Las versiones de Superman que no tienen consecuencias empresariales, me generan una resistencia casi automática. Supreme, Irredeemable y hasta la genial Invincible.
Hay demasiado camino recorrido con Superman y el problema de fondo es siempre el mismo: es fácil. Animate a hacer con Spider-Man o con Batman lo que hacés con un personaje que inventaste ayer, cuando el juguete es tuyo y podés romperlo sin consecuencias. Con las IP de Warner o de Sony no se puede. Con estas creaciones inspiradas en los originales, vale todo.
Entonces, ¿por qué me llamaría la atención The Mighty? No me llamaba, hasta que me enteré de quién dibujaba.
Chris Samnee es, probablemente, mi dibujante favorito en actividad del mercado estadounidense. Y acá aparece en uno de sus laburos primigenios, antes del Daredevil que lo puso en el mapa. En los primeros seis números está Peter Snejbjerg, el danés que pasó por Sandman, Starman y B.P.R.D. con la misma solvencia. Dos tipos que me obligan a prestar atención hasta cuando dibujan el marcador del truco. Así que me puse a leer The Mighty.
En los primeros números me encontré un procedimental. Un Gotham Central que tiene un superhéroe en el universo, pero que mira desde el nivelde la calle y centra la historia en el cuartel, el bar después del turno, la familia y los compañeros. El protagonista no es Alpha One , el único superhéroe del mundo, surgido de una prueba atómica en los cincuenta, sino Gabriel Cole, un tipo que lo admira desde que era pibe y que de grande trabaja en la Sección Omega, la unidad policial que le hace de apoyo. Los guionistas Peter Tomasi y Keith Champagne construyen eso con paciencia, con diálogos que suenan a gente real hablando de cosas reales, y te dejan instalarte en esa dinámica durante varios números.
Pero la cosa cambia. No voy a contar hacia dónde porque todas las reseñas que encontré lo spoilean y arruinan el giro del libro. Solo digo que hay un giro que no llega de golpe sino que se vuelve irreversible de a poco, número a número, hasta que ya no podés volver. Tomasi y Champagne se lo ganan porque primero te hacen creer que estabas leyendo otra cosa. Hay oficio en cómo mundanizan al superhéroe, en cómo meten psicología donde otros meten piñas.
Sin embargo Snejbjerg y Samnee hacen algo decisivo con esta historia, le sacan la épica visual al superhéroe. No hay musculatura exagerada, no hay ese realismo cinematográfico que te obliga a quedarte mirando los poderes todo el tiempo. El trazo es limpio, casi austero, con una tendencia al cartoon que no pierde nunca el peso dramático. Eso hace que uno mire desde el llano. Que no cueste meterse en Gabriel Cole, en su mujer, en los secundarios de la Sección Omega, porque la página no te está gritando todo el tiempo que hay un dios entre ellos.
Samnee entra a partir del sexto número y la transición es casi imperceptible. Los dos comparten una sensibilidad narrativa que prioriza la actuación por sobre el espectáculo. Cada gesto facial, cada silencio entre viñetas, cada escena en un living o en una oficina tiene el mismo cuidado que las secuencias de acción. Eso es lo que hace que The Mighty no se sienta como otra deconstrucción más del superhéroe, el dibujo la ancla en lo humano.
Tomasi no crea desde cero, y creo que es consciente de eso. La deuda con Gotham Central es enorme y probablemente deliberada. Pero donde otros guionistas se habrían conformado con la referencia, acá los dibujantes elevan el material. La fluidez narrativa es mérito del dibujo, que sostiene un guión de aceptable a bueno.
The Mighty habla de miedos, de política, de cómo bancás el día a día en pareja y de lo que significa vivir a la sombra de alguien más poderoso que vos. Es una historia que funciona para los que leen superhéroes y para los que no, porque lo que importa de verdad pasa en las escenas sin capa. Es, también, material de una película (que Paramount quiso hacer y nunca concretó). Esa película habría funcionado, creo, justamente por lo que funciona el comic: porque el superhéroe no es el centro.
La edición de Planeta Cómic de 2026 es la más completa disponible en castellano: tapa dura, 336 páginas con los doce números más tres precuelas breves y material extra.
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