Hoy me desperté antes del amanecer.
Incluso antes de que sonara mi alarma.
Fue uno de esos despertares en los que tu cuerpo dice: “ya es suficiente de dormir”, aunque tu mente aún quiera seguir en la cama.
Intenté volver a dormirme, lo confieso. Me acomodé, cerré los ojos, me arropé un poco más… pero no lo logré.
Y algo dentro de mí susurró:
“Aprovecha este momento. Hay un silencio aquí que no siempre puedes tener.”
Porque la verdad es que en mi casa no abundan los silencios.
La vida corre con ritmo de escuela, de hijos, de música, de voces, de lo cotidiano.
Pero esta vez, antes de que el primer sonido humano rompiera la quietud, me quedé ahí.
No me moví.
Solo escuché mi respiración.
El suave subir y bajar de mi pecho.
Y después… los primeros pajaritos, como tímidos ensayos de una orquesta que apenas despierta.
Me encanta ese momento en el que todo aún está oscuro, pero ya no es noche.
Donde el mundo parece sostener la respiración contigo.
Puedo reconocer perfectamente el instante exacto en el que mi mente "despierta" por completo.
Primero hay una calma, como un claro en el bosque.
Y luego… como una cascada inevitable, llegan los pensamientos, las ideas, los pendientes, los "tengo que", los "no se te olvide", los "¿y si…?".
Hoy, decidí no engancharme.
Decidí quedarme en la pausa.
Solo sentir.
Tenía una cita importante más tarde, y siendo honesta… no tenía resuelto nada.
Ni las ideas claras, ni la estrategia definida.
Pero en vez de angustiarme, me recordé algo:
Puedo elegir cómo empieza mi día.
Puedo habitar ese primer respiro con conciencia.
Puedo honrar ese silencio como un templo.
Puedo elegir gratitud en lugar de preocupación.
Y entonces, ahí, desde mi cama, con el alma abierta y los ojos suaves… me regalé una intención:
Hoy quiero vivir desde la presencia. No desde la prisa.
Porque, sin darnos cuenta, solemos despertar corriendo:
corriendo en pensamientos, corriendo en emociones, corriendo incluso sin mover un solo músculo.
Corremos hacia el futuro.
O nos quedamos atrapadas en el eco de ayer.
Pero ¿y si despertamos como si la vida fuera una sorpresa?
(¡Y lo es! Solo que no siempre nos detenemos a aceptarlo o a observarlo).
¿Y si cada mañana fuera como una carta que el universo nos escribe… y que necesita que la leamos con calma, con atención, con el corazón en la mano?
Hoy, desde ese amanecer silencioso, quiero compartirte unas palabras que me repito cuando necesito volver a mí:
No son una oración religiosa, no tienen dogma, ni reglas.
Son solo un recordatorio. Una intención. Un ancla.
Hoy elijo agradecer por este momento.
Me permito detenerme y estar presente.
No me dejo arrastrar por el pasado ni preocupar por el futuro.
Me enfoco en lo que está sucediendo ahora, en este preciso instante.
Cada momento es una oportunidad para conectar conmigo, con los demás y con la vida.
Elijo ver, escuchar, sentir y amar con intención.
Aquí es donde todo sucede.
Aquí es donde puedo ser.
Tal vez no cambie todo tu día.
Pero puede cambiar cómo lo habitas.
Y eso… cambia todo.
Si estas palabras te tocaron aunque sea un poquito, si algo dentro de ti suspiró, si sentiste una pequeña pausa o una claridad que no estaba… me encantará leerte.
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Con cariño y presencia,
Leslie V.
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