La mujer frotaba sus manos ante el calor de la solitaria hoguera, la única fuente de luz que encendía desde dentro las paredes de alabastro, filtrando el fuego en venas de oro líquido y transformando la fría piedra en una lámpara translúcida. Casi podía escuchar a las paredes devolviéndole el sonido de su agitada respiración. El frío la había acompañado durante tanto tiempo que parecía estar anclado a su piel.
Arrodillada en las baldosas, llenas de vegetación, mostró al fuego la palma de sus manos, y unas pequeñas motas blancas se deslizaron por sus mangas hasta el suelo. Poco a poco, comenzó a sentir cómo sus manos retenían el calor y ganaban elasticidad.
Las yemas de sus pulgares acariciaban las de los demás dedos, recordando una vieja sensación. Oh, aquella sensación… Aquellas merecidas noches ante la chimenea, cuyas llamas consumían la madera que había estado almacenando durante el otoño. Noches donde el lomo de Eda y el crepitar del fuego se habían convertido en su nana favorita.
«Qué tiempos aquellos», recordó.
—¿Verdad, Eda? —Giró su rostro hacia su izquierda, pero no recibió respuesta; solo el eco de su voz, que ahora parecía una cruel burla del universo.
«Eda…»
Dirigió la mirada a sus manos.
Había pasado demasiados días huyendo de su destino. «Huyendo…». La imagen de la nieve manchada de rojo invadió sus pensamientos sin previo aviso. Sus pulsaciones se aceleraron, y sus manos comenzaron a temblar. Entonces, la garganta se comprimió, impidiendo casi por completo el paso del oxígeno. Sus ojos se empañaron, y sobre sus manos, que ahora descansaban sobre sus piernas, comenzaron a llover lágrimas, calientes.
«Calientes…» Eda todavía estaba caliente cuando la encontró.
—¡Eda! —La última sílaba se prolongó en un desgarrado llanto que arañó las paredes, multiplicándose en un eco sordo bajo la altura de la bóveda.
Su cuerpo terminó por ceder bajo el peso de la culpa. Se desplomó, hundiendo su mejilla contra el suelo caldeado, buscando desesperadamente un ancla en esa calidez.
El lamento brotaba desde lo más profundo de su pecho, un vacío desolador que la dejaba sin aire y la consumía por dentro, hasta que la desesperación terminó por arrebatarle las últimas fuerzas.
Susana Mora Ramos nos dio tres letras como idea para construir una historia: alabastro, vela y ciervo. No las he usado todas de manera literal, pero me inspiraron a escribir esta historia. Gracias por iniciar siempre este juego.
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