Hay un momento que probablemente conoces bien.
Ves a otra mujer. Su cuerpo, su relación, su trabajo, su seguridad, su forma de llevar la vida. Y sin pedirlo, algo en ti se encoge.
No lo dices en voz alta, pero lo piensas:
“No debería sentir esto.”
Le pusiste un nombre rápido a esa sensación:
envidia
y de inmediato viene la culpa detrás.
Pero, ¿y si ese nombre estuviera mal? ¿Y si lo que sientes cuando te comparas no fuera envidia, sino algo mucho más útil que nunca te enseñaron a leer?
Vamos a desarmarlo despacio.
La primera pista está en tu propio cerebro, no en el carácter de nadie.
Comparar no es una elección consciente.
Es automático : tu mente está diseñada para medirte constantemente contra lo que ve a tu alrededor. No es una falla, es una función.
Pero te hace preguntarte: si es tan automático, ¿por qué solo con algunas mujeres duele tanto y con otras ni lo notas?
Duele con la que tiene, hace o vive algo que te toca específicamente a ti. Su disciplina, su forma de cuidarse, su libertad para viajar, su seguridad al hablar.
Eso significa que: no es sobre ella.
Es sobre lo que su vida te está mostrando de la tuya.
Y si eso es cierto, entonces la pregunta que te has estado haciendo todo este tiempo — “¿qué me pasa que siento esto?” — nunca fue la correcta.
La correcta es otra:
¿Qué me está mostrando esto que veo en ella, sobre lo que yo quiero para mí?
Pero saber la pregunta correcta no basta. Porque en el momento exacto en que te comparas, no estás pensando con claridad, estás sintiendo. Y aquí es donde no queremos quedar atascada como la mayoría.
Durante mucho tiempo, mi primer movimiento era juzgarme.
Sentía la comparación y encima me castigaba por sentirla.
Doble golpe.
Lo que cambié no fue dejar de sentir envidia : porque eso nunca pasó, y probablemente nunca pase del todo. Lo que cambió fue lo que hacía en los tres segundos siguientes a sentirla.
Leí hace poco un libro, y algo que me inspiró a escribir y a hacer este video fue esto, tan poderoso: “The Let Them Theory” de Mel Robbins (2024), uno de los libros de autoayuda más virales del último año.
Te recomiendo leerlo (encuentralo acá)
Mel Robbins tiene una idea sobre comparación y posibilidad que invita a abrazar el éxito de otras personas como motivación en lugar de como amenaza, dejando que sus logros te muestren lo que es posible para ti también, en vez de restarte.
La idea central del libro (el “let them / let me”) funciona así:
“Let them” — deja que la otra persona haga, tenga o viva lo que sea. No es tu trabajo controlar ni resentir su vida.
“Let me” — la parte que casi nadie aplica: en vez de gastar energía en lo que ella hizo, pregúntate qué vas a hacer tú con lo que eso te mostró.
Si quieres hacemos un post Book club y lo analizamos todo, ¿quien se anima?
Bueno, es ese es el punto exacto donde quiero llevarte, porque aquí es donde armé algo que sí funciona: un proceso de cinco pasos, simple, que puedes usar la próxima vez que te agarre por sorpresa.
Antes de dártelo completo, necesitas entender algo importante sobre el primer paso, porque si te lo saltas, los otros cuatro no sirven de mucho.
No la dejes pasar en piloto automático. La mayoría de las veces la comparación actúa y se va sin que te des cuenta conscientemente, solo queda el mal sabor. Ponle nombre en el momento:
“me estoy comparando con ella, ahora mismo.”
Esto parece obvio, pero es el paso que casi todas se saltan. Y si te lo saltas, pasas directo al siguiente problema: juzgarte por algo que ni siquiera nombraste.
Aquí no se trata de repetir el paso uno. Se trata de algo distinto: darte permiso de sentirlo sin que eso te defina como persona. Sentirlo no te hace mala, ni superficial, ni insegura. Te hace alguien con un cerebro que funciona como debería.
Pero reconocerlo abre otra pregunta, una que sí importa de verdad:
¿Esta comparación te está sirviendo, o solo te está hundiendo?
No toda comparación merece tu atención. Algunas solo te dejan mal, sin ningún propósito detrás. Otras, en cambio, te están señalando algo real que quieres construir.
Por ejemplo: ves a alguien en un yate y sientes esa punzada, pero no te importa el mar ni viajar así, solo te queda la sensación de "ella tiene más, yo tengo menos", sin ningún siguiente paso. Eso es un vacío que resta.
En cambio, ves a una compañera hablar en público con total seguridad, y aquí sí hay algo real: tú también quieres hablar así. Eso es inspiración disfrazada de incomodidad.
¿Cómo distinguirlas?
Pregúntate si puedes nombrar una acción concreta que te acerque a eso que viste. Si la hay, sigue leyendo. Si no, la sueltas [no te sirve]
Porque aquí es donde viene la parte que la mayoría se salta y la que te prepara para el éxito.
Antes de mirar hacia su vida, mira la tuya.
No para conformarte, para equilibrar la balanza antes de actuar desde un lugar de carencia.
Reconoce tus logros si es necesario haz una lista y agradecelos
Y aquí es donde la mayoría cree que termina el ejercicio.
Pero falta el paso que realmente lo transforma en algo que te mueve, no solo que te calma.
En vez de quedarte mirando su vida,
elige una acción, por pequeña que sea, que te acerque a la vida que quieres construir.
Una decisión, un hábito, un mensaje que mandas, una clase a la que te inscribes, una entrevista que buscas.
Ahí es cuando la comparación deja de ser un espejo que te lastima y se convierte en una brújula que te mueve.
No es envidia. O no solo eso.
Es información. Es tu propio deseo, disfrazado de incomodidad, señalándote algo que todavía no te has permitido ir a buscar.
Sentir eso no te hace mala persona.
Te hace humana.
Pero tú decides qué haces con la información: puedes quedarte atrapada juzgándote por sentirla, o puedes usarla como el empujón que necesitabas para moverte.
Porque, no se trata de dejar de compararte, eso es inevitable. Se trata de aprender a leer lo que la comparación te está diciendo.
Y ahora te toca a ti, sé sincera contigo misma:
¿Qué es lo que más te genera envidia en otras mujeres?
Te leo en los comentarios , y si te animas, cuéntame también qué crees que te está mostrando esa envidia sobre ti.
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