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El Substack de La Chispa Interior · Mar 16, 2026

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La chispa interior · El Substack de La Chispa Interior

El tren avanzaba hacia mi hogar (aunque, curiosamente, venía de un lugar, de alguien, con quien también me sentía en mi hogar).

Estos días han sido así. Días en los que algo dentro de mí se ha recolocado un poco. He estado más presente de lo habitual, más atenta a las pequeñas cosas. A cada detalle. A cada aroma. A cada rayo de sol que se colaba por una ventana o se quedaba atrapado en una esquina de la calle. A cada forma de vida, incluso aquellas que debes mirar de cerca para poder apreciar.

No es algo nuevo en mí. Siempre he sido así. Siempre he tenido esa tendencia a detenerme en cosas que otros parecen pasar por alto. Un olor en el aire, un gesto pequeño entre dos personas, un cambio en la luz al caer la tarde…

Pero estos días esa sensación ha estado especialmente viva, como si hubiera vuelto a conectar con algo muy esencial, una parte de mí que, al desarraigarme, estaba algo dormida.

Quizá por eso, en este tren lleno de gente que vuelve de sus propios lugares, de sus propios días, mi mirada ha terminado posándose en una escena que probablemente muchos otros ni siquiera han notado.

Un par de asientos a mi derecha había una niña. Tenía tres años (lo sé porque se lo dijo orgullosa a una mujer que le preguntó). Llevaba una bolsa transparente llena de lápices de colores y un block de dibujo. Está inclinada sobre el papel con esa concentración absoluta que tienen los niños cuando algo les importa de verdad.

Estaba dibujando, sentada entre los brazos de su madre. La madre la abrazaba por detrás, rodeándola con suavidad mientras miraba el papel. No corrige. No dirige. No interrumpe.

Solo está ahí.

Acompañando.

La niña cambiaba de color, volvía a mirar el dibujo, y volvía a garabatear.

Al ver esta escena no pude evitar que el corazón se me llenara de ternura.

Qué imagen tan bonita.

Y entonces se me pasó por la cabeza un pensamiento que deseaba que llegara a ella.

Sigue dibujando, niña.

Sigue dibujando cuando llegues a casa.

Sigue dibujando cuando crezcas un poco más.

Sigue dibujando cuando alguien te diga que eso no sirve para nada.

Porque los niños dibujan como si fuera lo más natural del mundo. Como correr. Como inventar historias. Como llenar de vida una hoja en blanco.

No se preguntan si son buenos.

No se preguntan si eso tendrá alguna utilidad.

Simplemente dibujan.

Luego, en algún punto del camino, algo cambia. Yo lo sé.

Alguien empieza a medir. A comparar. A corregir demasiado pronto. Y poco a poco muchos dejan de hacerlo.

Dejan de dibujar.

Dejan de cantar.

Dejan de escribir.

Por eso no puedo dejar de mirar esa escena.

La niña dibujando.

La madre abrazándola mientras lo hace.

Sin prisas. Sin convertir ese momento en una lección.

Solo acompañando.

Y pienso que quizá eso sea lo que más necesitamos cuando estamos creando algo: que nadie nos apague demasiado pronto.

Así que, desde este asiento del tren, mientras el paisaje sigue pasando y la niña sigue moviendo sus lápices de colores sobre el papel, hay un pensamiento que vuelve una y otra vez a mi cabeza:

Sigue dibujando, niña.

Nunca lo dejes.

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Read the original on lachispainterior.substack.com

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