Como ustedes ya saben, queridos lectores y lectoras, quienes hacemos Underground Periodismo -la plataforma a la que pertenece esta newsletter-, somos periodistas profesionales e independientes. Nuestro proyecto colectivo, por lo tanto, no admite ni busca apoyos o subvenciones de gobiernos o partidos políticos. Debido a ello, una forma en la que podemos financiar nuestro trabajo -aunque sea parcialmente- es a través de fondos para investigaciones periodísticas (además de sus generosas donaciones).
Nosotros, al estar basados en Europa, hemos postulado a algunos de ellos desde este lado del Atlántico. Y así es como hemos tenido la oportunidad de relacionarnos más a fondo, como periodistas mexicanos, con otras culturas informativas. En esta edición de verano de SPOT quiero platicarles un par de anécdotas que, al menos en mi caso, me dejaron importantes aprendizajes en el marco de estas interacciones periodísticas.
Lo quiero compartir porque a nuestros lectores les puede resultar interesante cómo hacemos nuestro trabajo, y porque a veces nosotros los periodistas olvidamos algo tan obvio por estar ensimismados en nuestra propia burbuja. Esa obviedad es que nuestras prácticas y enfoques no son universales, aunque en los principios éticos sí podamos coincidir con colegas de otras regiones (hablo del periodismo no militante).
Una de las anécdotas tiene que ver con la particular sensibilidad que en México, por razones que no debo explicar, hemos desarrollado los periodistas al reportar historias ligadas a la violencia de género. La otra, como ya verán, “nos sacó el código postal”, como se dice popularmente en México.
¿Con cuál empezamos?
Ya sé.
Hace justo tres años, en agosto de 2022, Underground y unos cuantos medios aliados de México y Europa publicamos una amplia investigación que realizamos sobre violencia en contra de mexicanas migrantes por parte de sus parejas europeas.
Fue un trabajo ambicioso, financiado por un reconocido fondo internacional. Nos tomó muchos meses terminarlo -más de lo que habíamos planeado- porque prácticamente no había información disponible sobre la materia.
Partimos casi de cero, solicitando las estadísticas directamente a los ministerios responsables de los países que revisamos, ya que no encontramos en acceso público las que necesitábamos.
Por supuesto, nos dimos a la tarea de ubicar y entrevistar a psicólogas mexicanas expertas en este fenómeno específico en Europa, e incluso conversamos con un funcionario consular para tener una visión oficial desde el terreno. Pero además, y aquí es donde quería llegar, teníamos el testimonio de varias víctimas (y de familiares de dos mexicanas asesinadas). Fue una aportación importante del trabajo: contar sus historias.
Una de esas víctimas tenía una hija con un ciudadano de un país europeo. Relató la violencia física, económica y vicaria (a través de la hija de ambos) a la que su exesposo la había sometido. Ella se divorció de él el año anterior al que habló con nosotros para la investigación, pero mantenía una relación tensa con el hombre.
Nuestra prioridad como periodistas es proteger a nuestras fuentes -y más si son víctimas de violencia machista-, por lo que me pareció que lo mejor era usar el recurso del anonimato. Teníamos que proponérselo a ella y explicarle por qué. Si mal no recuerdo, los nombres de las parejas señaladas como agresores ya los habíamos cambiado por la misma razón y por otras de tipo legal.
Pero en el equipo se decidió en ese momento respetar la determinación de la víctima de dar la cara. La consecuencia de hacerlo así saltó cuando menos lo esperábamos. Esto pasó: finalizado el reportaje, que en su segunda parte presenta una historia por cada país investigado, enviamos a cada medio aliado una edición propia -y en su idioma- para su revisión y eventual publicación.
Los editores de uno de ellos evaluaron la investigación y decidieron consultar a su departamento jurídico. Entonces nos pidieron algo que la verdad no nos esperábamos: entrevistar al exmarido de la mencionada mexicana para conocer su versión de los hechos y, de alguna forma, verificar la fiabilidad de la historia que ella nos contó. Por supuesto nos pareció una pésima idea porque la poníamos a ella en riesgo o, por lo menos, él le podría hacer la vida de cuadritos con su hija, como ya lo había hecho antes.
No sólo nos pareció así por sentido común; también es una forma de actuar conforme a los manuales de buenas prácticas de la profesión. Por ejemplo, la BBC de Londres, el Consejo Superior del Audiovisual de Francia o la asociación de radiodifusión pública alemana coinciden en que cualquier cobertura sobre violencia de género debe proteger como sea a la víctima. Ninguna ley o código deontológico europeo obliga a un periodista a dar voz a un presunto agresor, y queda descartado si éste puede causar daño, revictimización o sesgo en la percepción del público respecto a una historia de violencia.
Para sustentar la versión de esa historia en particular, le mostramos al citado medio documentos oficiales del proceso legal por la custodia de la hija de ambos, el cual contenía el peritaje autónomo de una psicóloga que escuchó a ambos cónyuges. Pero todo se enredó y al final nuestros colegas de ese medio europeo se desistieron de publicar el reportaje.
Querido lector, lectora, ahora te pregunto: ¿qué hubieras hecho tú? (déjame un mensaje en los comentarios o en privado a través de los enlaces que hay al final del post). Como sea, en esta profesión uno nunca termina de aprender. Ese es quizás el aspecto que más me sigue motivando del periodismo.
Pensé que el tema podía funcionar. Le venía dando vueltas en la cabeza desde antes de la pandemia. Éste tenía que ver con uno de nuestros pilares culturales como mexicanos y fuente de identidad en el extranjero. ¿Adivinan de qué hablo? Pues del taco, nuestro sagrado y sabroso taco; ese que nos hace suspirar -y salivar- a los mexicanos cada que nos acordamos de él estando tan lejos del país.
Gracias por leer SPOT. Este post es gratuito y puedes compartirlo.
La historia que quería contar tenía que ver con el negocio de un novedoso tipo de taco y la diplomacia cultural más que con la gastronomía en sí. Y algo muy importante: exponer cómo el auténtico taco mexicano está siendo reemplazado en el imaginario de las nuevas generaciones de europeos por otro “taco” que en realidad es un producto chatarra totalmente distinto.
En resumen, la historia es la siguiente: un francés de origen italiano, Patrick Pelonero, que jamás había puesto un pie en México, funda en la ciudad alpina de Grenoble en 2007 un local cuyo platillo más exitoso es el llamado “taco francés”. ¿Y qué es el “taco francés”? Es una especie de durum o burrito turco preparado en tortilla de trigo, que se rellena con carne de pollo, nuggets y papas fritas, y es aderezado con diversas cremas o mayonesas de gustos variados. Una “reinterpretación”, dicen, del taco mexicano (una “deformación”, diría yo, por decirlo suavecito).
Junto con otros tres amigos franceses de origen senegalés, Pelonero creó por ahí del 2010 el primero de una cadena de restaurantes de comida rápida que se convirtió en un exitazo, en un verdadero fenómeno comercial y cultural entre los consumidores adolescentes: O’Tacos. En 2014, la cadena ya tenía 25 locales tan solo en Francia y comenzó su internacionalización con locales en Marruecos y Bélgica.
Su crecimiento fue tan explosivo que en 2018 un fondo de inversiones belga, Kharis Capital, propietario de los famosos establecimientos de hamburguesas Burger King y Quick en Bélgica, adquirió una parte mayoritaria de O’Tacos para facilitar su expansión en el extranjero. Sus fundadores se mantuvieron dentro de la empresa. En ese momento, ésta facturaba 60 millones de euros y tenía 200 establecimientos en Francia y 40 en Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En marzo pasado, O’Tacos superó los 400 locales franceses y se había afincado en muchos países europeos, en África y Canadá, mientras que su facturación superaba los 200 millones de euros. Con una fortuna en la bolsa, Pelonero se fue a vivir a Dubái, Emiratos Árabes Unidos, para dedicarse a su propia empresa de inversiones.
Esa historia, como puede verse, tiene un fuerte componente de lo que se conoce como “apropiación cultural” (tomar elementos de otra cultura sin comprender o respetar el contexto original: ¿les suenan los huaraches oaxaqueños que acaba de sacar Adidas o antes los huipiles o prendas tradicionales mexicanas de marcas francesas o españolas?).
Resulta que desde 2010 la Unesco inscribió a la comida tradicional mexicana -incluyendo los platillos a base de maíz como el taco- en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Y tanto México como los 27 países de la Unión Europea forman parte de una convención -que entró en vigor en 2006- en la que se comprometieron en su artículo 11 a “adoptar las medidas necesarias para garantizar la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial (enlistado por la Unesco) presente dentro de sus territorios”. Evidentemente no lo hicieron así los gobiernos europeos que, por el contrario, permitieron el vertiginoso desarrollo regional e internacional de la empresa. ¿Y el gobierno mexicano? Ni una palabra al respecto.
La idea era meternos en un tema que, desde nuestro punto de vista, podía interesar a los lectores tanto mexicanos como europeos, en especial a los belgas, no sólo porque el inversionista mayoritario de O’Tacos está asentado en ese país, sino también por el éxito que tenía la cadena en Bélgica, donde las franquicias crecieron como champiñones.
Nuestra intención fue por eso postular, a principios de 2023, a un fondo europeo que financia proyectos de investigación con impacto en dos países como mínimo. El nuestro abarcaba Francia, Alemania y Bélgica. Pero antes debíamos cumplir -como suele suceder con otros fondos similares- con un requisito: contar con el apoyo de un medio local por país investigado, que eventualmente publicaría el texto.
El medio, a través de un editor, tiene que firmar una “carta de intención”, que se entrega al fondo desde que se inscribe el proyecto (no después). También debe indicar el monto que el medio se compromete a pagar a los periodistas por la publicación de ese trabajo (el objetivo de tal medida es que los medios no adquieran la mala costumbre de no pagar textos, y menos investigaciones de calidad, con el pretexto de que ya fue financiado por un fondo. Lo que sucede en México, pues).
Para no hacer el cuento más largo, conseguir una carta de intención fue complicado con los medios belgas a los que primero acudimos. Quizás no supimos atraer correctamente su atención. Puede ser que nuestro pitch (el planteamiento) no haya sido lo suficientemente preciso. Es posible. Pero sucedieron cosas que me hacen suponer que la verdadera razón de su negativa tuvo que ver con algo más simple y que nosotros no logramos ver antes: la importancia que los belgas le dan a su patrimonio gastronómico es muy distinta a la que los mexicanos le damos al nuestro. Es sabido que Bélgica no es especialmente reconocida por su experiencia culinaria, aunque a los belgas les encante salir a restaurantes y descubrir cocinas del mundo. Probablemente eso haya condicionado su interés en el tema del “taco francés” y la cadena que lo popularizó.
Una de esas cosas a las que me refiero fue la respuesta del editor de un medio belga. Nos dijo que “la estafa de los tacos” le parecía un asunto “un poco ligero para desplegar una investigación transfronteriza”. Para empezar, que considerara el tema como una mera “estafa” me pareció reduccionista. En todo caso era una “estafa” millonaria, legalizada, de impacto internacional y contraria a los convenios culturales entre países. Luego nos dijo que no leyéramos su respuesta como un “desinterés por la cultura culinaria mexicana”, y aquí viene el punto sustancial para mí: aseguró que “la transformación” de las frites (papas fritas, originarias de Bélgica) en “gaufrettes calientes”, es decir en una especie de galletas delgadas, “recibiría la misma acogida”, o sea la misma respuesta negativa.
Lo que terminó por reforzar mi sospecha fue que medios conocidos de otros países han dedicado amplios reportajes al fenómeno de los “tacos franceses”. Los que pude leer provenían de medios de Francia y España… sí, países con fuertes tradiciones gastronómicas, además de Estados Unidos, donde el taco ya es parte de su alimentación cotidiana por la cantidad de mexicanos que viven allá (aquí tienes un reportaje de Le Monde, aquí uno de El País y aquí uno más del New Yorker). Cada uno cuenta su historia con un enfoque diferente (el de Le Monde habla de la “resistencia” al “taco francés” de los auténticos restaurantes mexicanos de Francia). Nosotros teníamos nuestro enfoque y queríamos presentárselo en francés a los belgas.
Decidimos dejar el asunto en paz. Lo que sí logré fue visibilizar el tema en un medio mexicano, que por supuesto se interesó en él. Evidentemente el ángulo fue más generalista y dirigido al lector nacional. Fue así como en abril de 2023 salió publicado en la sección Fin de semana de Milenio Diario mi reportaje Taco impostor conquista Europa; hacen millones con versión 'pirata' del platillo mexicano, un buen título que se le ocurrió a mi editor Jesús Hernández.
En Underground Periodismo comenzamos a publicar la serie de podcasts Epidemia Ultra, un proyecto único en español que realiza el Doctor en comunicación Franco Delle Donne desde Alemania. Epidemia Ultra analiza a profundidad y al mismo tiempo de manera entretenida uno de los peligros más grandes que acecha a Europa y, desafortunadamente, a otras regiones del mundo: la extrema derecha.
Underground Periodismo comparte contenidos de calidad para ti.
Hasta el próximo SPOT.
Mexicanas trans recorren un largo y tortuoso camino para pedir asilo en Europa, un reportaje para el suplemento Dominga, de Milenio Diario. Aquí puedes leerlo.
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