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Cartas de Leslie para ti · May 20, 2025

Lo que me tomó 1 año aprenderlo… te lo cuento en estas líneas.

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Leslie Villatoro · Leslie Villatoro

Se acerca mi cumpleaños (es el 21 de Mayo para que me feliciten! ) y varias personas me han preguntado qué voy a hacer para festejarme.

La verdad, he estado tan ocupada con tantas cosas… que ni siquiera me he detenido a pensarlo. Me cuesta creer que ya está tan cerca. Y como cada año, cuando se acerca mi cumpleaños, mi alma se pone reflexiva. Casi nunca salgo el mero día. Prefiero quedarme quieta, en silencio, o dejarme apapachar por los míos , como si pudiera escuchar mejor los mensajes que la vida quiere traerme.

Pero también, con los años, he aprendido a usar ese día para agradecer.

Agradecer a mi madre por darme la vida, a la vida por seguir confiando en mi, y todo lo que he podido crear con este hermoso regalo que voy disfrutando gotita a gotita, día a día. Agradecer la mujer en la que me he transformado en los últimos doce meses.

Este año ha sido… excepcional. Y me encantaría recapitularlo contigo.

Empezó con miedo. Circunstancias que me hicieron temblar, sobre todo por la ausencia… por no poder compartir el mismo tiempo con mis hijos como antes. Los ritmos cambian. Las dinámicas cambian. Ellos crecen, y aunque los padres/madres sabemos que ese momento llegará, el corazón tarda en asimilarlo. Tarda en adaptarse.

También descubrí que por más que algo “parezca bueno”, si no se siente bien, no es para mí. Me cansé de ir en contra de mí misma. Aprendí a escuchar mi voz. A darle valor por encima del "deber ser". Y eso en alguien como yo , con esta estructura de ser la hija mayor, la hermana mayor, la nieta mayor, la que dá el ejemplo… cuesta trabajo romper.

Cerré ciclos. Liberé pendientes que pesaban. Y confirmé algo que he aprendido con los años: lo que no cerramos con amor, se queda en la mente y en el corazón como nudos.

Y la mejor medicina… es la aceptación. Y la confianza.
Confianza en que Dios, siempre, pone los sueños adecuados. Y a las personas adecuadas. Al final del trayecto siempre te encontrarás a ti mismo.

Antes de continuar… si aún está suscrito te invito a que seas parte de este proyecto “Cartas para ti”, y que mis próximas cartas te lleguen directo a tu correo:

En medio de todo esto, sentí el llamado de dejar huella de este camino. Por eso nació ‘Metanoia’, mi próximo libro. No es solo una meta personal, es un puente para quienes también están en camino de transformación… y este año, una de esas personas mágicas llegó con un regalo: una ventana para escribirlo! Un sueño que llevo desde hace años y que ahora está tomando forma.

El universo se puso de acuerdo: espacios, inspiración, acompañamiento. Y aunque no ha sido fácil —porque el perfeccionismo y la falta de inspiración a veces se meten sin avisar—, sigo. Sigo porque quiero tener este libro en las manos. Porque quiero compartirlo con quienes, como yo, están dispuestos a transformarse.

También hubo frustración. Impotencia. Momentos donde la rabia me visitó… y aunque no suelo caminar con ella, me enseñó algo valioso: que a veces no hay que respirar sólo para calmarse, sino para tomar fuerza, poner límites y accionar desde el fuego. Estoy todavía ahí. Ordenando mi vida desde ese fuego nuevo.

La vida, en su misterio, también me sorprendió.

Un proyecto que inicié en compañía… y terminé haciéndolo sola. Al principio me costó entenderlo, hoy puedo decir que agradezco ese proceso, porque me dio la oportunidad de encontrarme con una Leslie más fuerte y capaz. Pero también me permitió recordar que no estaba sola…

La vida trajo a alguien a mi camino que me ha ayudado a recordar muchas cosas que tenía un tanto olvidadas.

Yo no soy de las que cree que el amor “se encuentra” como si fuera algo que aparece por azar… creo firmemente que el amor se construye, ladrillo a ladrillo, con respeto, con presencia, con verdad. Se construye con la voluntad de dos personas que deciden mirarse con los ojos del alma y decirse: aquí estoy, y quiero caminar contigo.

Y es maravilloso poder decir que hoy tengo un compañero de vida.
Un hombre que me acompaña, que me hace reír, que me empuja a ser valiente y a lograr mis sueños, que celebra conmigo los pequeños logros y también sabe sostener mis silencios. Que me prepara el café de la mañana, que me escucha con curiosidad y paciencia cuando le comparto mis ideas más locas, y sobre todo que está dispuesto a construir una vida simple, real y llena de significado.

Con él he compartido aventuras que no estaban en mis planes, pero que ahora son parte de nuestra historia: subir montañas, perdernos en caminos que terminan en paisajes mágicos, hacer fogatas bajo las estrellas, preparar recetas nuevas entre risas (amo cocinar, pero él sabe más de cocina que yo) , me enseñó a pescar (sí, ¡a pescar! ), y descubrí que también en lo cotidiano habita la magia, escucho su guitarra y su voz como quien escucha una promesa silenciosa: “Aquí estoy. Te veo, Te acompaño, Te sostengo”.

Con él también he entendido que el amor sano no duele, que no es drama, que no es carencia disfrazada… sino un espacio donde una puede descansar, florecer, y sentirse segura, desde la elección diaria, desde el deseo compartido de cuidarnos y crecer juntos.

Y aunque ni él ni yo somos perfectos, hay algo muy bello en coincidir desde la intención de crecer y construir algo que se sostenga con amor, compromiso y libertad.
Y eso… eso ha sido uno de los regalos más hermosos que este año me ha dado.

Este año también me reto a evolucionar. Uno de esos retos, quizá el más profundo, ha sido soltar poco a poco la versión de mamá que fui durante tantos años. Mis hijos ya no son esos niños pequeños que corrían a casa con dibujos en las manos y preguntas interminables en la boca… Hoy, dos de ellas ya están en la preparatoria. Pasan más tiempo en la escuela, tienen otras prioridades, nuevas rutinas, sus propios mundos creciendo. Ya no comen conmigo todos los días, y confieso que al principio eso me partía un poco el corazón. Me costó aceptar que la dinámica cambió, que los abrazos ahora duran menos, que las charlas profundas aparecen cuando menos lo espero, y que tengo que estar muy atenta para no perderme esos momentos fugaces donde me abren la puerta de su mundo. Esto aún me cuesta trabajo, siento un nudo en la garganta mientras lo escribo.

He tenido que aprender —con paciencia, con amor y muchas veces con lágrimas— a tomar de ellos lo que me ofrecen, en los valiosos momentos que compartimos. A valorar la calidad del tiempo más que la cantidad. A ser una mamá presente sin invadir, disponible sin presionar, amorosa sin absorber. A respetar su individualidad, sus procesos, sus silencios… incluso cuando duelen un poco.

Estoy aprendiendo a estar, no desde la urgencia de resolverlo todo, sino desde el amor que confía y que observa con admiración. Me esfuerzo por convertirme en esa versión de madre que ahora necesitan: una mujer que los guía, pero también que los inspira desde su autenticidad. Que no se impone, sino que acompaña. Que celebra sus alas sin miedo a la distancia. Sigo sintiendo el nudo en mi garganta…

Y ha sido hermoso, porque en ese proceso ellos también están conociendo una parte más real de mí: no la mamá perfecta, sino la mujer completa, la que se equivoca, la que siente, la que se transforma. La que también está creciendo junto a ellos, aunque ya no sea desde el regazo… sino desde el alma.

Pero aún con tanta evolución, sigo siendo la misma. La que busca estar fuerte y saludable no solo para vivir muchos años, sino para vivirlos bien… con energía, con presencia, con ganas de jugar fútbol con mis futuros nietos y cargarlos con seguridad entre risas y abrazos. Sigo siendo la que investiga los mejores suplementos, pero también la que se esfuerza en tomar las decisiones más conscientes para sí misma.

La que no entiende de albures ni falta le hace, la que no puede resistirse a pararse a bailar cuando suena su canción favorita, la que deja el último bocado en el plato sin saber muy bien por qué, y la que se baña siempre con música de fondo, como si cada ducha fuera un pequeño ritual que me trae paz (¡y lo es!)

Sigo maravillándome con los colores del atardecer, con las sonrisas espontáneas de mis hijos, con los silencios que hablan más que mil palabras. Sigo escapándome sola por un café, no por soledad, sino por amor a esos ratos de escribir, de pensarme, de encontrarme.

Y sigo siendo esa niña de 6 años que, temblando, se lanzó desde el trampolín más alto en una alberca olímpica, con miedo… pero con decisión.
Así sigo hoy.
Lo hago, aún con miedo.

Estoy cumpliendo mi sueño de ser escritora.

Y Dios puso a las personas adecuadas para ayudarme a lograrlo.


Hoy confío en que si estoy viva, si hoy respiro, es porque aún hay un propósito por cumplir… Dios sigue confiando en mí.

Se acerca mi cumpleaños y, aunque hay cosas que siguen cambiando, y otras que me sigo cuestionando… también hay muchas respuestas que la vida me ha ido entregando, paso a paso.

Y eso me recuerda que no todo sucede a mi tiempo.
Ni a mi ritmo.
Todo sucede a su tiempo exacto. Y preciso.
Al tiempo perfecto del universo.

Así que hoy sólo me queda estar atenta, callada, expectante.

Esperando que llegue ese día, soplar esas velitas que estarán clavadas en el betún de mi pastel —que no son pocas!!—, y pedir un deseo más.
No se los diré, porque entonces no se cumple…
Pero les aseguro que tiene que ver con seguir amando la vida y seguir construyéndome, junto con ustedes.

¿Y tú? ¿Qué has aprendido de ti este año?

Gracias por leerme, por acompañarme en este pedacito de mi historia.

La vida sigue cambiando. Y yo también. Gracias por caminar conmigo. Gracias por estar 🌷 Este es sólo el comienzo…

Si lo que comparto resuena contigo, si alguna palabra tocó algo dentro de ti o simplemente quieres seguir este viaje conmigo, te invito a quedarte cerca.

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Les abrazo con mucho amor: Leslie Villatoro.

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