Es muy extraño tener un amigo de la pandilla que sea candidato a ser presidente de la Junta de Andalucía. Ver su rostro en las paradas de autobuses, colgando de cualquier poste, pegado a las esquinas más insospechadas, es una experiencia perturbadora. Te debates entre advertirle que salga de ahí cuanto antes y admirar su vocación política. Nuestro grupo de amigos y amigas ha vivido estas elecciones andaluzas, como consecuencia, de forma muy intensa. Unas se han implicado más, otras menos, pero todas han estado ahí.
Y el resultado ha sido tremendo. La formación de Adelante Andalucía ha obtenido ocho parlamentarios andaluces, seis más que las últimas elecciones. Es la fuerza política que más crece en Andalucía. Ha sido segunda o tercera fuerza en casi toda la provincia de Cádiz y ha marcado el camino a una generación marcada por la desafección política. Con ello, ha truncado la mayoría absoluta del PP.
Lo ha hecho, además, con una propuesta andalucista, feminista, LGTBQ+ y obrera, cocida a fuego lento y claramente de izquierdas. Sin complejos, sin pudor, llamando fascistas a los fascistas y plantando cara al odio que asola este mundo. Manteniendo, por el camino, su integridad política: incomodando al PSOE y negándose a asumir el papel subsidiario de la izquierda.
Ha rescatado al votante de izquierda del tedio partidista, las listas negociadas y las guerras de familias, y ha parecido exactamente eso, una familia. Ha desterrado la superioridad moral sobre el votante agotado, “hay que escuchar el malestar, traducirlo en propuestas en positivo”, decía José Ignacio García; ha implicado a la juventud en la solución de futuro, se ha integrado en los movimientos sociales, ha bailado al ritmo de La Plazuela y Califato ¾ y ha desbordado el voto de la izquierda triste de Por Andalucía.
Decía durante de las elecciones Antonio Maíllo, el visionario líder de la coalición, que lo de Adelante Andalucía era como si estos vinieran en contradirección a todo el mundo y que estaban equivocados. Lo que no esperaba es que hubiera 401.000 personas en contradirección. Lo mismo, el equivocado era él y quizás la política de despachos dictada desde Madrid -por más que seas de Lucena- no sea la respuesta que la gente espera de la izquierda andaluza.
Uno va haciéndose mayor, y ya ha vivido el No a la guerra, las plazas del 15M, el boom de Podemos, el auge de las fuerzas municipalista y toda su posterior caída, y va aprendiendo a asumir los momentos de alegría política de una forma ponderada. Nuestra historia, pendular, conduce a la prudencia.
Y es cierto que no se ha ganado nada, es cierto que sigue gobernando la derecha, es cierto que la ultraderecha sube levemente, pero también que Adelante Andalucía ha rescatado de un lodo muy negro el dulce hormigueo de la esperanza, en especial, para buena parte de nuestra juventud. Y un pueblo repleto de esperanza es mucho más fuerte que un pueblo repleto de odio.
Ahora que la volvemos a sentir, como una ilusión efervescente, es hora de contagiarla.
Y esta semana no hay libro, película, podcasts y serie porque, básicamente, he estado metido en la concepción de varios proyectos. Hay uno ya aprobado, del que aún no puedo decir nada y creo que voy a reventar. 🤐
El que está a la vuelta de la esquina y más ilusión me hace participar es Cariñar, el festival que Bárbara Blasco y Kike Parra organizan en Castellote, en el Maestrazgo de Teruel. Vienen un puñado de escritores y escritoras de nivel. Allí haré un taller de ecopoesía que pienso dedicar a la figura de El Cabrero.
El festival no solo es un alegato por los afectos en literatura, enclavado en un marco rural, para mí es un hilo que me conecta con la comunidad de Selecta, con Valencia y con una parte de mi vida que quiero que siga latente dentro de mí. Aquí más información.
Y eso es todo por hoy, que no es poco. Muchas gracias a quienes estáis ahí. Os espero en la próxima newsletter, que ojalá siga alegre y sin miedo. Como decía Mary Shelley, «Cuidado; pues no tengo miedo y, por lo tanto, soy poderosa».
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