Una vez al mes me reúno con un pequeño grupo de mujeres autistas para hablar de aquello que tenemos en común derivado de ese papelito. Nos une, también, un diagnóstico tardío y una gran cantidad de «¡ajá!» derivados de este. Nos separan muchas cosas y nuestro pensamiento blanco-negro nos hace colocarnos en una posición muy clara sobre cómo actuamos ante cualquier situación que una de nosotras decida poner en voz alta. Algunos temas son más pasajeros, pero siempre surge alguno que habla de decisiones vitales sobre cómo estar en el mundo cuando tu cerebro funciona diferente. Contaba S. esta semana que, en un trabajo anterior, un compañero le había dicho que debía dejar de permitir que el resto del equipo se aprovechara de ella. S. no se había dado cuenta de nada porque creía genuinamente que estaba ayudando a otras personas que lo necesitaban y disfrutaba haciéndolo. No fue hasta que se lo dijeron que empezó a percibir la realidad y tuvo que decidir qué hacer con ella.
Esta situación, aparentemente anecdótica (aunque yo también estuve ahí hace años), nos llevó a un gran tema: ¿cómo gestionas la malicia y la falta de sinceridad de los demás? Esto, aplicado más a las relaciones emocionales, ha sido un gran tema en mi cabeza durante casi una década porque lo tuve que tomar como una decisión consciente. Veréis, en el gran debate de la filosofía, yo me incluyo entre los que creen que el ser humano es malo por naturaleza, es la sociedad, la familia y los seres cercanos los que nos hacen desarrollar la empatía y otra serie de sentimientos bonitos que hacen que, aunque nos movamos por egoísmo, tengamos en cuenta los sentimientos de los demás. Es muy fácil, cuando piensas así, anclarse a la desconfianza y al cinismo, excepto porque, por muy autista que sea, tengo muy clara la diferencia entre la soledad escogida e impuesta y ese pensamiento solo te puede llevar a lo segundo.
La cuestión sobre cómo debe actuar uno ante la maldad ajena, la aceptación de que todos tenemos un punto de malicia que nos mueve, la decisión sobre cuánto confiar y cómo actuar cuando nos han traicionado o nos pueden traicionar, todo esto suele ser intuitivo y rara vez debes «decidirlo» de antemano. Excepto cuando es necesario. Hace cerca de una década salí de una de esas situaciones que te cambian la vida, de las que debes recuperarte con tiempo e, inevitablemente, sabes que no volverás a ser la misma persona. Cuando puedes decidir quién eres, puedes decidir también cómo actúas ante posibles y futuras situaciones de riesgo como la que te ha llevado a ese punto. La primera lección es obvia: eres falible, los demás se pueden aprovechar de ti y salir de ahí es una decisión individual.
De nuevo, lo más fácil aquí es creer que todos pueden hacerte daño, levantar las murallas e ir por la vida desconfiando del ser humano. Otra opción muy habitual es no aprender de la traición y seguir tropezando siempre con la misma piedra, ser tonto de lo bueno que uno es. Lo complicado es tomar la decisión consciente de ir por la vía central: saber que la malicia existe y no hacerse cargo de la ajena. Existe una enseñanza social y familiar de no fiarse demasiado de los demás y tener cuidado con los extraños que es totalmente necesaria y salvavidas, pero voy a algo más cercano.
Mi cerebro, de forma automática, está preparado para la malicia ajena, incluso de mis personas más cercanas. Que los demás pueden engañar, traicionar, abandonar es algo para lo que siempre estoy preparada, sobre todo sabiendo que muchas veces no es intencional. Creo que, por esto, me gusta la gente a la que puedo detectar rápidamente cuál es su punto de malicia y desconfío más de aquellos que se presentan como «buenas personas». Los que lo acaban siendo de verdad, esas rara avis que no conocen la malicia, acaban resultándome algo aburridos e inevitablemente no duran demasiado cerca de mí. Sabiendo todo esto, lo fácil sería vivir detrás de la muralla con la protección bien puesta y sin exponerse. Pero la vida sin exposición es aburrida, predecible y solitaria, muy solitaria.
Cuando salí de aquella situación en la que tuve que decidir quién era, tuve claras algunas cosas (y no todas pueden contarse en público). La más importante es que una debe estar más atenta ante ciertas situaciones y salir de ellas cuando es necesario, pero que la culpa de la maldad nunca debe recaer en la víctima. «Tienes que ser más mala», «tienes que discutir más», «no puedes abrirte tan rápido» son sistemas de pensamiento que no quiero justificar, así que la decisión me vino sencilla, aunque no siempre sea sencillo el implantarlo. Creo que portarse bien, ser «buena persona», es una decisión consciente y quien la toma no es débil, especialmente si estás preparada para que se puedan aprovechar.
La diferencia con las «buenas personas» es cómo actuamos cuando lo malo sucede, y en la certeza de que esto no parte de un punto de ingenuidad. También hay una diferencia clara, cuando algo es una decisión, pasar a la contraria es más sencillo, cuando el sistema interno nos alerta de con qué personas no se puede ser «ingenua» es más fácil levantar la barrera. Decidir actuar como una buena persona y como alguien en quien confiar de entrada me ha traído problemas en los últimos años, no voy a negar la mayor. Solo el hecho de entrar en las relaciones, en las amistades, en los trabajos y en cualquier otra situación social, a pecho descubierto tiene consecuencias, pero he decidido que las prefiero a la posibilidad de no sentir nada por miedo a sentirlo todo.

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