Recuerdo mi primer día de Selectividad, el acceso a la Universidad estaba colapsado y muchos llegamos tarde, algo que detesto profundamente. Al abrir el aula del examen de lengua más de 100 pares de ojos me miraron, creo que no ayudó que llevara un top amarillo ajustado y unos grandes lazos en el pelo del mismo color, la cara roja de correr por unos pasillos de un edificio inhóspito. Intentando ocultar mi timidez, mis colores se veían siempre a mucha distancia y los lazos eran tan habituales que se convirtieron en mi signo personal en Lengua de Signos Española. A medida que fui creciendo, cambiándome de ciudad, entrando en entornos muy diferentes al mío original, empecé a perder el color. Esta no es una historia triste, perder el color significaba que no sentía ya la necesidad de gritar «eh, estoy aquí, hacedme casito». Antes de los colores había tenido la etapa gótica, y por fin empezaba a encontrar el punto medio en los 5 o 6 colores de confort (para disgusto de mi madre que nunca ha perdido sus colores).
Cuando te empiezas a re-conocer en la treintena recuerdas muchos momentos tontos como ese, no por el hecho en sí, sino por cosas accesorias como el color que llevabas. Empiezas a entender que ciertas acciones y costumbres, como la ropa que solías llevar, tienen raíces en la moda (hablamos de los 00s), pero también en cierto proceso interno. Cuando muchas personas empiezan a recorrer el mismo viaje, se dan cuenta de que algunos tropos estaban ahí hablando de ellas todo el tiempo.
Un tropo en literatura y cine es un estereotipo, una reducción a 3 o 4 características simplificadas de caracteres complejos y que, en muchas ocasiones, puede resultar dañino en el mundo real. Resulta más dañino aun cuando empiezas a ver que muchas personas pueden encajarse en ese tropo y lo abrazan sin ver sus implicaciones. Y pienso en uno concreto, claro está. Muchas veces el tropo se autoexplica si das los nombres de varios personajes, aquí voy: Ramona Flowers, Leeloo, Summer, Claire y, una que me interesa especialmente, Clementine:
Too many guys think I’m a concept, or I complete them, or I’m gonna make them alive. But I’m just a fucked-up girl who’s lookin’ for my own peace of mind; don’t assign me yours.
El tropo en el que caen todos estos personajes es fácil de resumir: las Manic Pixie Dream Girls son mujeres jóvenes, guapas, risueñas, que se visten o se tiñen el pelo de colores llamativos, que no son «como las otras chicas» y que se alejan de ciertas convenciones sociales. El problema de las MPDG es que en cine sirven un propósito principal: salvar a un hombre demasiado serio y demasiado triste aportando luz y alegría a su vida, en ocasiones a pesar de su propia felicidad o, directamente, sin ningún otro tipo de trasfondo detrás. A veces, como se puede ver en Clementine, son bastante conscientes de su papel, pero lo llamativo es cuando estos personajes en la vida real se dan cuenta de qué va todo esto en realidad, porque también lo hemos vivido.
Cuenta Fern Brady en su libro Strong Female Character que el primer psiquiatra al que preguntó si podía ser autista le dijo que era imposible, porque ella había tenido novios:
O bien pensaba que todas las personas autistas son monstruos marinos poco atractivos sin interés en entablar relaciones significativas, o bien asumió erróneamente que los hombres con los que salía eran capaces de darse cuenta de mi autismo en lugar de verlo a través del prisma de la «manic pixie dream girl». Una vez, un chico me llamó «gorgeous weirdo*» y supe instintivamente que eso era bueno, que lo de «guapísimo» ayudaría a contrarrestar cualquier posible incomodidad de «bicho raro», aunque solo fuera por un momento. Cuando le conté todo esto a la doctora que finalmente me diagnosticó casi 20 años después, puso los ojos en blanco con desesperación antes de que terminara la frase. «No te imaginas todas las veces que nos dicen esto las mujeres.»
Cualquiera de las palabras que dedica Fern a hablar de cómo percibían los hombres su autismo se ha podido aplicar a muchas de nosotras, especialmente a aquellas que pudimos llegar a la edad adulta sin diagnosticar, a pesar de nuestras rarezas y de entrar en relaciones complejas con personas que sabían que no eras «como las demás» y que, si podían, se iban a aprovechar de ello. «No ser como las demás» puede sonar pretencioso, pero en este caso partimos de un problema, una mujer autista con «bajas necesidades» y un atractivo normativo se encuentra con frecuentes riesgos en el mundo de las relaciones humanas. Ese carácter risueño y conciliador que se puede ver en las películas tiene su base en personas que no son conscientes de sus necesidades, pero sí son muy conscientes de sus partes malas, que ocultan para poder integrarse en sociedad. En muchos casos, ese perfil de «salvadora» del hombre es el de quien se oculta a si misma bajo capas de colores y sonrisas para que todos puedan ver que es una chica fácil de tratar y así conseguir que los demás se queden a su lado, especialmente el protagonista masculino en cuestión. Existen innumerables estudios que hablan del mayor porcentaje de mujeres autistas que han sufrido violencia doméstica frente a las mujeres alistas, creo que podéis ver aquí algunas de las razones.
¿Por qué digo que puede ser dañino el propio tropo en el cine? Pertenecer a un colectivo implica, algunas veces, adoptar una cierta imagen, caer en una uniformidad que nos de esa sensación de pertenencia y, en el momento en que el autismo en mujeres comienza a ser tema de conversación en redes, se empieza a caer de lleno en este tipo de tropos. Cuando compré mi fidget toy busqué activamente el modelo que quería en algún color que no fuera llamativo sin éxito. La posibilidad de querer calmarse a una misma sin llamar la atención no parecía existir. Ya me he acostumbrado, y he acostumbrado a mi entorno, a que aparezca un objeto azul brillante de la nada, pero me sigue disgustando que todo lo que existe en este mundo tenga que tener muchos colores.
A medida que las mujeres autistas en redes se daban cuenta de que el estereotipo de las MPDG hablaba de nosotras, aunque ni los propios directores y guionistas que las habían creado lo supieran, se empezó a ver un fenómeno de asimilación. Muchos perfiles abrazaban todos los colores del arco iris, cosa que, por otra parte, no es dañina en sí misma, pero lo hacían a pesar de quién decidía no cumplir con el estereotipo. Comentarios de «qué pena, que represión, ha perdido sus colores» se suceden más a menudo de lo que creeríais. De repente, por alguna razón, el mecanismo de defensa que muchas tuvimos en años más tristes se convertía en una especie de uniforme del colectivo. Y entonces llegó Barbie.
Mattel lleva décadas intentando ser una empresa más inclusiva, intentando alejarse de la imagen que da la Barbie rubia original y sacando muñecas con diversas complejidades. Hace unas cuantas semanas anunciaron su Barbie autista, que venía con dos de nuestros objetos habituales: el fidget toy y los auriculares contra el ruido. Pero esta Barbie autista venía con algo más que muchas de estas voces de internet no han tenido que utilizar nunca, un comunicador SAAC (sistemas alternativos y/o aumentativos de comunicación) que utilizan los autistas no verbales. Barbie no estaba apelando a las mujeres reconvertidas en MPDG y por eso, tampoco, vistió a su muñeca con muchos colores. Más allá de la larga discusión en redes que hubo sobre la utilidad de sacar una muñeca autista, sobre si esta representa o no al colectivo, sobre si es dañina, etc surgieron una serie de voces que criticaban que la muñeca fuera «normal». Y hubo quien hizo su propia versión:
Lo estáis viendo, ¿no? La imagen fue compartida por miles de personas diciendo que eso SÍ era representación; miles de personas que saben que el no ser «como las demás» nos ha traído más desgracias que alegrías y reivindicando que no hay un único tipo de autismo mientras se niega la imagen de toda aquella que no cumple el tropo creado en una serie de películas en los últimos 20 años. El problema no es el cine, el problema es cómo lo trasladamos a la realidad, sea autismo o sea cualquier otra condición humana. Cuando hablo de los últimos 20 años no es baladí, la moda de principios de siglo, muy colorida por sí misma, permitió esa facilidad de pertenencia, ese traslado a la ficción y su vuelta a la población general. Pensaba, a raíz de todo esto, en cómo se habría representado este tropo en el cine previo a estos años. Tenía que existir, al igual que han existido siempre las mujeres autistas que, sin saber su condición y a pesar de sí mismas, se han adaptado a un mundo alístico siendo ese «bicho raro», pero atractivo.
Existe otra cuestión, relevante para todo esto, que Fern describe también en su libro y que se relaciona con otra de las características que pueden hacer que una mujer autista y guapa pueda atraer a los hombres a pesar de sus complejidades. El sexo y la libertad sexual. El autismo por sí mismo implica entre otras características, la incapacidad de adaptarse a ciertas normas sociales si no se encuentra la lógica detrás de ellas y la sexualidad no se queda atrás:
Aunque solo puedo hablar por mí misma, creo que hay un número significativo de mujeres autistas que tienen relaciones sexuales libremente porque nos importan poco las normas de género o las complejas jerarquías sociales (por ejemplo, la promiscuidad conlleva un alto coste social para una mujer) y porque nos resulta sensorialmente placentero. Esto es algo que no se suele tener en cuenta, ya que a la gente le incomoda pensar en las personas autistas como seres sexuales, además de que la sociedad sigue siendo muy inepta a la hora de tener en cuenta la capacidad femenina de actuar sexualmente.
Y entonces, después de Fern y de Barbie, llegó, también, Toni (interpretada por la actriz Dora Doll). Mi duda de cómo se podía haber representado a estas mujeres en otras épocas comenzaba a coger algo de cuerpo. Hace su aparición en Calle Mayor, de 1956, y que no había visto hasta hace una semana. Frente al personaje de Isabel, «solterona», que solo quiere que un hombre la quiera (y la case), se encuentra el de una prostituta que, más allá de lo que ofrece, se acaba convirtiendo en la que puede salvar al protagonista. Él llega, obtiene lo que necesita, se siente cuidado y ella acaba confesando que lo que necesita es que alguien la cuide a ella. «Las mujeres siempre estamos esperando» dice, pero lo hace desde su liberación sexual1, desde una no conformidad con el mundo de los años 50 y lo hace como un tropo necesario para el desarrollo del hombre. La película me encantó y ella mucho más, pero ha sido interesante ver cómo podía encontrar una relación entre ella y las MPDG de la actualidad.
No tengo muy claro que será de este tipo de personajes a partir de ahora, no han aparecido tanto en los últimos años, no incluso en contraposición a un cine y una realidad que empieza a perder el color (se ve en tecnología, interiorismo…). Esta relación entre personajes y autismos en mujeres es todavía algo nicho, de personas que están (estamos) más online que offline y han surgido otros personajes autistas que no cumplen con el tropo. Me queda la duda de por cuánto tiempo el colectivo que lo ha abrazado se creerá que esa imagen no es dañina con la diversidad de las personas que nos encontramos dentro del espectro autista.
Y si ya me lees y te gustaría que lo hiciera más gente puedes compartir el post con este botoncito tan majo.
Sé que es difícil defender que alguien que se dedica a esto lo haga desde una liberación y que el debate es inútil, pero es como se presenta al personaje en la película.

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