando en ellas, son ideales: la película Wiñaypacha, de Oscar Catacora, y la historia detrás de Wiñaypacha, pues la abuela de Catacora es también la protagonista; el poemario Bordando Quilcas, de Carolina O. Fernández, recupera a las abuelas prehispánicas y las convierte en madres de la matria; en el sur mapuche, la escritora mapuche Graciela Huinao ha producido una extensa literatura basada en los cuentos que le contaban abuelas y abuelos. Quizá por eso dice Huinao: “A lo mejor yo no soy la poeta: los verdaderos poetas y los verdaderos escritores son ellos, los abuelos y abuelas”. Añadiría en esta pequeña lista el ensayo Mapurbekistán, de Claudio Alvarado Lincopi, quien, en medio de una profunda reflexión sobre la presencia mapuche en Santiago de Chile, intenta imaginar los lugares en los que su abuela trabajó como empleada doméstica, mientras camina por las avenidas arboladas de Providencia.
Ustedes, ¿qué recomendarían? Les leo en en los comentarios. ¿Cómo es o fue la relación con sus abuelos y abuelas?
Alguito más:
El bloggler Tyler Cowen asegura que ha comenzado a escribir para que lo lean las Inteligencias Artificiales, según reporta el New Yorker. Supongo que esto lleva a otro nivel las conversaciones literarias sobre “para quién escribes”, “quién es tu lector ideal”, “cuál es tu público”. Cada vez que leo en inglés sobre el desarrollo de la IA me preocupa lo muy poco que se discute sobre el tema en español. Y no me refiero a las noticias sobre las excentricidades de Musk y sus amigos billonarios (escribí un ensayito al respecto) sino a cómo esta tecnología penetra y afecta el presente en América Latina: desde la educación hasta las reservas de agua. Así que conviene buscar maneras de informarse dentro de lo poco que hay. Las periodistas Marta Peirano, en España, y Natalia Zuazo, en Argentina, suelen escribir con regularidad sobre el tema, y quizá podemos compartir sus textos en redes y en nuestros grupos de Whatsapp. ¿Ustedes a quiénes siguen?
El 1 y de agosto, en Montana, Estados Unidos, se celebrará la primera edición del IndigiPalooza, un festival de arte y narración de las naciones indígenas norteamericanas, y que tendrá como invitada principal a la mítica Joy Harjo, poeta Muscogee. Algunos de sus poemas se pueden leer traducidos aquí. No he encontrado sus libros en español. Hay hermanos muchísimo que traducir.
Si no conocían al pintor aymara Cristian Laime, la entrevista que le hace Caio Ruvenal en El País es un buen comienzo. Este cuadro suyo es uno de mis favoritos, ideal para sacar nuestros colores al mundo:
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Antes usaba Pocket para guardar links pero desde que la empresa anunció su cierre estoy batallando para encontrar la mejor manera: ¿Instapaper? ¿Marcadores? ¿Un excel, a la antigua? La verdad, en este mundo efímero de la internet, lo que hoy te resuelve la vida mañana te la complica. ¿Ustedes que usan?
En Apple Books se puede descargar un fragmento.

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