Será el sol, será la dieta mediterránea, el carácter o una mezcla de todo ello, pero la esperanza de vida en España es de las más altas del mundo, con 84 años, según cifras del Instituto Nacional de Estadística. Estos datos plantean escenarios nuevos donde las soluciones de vivienda que se dan a los actuales y futuros séniors adquieren una gran importancia. Porque caminamos, además, hacia una longevidad activa, donde la calidad de vida y la autonomía son valores esenciales a preservar. Muchos mayores quieren seguir viviendo en sus hogares cuanto más tiempo mejor, al margen de opciones en residencias.
En el informe de tendencias The New Habitat 27/28 ya se afirma que “en una sociedad marcada por el envejecimiento poblacional y la contención del gasto, el diseño doméstico se orienta hacia la adaptabilidad, la accesibilidad y el máximo aprovechamiento del espacio”. ¿Están el mercado y la sociedad preparados para acoger estas demandas?
Compartir espacio y conservar la independencia
“Después de mi divorcio, empecé a compartir piso con estudiantes. Pensé que sería una buena forma de tener compañía y hacer más llevaderos los gastos, pero la verdad es que no me siento del todo cómodo. Tenemos estilos de vida y ritmos muy diferentes, y al final la convivencia se limita a compartir una casa. Ahora busco algo distinto”, comenta Manuel, de 61 años. “Me gustaría compartir hogar con alguien con quien tenga cosas en común, poder charlar, tomar un café o hacer algún plan de vez en cuando, pero manteniendo cada uno su espacio y su independencia; para mí, la clave está en encontrar a alguien con quien realmente haya afinidad, no simplemente a alguien con quien compartir un piso”, añade.
Su caso es uno de los que han inspirado la creación de Silverce, la primera plataforma europea para compartir hogar pasados los 50 años. “Compartir hogar no debe entenderse solo como una solución inmobiliaria o económica. Puede convertirse en una herramienta de longevidad social, porque favorece los vínculos cotidianos, el apoyo mutuo, la participación y el sentimiento de pertenencia, factores especialmente relevantes para el bienestar a medida que vivimos más años”, destaca Sonia Paz, cofundadora de la misma. “No obstante, compartir hogar no es una solución válida para todas las personas ni debe plantearse como una respuesta impuesta frente a la soledad. Para que funcione, debe ser una decisión libre, construida sobre la compatibilidad, el respeto, la autonomía y unas expectativas claras”, añade.
En el caso de Silverce, conectan a personas que disponen de un espacio en su hogar con otras que buscan un lugar donde vivir, con el objetivo último de valorar una posible convivencia en base a criterios de compatibilidad que van mucho más allá de tener una edad similar o compartir aficiones. “Horarios, nivel de autonomía, necesidad de privacidad, sociabilidad, orden y limpieza, visitas, mascotas, consumo de tabaco, uso de los espacios comunes, disposición a compartir comidas o actividades y forma en la que cada persona imagina su hogar”, son, entre otras, cuestiones que se tienen en cuenta para proponer el encuentro.
Luego, como explica Sonia Paz, “son las propias personas quienes deciden libremente las condiciones económicas, la duración de la convivencia, la distribución de los gastos, el uso de los espacios comunes y la organización cotidiana del hogar”, apoyadas por un Pacto de Convivencia o de Respeto como expresión de aquello que han hablado, elegido y considerado importante para sentirse cómodas y respetadas dentro de su hogar, según explican. “La compatibilidad no significa que dos personas deban hacerlo todo juntas; en muchos casos, un hogar funciona precisamente porque existe un equilibrio entre los momentos compartidos y la conservación de los espacios, las relaciones y las rutinas propias”, subraya Sonia Paz.
Combinar la tecnología con el apoyo de proximidad
En otra situación vital, muchos mayores con dependencia se ven obligados a trasladarse a una residencia por la imposibilidad de contar con los cuidados adecuados en su domicilio. Sin embargo, el proyecto Apoyos Conectados para la Autonomía Personal (ACAP), impulsado por el Gobierno de Aragón con fondos europeos y desarrollado por Fundación Dfa, FIIS y ATAM, ha validado un modelo de cuidados a largo plazo en el propio hogar en el que han participado más de 2.000 personas mayores o con discapacidad durante los últimos dos años. El perfil tipo era el de una mujer de unos 75,8 años, en situación de fragilidad, y que vivía en solitario o con una red de apoyo familiar insuficiente.

“La idea de partida era impulsar un cambio en la forma de entender los cuidados. Tradicionalmente, muchas respuestas se han orientado hacia la institucionalización cuando aparecen situaciones de fragilidad o dependencia. Con este proyecto quisimos demostrar que es posible ofrecer apoyos que permitan a las personas seguir viviendo en su hogar, manteniendo su autonomía, su seguridad, sus relaciones y su participación en la comunidad durante más tiempo”, señala Beatriz Aranda, coordinadora del proyecto en la Fundación Dfa.
Para conseguirlo, idearon un plan individualizado para cada participante, donde ellos también tomaban parte y que se iba revisando según sus necesidades. En cada programa se integraron soluciones digitales no invasivas, como la detección automática de caídas o una monitorización continua dentro y fuera del domicilio y el seguimiento de parámetros de salud, junto con el apoyo cercano de una red profesional que hacía visitas domiciliarias, seguimiento preventivo, atención emocional y coordinación con los servicios sanitarios y sociales, al margen de proporcionar una respuesta inmediata en caso de riesgo.
Es posible ofrecer apoyos que permitan a las personas seguir viviendo en su hogar, manteniendo su seguridad y sus relaciones
Beatriz Aranda
Coordinadora del proyecto en la Fundación Dfa
ACAP ha tenido un marcado carácter preventivo: “El objetivo no era intervenir cuando el problema ya existía, sino anticiparse para preservar la autonomía y evitar, en la medida de lo posible, una institucionalización”. A este se ha unido una vocación de continuidad: “Al tratarse de un proyecto piloto, otro de los objetivos era generar evidencia que ayudara a orientar el desarrollo de futuras políticas públicas de cuidados de larga duración”, desvela Beatriz Aranda.
Los beneficios han sido incontestables: ha habido una reducción del 58% en la probabilidad de institucionalización, lo que supone un retraso medio de unos 3,4 años en el ingreso en una residencia. Pero no son solo cifras. “Las personas usuarias nos han trasladado que se sienten más seguras para quedarse solas en casa, salir a la calle o realizar actividades cotidianas, y que han ganado confianza para desenvolverse con mayor autonomía. También se observaron mejoras en tareas como cocinar, hacer la compra, cuidar de la vivienda o mantener sus relaciones sociales”, destaca la experta de Fundación Dfa. Todo ello ha tenido un impacto positivo en el estado de ánimo, la energía y las ganas de participar en actividades comunitarias. Si hablamos de salud, el programa ha conllevado una reducción del 12% en las hospitalizaciones, lo que extrapolado a los recursos públicos supone, en general, un ahorro neto de entre 1.776 y 2.493 euros por persona y año.
¿Es un modelo replicable? “Nuestra experiencia demuestra que sí. Ahora bien, no consiste simplemente en incorporar tecnología. Lo que realmente marca la diferencia es la combinación entre herramientas digitales, equipos profesionales y una atención centrada en la persona que permita ofrecer apoyos adaptados a cada situación”, señala la especialista.

Vigilar la fragilidad desde el suelo
Otro de los estudios preventivos sobre cómo conseguir que las personas mantengan la autonomía durante más tiempo viviendo en su hogar con seguridad es el proyecto Desarrollo de entornos inteligentes para la promoción del envejecimiento activo (NexHomes). Impulsado por la Fundación General CSIC y BIOCON, entre otros, también tiene un claro propósito preventivo para detectar las primeras señales de deterioro antes de que aparezcan.
El modo de analizarlo ha sido, cuando menos, curioso: usar la inteligencia artificial y sensores colocados bajo el suelo del salón de la vivienda para identificar los primeros síntomas de fragilidad en el mayor (la fragilidad es uno de los mayores predictores de dependencia, hospitalización y pérdida de autonomía).
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Lola del Castillo es la responsable del equipo del Centro de Automática y Robótica del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que ha diseñado los algoritmos para convertir la información de los sensores en modelos predictivos sobre los estados de fragilidad y prefragilidad. “Un análisis periódico del modo de caminar del inquilino del hogar instrumentado con esos sensores de vibración posibilita saber el estado de fragilidad en el que se encuentra, además de su evolución a lo largo del tiempo; si se detecta algún cambio relevante, el sistema puede generar alertas que motiven una visita médica y una intervención sociosanitaria temprana para revertir o ralentizar el deterioro identificado y así mantener la autonomía de la persona el mayor tiempo posible”, explica.
Con estos sensores de vibración colocados bajo el pavimento se han extraído parámetros “como los pasos dados al caminar, el número de pasos de un recorrido, la velocidad y posibles caídas”. Y todo sin que las personas (con edades entre los 77 y los 81 años) que han colaborado en estas pruebas experimentales desarrolladas en la localidad alicantina de L’Alfàs del Pi hayan notado ninguna intrusión en su intimidad ni hayan tenido que colaborar de ningún modo.
Cuando se instalan cámaras o se les provee de elementos como pulseras o relojes inteligentes, los protagonistas pueden sentirse invadidos en su privacidad. En este caso, los datos de la marcha de los inquilinos se han recopilado de “manera natural, sin que ellos perciban ninguna intrusión”.
El modo en el que nos movemos sirve también para identificar otros patrones de conducta que pueden informar sobre nuestro estado de salud general
Lola del Castillo
Responsable del equipo del Centro de Automática y Robótica del CSIC

Porque, además, “a través de la marcha de una persona es posible no solo conocer el estado de salud relacionado con su movilidad física, sino también desentrañar déficits cognitivos, que se manifiestan al hacer giros al caminar, al aproximarse a determinados objetos, etc. Es decir, el modo en el que nos movemos sirve también para identificar otros patrones de conducta que pueden informar sobre nuestro estado de salud general”, destaca Lola del Castillo.
“Si se detecta alguna alteración, el entorno avisaría al especialista clínico sobre los cambios identificados para que sea ese especialista el que, con la realización de nuevas pruebas, confirme o descarte la advertencia dada por el entorno”, aclara la investigadora. Nuevas vías para promocionar un envejecimiento activo, donde autonomía y tecnología van, más que nunca, de la mano.

Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es periodista especializada en salud. Forma parte de ANIS (Asociación Nacional de Informadores de la Salud)

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