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L´amargeitor · Mar 9, 2026

Aprender a manejar (dinero) sin quemar el clutch

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L´amargeitor · L´amargeitor

Le compré un coche a mis hijos. Uno para los dos. Escogí uno estándar. Habían tenido uno automático los últimos años, que unos generosos amigos nos habían hecho el enorme favor de prestarnos (#ilovlluforeverandever), y aunque los cursos de manejo los hicieron en estándar, evidentemente, la falta de práctica había hecho que ya no supieran ni cómo meter primera.

Yo quería que mis hijos aprendieran a manejar bien velocidades. Siempre me ha parecido que saber manejar cualquier cosa (o vehículo) que tengas que manejar en la vida, es un gran asset. O tal vez era la voz de mi papá enseñándome a manejar a mí bajo ese discurso, que me ha servido muchas veces a lo largo de los años, para manejar y para todo lo demás.

El caso es que elegí un cochecito súper lindo, un Renault KWID nuevecito, con todos los gadgets y comodidades, “pero”… estándar. Yo quería que aprendieran que no todo en la vida es automático, en más de un sentido de la palabra. Y sabía que iba a ser un reto y que mi decisión no iba a ser popular, pero ser la mamá popular nunca ha sido lo mío, y sacarlos de su zona de confort es una de mis principales habilidades, así que fui y, orgullosísimamente, les compré un coche.

Solo para el récord: es súper empoderador y emocionante comprar un coche.

Long story short… fue un caos.

Se les apagó millones de veces.
Se frustraron furibundos.
Me odiaron.
Yo resistí el embate, asumí y repetí sin cesar: sí van a poder

A los quince días, el coche se desclochó.

Un clutch no se muere en quince días —fue lo primero que pensé—. ¡No mames, imagínate las escuelas de manejo y todos los coches en los que todos aprendimos a manejar, que jamás les pasó nada!

20 mil pesos después, lo arreglamos.

Se les apagó menos millones de veces.
Se frustraron tantito menos.
Me odiaron poquito menos fuerte.
Yo, seguí resistiendo, asumiendo y repitiendo: ya están pudiendo.

Y cuando ya prácticamente lo tenían dominado, el pinche clutch ¡se volvió a quemar! A los pinches 15 días de haberlo arreglado.

#nomamesx2

Por supuesto que en ese momento nos quedó claro que el problema no eran los conductores. Era la pésima calidad de las piezas. Hubo que pensar rápido y evaluar las alternativas, y la decisión, fue devolver el pinche cochecito bonito a la agencia y comprar uno de los coches seminuevos que tenía en su catálogo (por supuesto, de otra marca) y que, para gozo de mis hijos, es automático.

El papeleo fue una pesadilla. Y el proceso desde la compra original, un infierno. Al final de tres meses ellos habían tenido coche menos de un mes, y yo, miles de WA con la señorita, el gerente, el gestor y todos los involucrados (insisto, una pesadilla), y el desmadre y fricción que eso originó en la agenda y organización familiar, no les puedo acabar de explicar. Pero se logró.

¿Por qué les cuento todo esto?

Porque la experiencia de invertir, a veces, puede ser exactamente eso.

No todos los movimientos salen bien.
No todas las decisiones son correctas.
No todo riesgo es imprudencia.

Pero no invertir por miedo a “desclocharte” es quedarte en neutral toda la vida, y todos sabemos que un coche en neutral, no tiene manera de avanzar.

El secreto no es evitar pérdidas, es aprender a manejarlas, en las inversiones… y en la vida.

Entercarte con una decisión solo te va a hacer perder tiempo y, muy probablemente, más dinero. En inversiones, eso se llama costo hundido: “Ya metí dinero, ahora lo tengo que recuperar”. No. Si el activo no sirve, se vende.

Aunque duela.
Aunque pierdas.

Y aunque arda.

Y sí, ¡obvio!, perdí. De entrada, porque cuando sacas el coche de la agencia se deprecia 20 % (es pésimo negocio comprar coches, ¿sabían?), pero además porque el coche seminuevo es más caro y eso evidentemente implicó poner más dinero del que tenía yo proyectado. Lo cual solo agregó enojo a mi enojo. Y ardor.

Pero perder dinero no siempre es fracasar. Es aprender a gestionar el riesgo y saber cuándo hay que tomar la pérdida y parar la hemorragia (la hemorragia hubiera sido haberlo vuelto a arreglar y entercarme con el de velocidades).

Recalcular el camino nunca es rendirse.

En finanzas esto se llama ajustar el portafolio.
No cambias la meta. Cambias la estrategia.

Invertir —como criar, como emprender, como querer, como crecer— es tomar decisiones con la información que tienes. Aceptar que puedes equivocarte. Corregir a tiempo. Y seguir avanzando.

Muchas personas no invierten porque tienen miedo a “equivocarse”, a perder, a elegir mal o a no saber… Pero ¿sabes qué? Quedarte en neutral también es una decisión.

Y casi siempre es la más cara.

Aprender a invertir es aprender a manejar riesgo. No a eliminarlo. Por eso herramientas como GBM no son para “hacerse ricos rápido” (aunqueeee, si tienes suerte…). Son para desarrollar criterio. Para tomar decisiones informadas. Para no depender del impulso ni del miedo.

El crecimiento financiero no es automático. Se aprende. Y a veces, sí, se te desclocha el coche. No es jugar a ver qué pasa, es diseñar una estrategia, entender tu tolerancia al riesgo y tener claridad sobre cuándo ajustar.

Yo confié en que la marca Renault era una garantía y podría decir que me debí haber informado mejor, pero la verdad es que en cuestión de coches uno nunca va a preguntar si las piezas vienen de Francia (que era lo que yo pensaba) o de China (que es de donde vienen ahora gran parte de las piezas de la marca). El quita-risas máximo, PTM, ni hablar.

Ahora que lo puedo ver fuera de la crisis, comprendo que el verdadero empoderamiento no fue comprar el coche; fue sostener la decisión mientras fue necesario, reconocer el error cuando no hubo más remedio (y conste que el “error” entre comillas, porque el problema no fue la decisión sino la mierda de producto), absorber la pérdida y volver a decidir.

Los ganones de la historia, evidentemente, fueron mis hijos, que ahora son felices y van tranquilos por la vida con un coche automático. Sí.

Pero también porque, aunque ellos todavía no lo puedan reconocer, aunque hasta el día que yo me muera seguirán diciendo: “¿¡Te acuerdas el día que la salvaje de nuestra mamá compró un coche estándar y nos mandó a la calle sin tener idea de cómo se cambiaba de velocidad y cómo eso nos hizo sufrir?!”, y aunque se quejen para siempre de mi osada y arbitraria decisión; la verdad también es que sí, sí aprendieron a manejar bien un coche de velocidades, a usar el freno de mano (otra habilidad indispensable en la vida literal y poéticamente) y a saber que son capaces de hacer cosas difíciles y confiar un poco más en ellos.

Y para mí, con eso, la inversión y la pérdida valieron la pena.

Siempre hay ganancias secundarias si sabes encontrarlas o, por lo menos, maneras de salir tablas, sin embargo, lo más importante a la hora de cometer un error (o como se dice elegantemente…cagarla) con o sin querer…es poder hacer la paz con lo que pasó, al final, como dicen que decía Winston Churchill: “el éxito no es más que una colección de fracasos”, pero, por favor aprendan de mi error y si tienen la oportunidad de comprar un coche marca Renault… desaprovéchenla.

En el tema de las inversiones, tener un asesor personal de GBM se trata de que te expliquen 200 veces lo que haga falta, que ¡nunca! tengas que manejar sola y que tengas la información necesaria para tomar las mejores decisiones o cambiar la ruta siempre que lo necesites.El asesor es algo así como… un Waze personalizado para ti y, honestamente… ¿¡quién puede vivir sin Waze?!

Te propongo que tengas una llamada con uno. Suena como riesgo, pero te garantizo que es una gran inversión. Si dejas aquí tu información, un asesor de GBM se comunicará contigo a la brevedad.

Tu asesor aquí

HAMNET
De Maggie O’Farrell

Este libro lo leí hace como un año y me pareció una historia conmovedora acerca de las pérdidas y cómo cada quién las procesa, se atora, crea, destruye, o avanza frente a ellas. La adaptación al cine, ahora en cartelera y con 8 nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz Principal (que, francamente, se merece Jessie Buckley porque ¡guau!), es una belleza también que les recomiendo no perderse y que tiene un final diferente al del libro, en cuanto al enfoque, que hace de esa última escena una de las más emotivas ever cinematográficamente, así que agarren sus kleenex. Y léanlo, porque es una cosa muy bonita (las películas aunque lo hagan bien, nunca hacen justicia a los buenos libros y dejan mucha carnita fuera) y, además, es la historia de Shakespeare y de cómo se inspiró, a partir de la pérdida de un hijo, en la creación de Hamlet.

Permítanme contradecirme tantito para decir que, con todo y lo que amamos a Waze y Google Maps, está cabrón que ya no sabemos vivir sin ellos y nos hemos apagado el cerebro en eso de aprender a orientarnos o sabernos el camino. Los invito, a perderse en su ciudad un ratito: ir a una zona padre a caminar y, en lugar de usar una app, usar los ojos, la referencia de la heladería, el parque, el café o lo que sea que te vayas encontrando y recalcuar el camino siempre que les de la gana.

Resulta que cuando vas por la vida sin mapa y con los ojos abiertos, no solo conoces realmente los lugares, sino que descubres cosas, rinconcitos, joyitas que no estaban en el itinerario de la app y que pueden ser verdaderas joyas.

Así que este mes, ve a caminar sin rumbo, a pasear sin agenda, a tomar el riesgo de no tener plan e ir decidiendo sobre la marcha qué tienes ganas de hacer.

¡Nos leemos en Abril!

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