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La Batea Podcast · Jun 13, 2026

La Otra Historia del Fútbol

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Mariano Cholakian · La Batea Podcast

Segundo Francia.

En algún bar de París, un grupo de amigos todavía digiere la final. Alguien dice que Argentina lo merecía, y el otro asiente, con esa nobleza amarga que tienen los buenos perdedores. Pero el tercero del grupo no termina de entrar en la conversación. Dice que hace rato que el fútbol le genera más incomodidad que alegría. Mundiales en países que pisotean derechos humanos, sponsors que tapan el sol con la mano, jugadores convertidos en activos financieros. En segundo plano, en la vereda, unos pibes con las camisetas de sus ídolos patean una pelota contra la pared. Están simplemente jugando a la pelota.

La otra historia del fútbol (Garbuix Books, 2025) arranca exactamente con esa escena. El guionista Jean-Christophe Deveney la escribió como puerta de entrada a la adaptación del ensayo homónimo que el periodista e investigador Mickaël Correia publicó en 2018. Un trabajo que rastreaba la dimensión política y popular del deporte desde sus orígenes hasta nuestros días. Para llevarlo al comic, Correia y Deveney sumaron al dibujante italiano Lelio Bonaccorso, y el resultado salió en enero de 2025 por Delcourt en Francia, en coedición con La Découverte. La versión en castellano, traducida por Marta Armengol Royo, llegó ese mismo año de la mano de la editorial catalana.

El fútbol, cuenta el libro, nació popular y fue capturado. Esa es la tesis central de Correia, y no es nueva pero pocas veces se había contado con esta claridad. Desde los juegos medievales hasta la revolución industrial, el camino es el mismo de siempre: algo que la gente hacía por placer se convierte en herramienta. Los dueños de fábrica promovieron el fútbol entre sus obreros con la misma lógica con que hoy las corporaciones patrocinan torneos. Una distracción. La Inglaterra victoriana exportó el deporte al mundo con la misma naturalidad con que exportaba manufacturas, y el mundo lo adoptó, a veces sin darse cuenta de que estaba recibiendo también una forma de ver las cosas. No es casual que Estados Unidos, el único gran país que históricamente le dio la espalda al fútbol, sea precisamente el que más resistió esa forma particular de imperialismo blando (y que después lo reinventó).

Lo que el libro hace bien, y esto es mérito tanto de Correia como de Deveney, es no detenerse en la denuncia.

Porque si el fútbol fue capturado, también fue reconquistado, una y otra vez. Las Munitionnettes inglesas, obreras de fábrica que armaron sus propias ligas durante la Primera Guerra Mundial y llenaron estadios que los hombres habían vaciado al irse al frente. El FC St Pauli de Hamburgo, con su bandera pirata y su política de puertas abiertas a toda minoría. Megan Rapinoe convirtiendo cada conferencia de prensa en un acto político. Maradona metiéndola con la mano y saliendo a decir que fue la mano de Dios. El fútbol, insiste el libro, siempre fue un partido entre ricos y pobres. Y los pobres, de vez en cuando, ganan.

Fontanarrosa lo sabía. En “El Área 18”, su novela de 1982, delirio de espías y mercenarios con pelota, construyó por el absurdo lo mismo que Correia desarrolla en serio: Congodia, un país africano que existe en función de su selección de fútbol, amenazado por una corporación que manda foráneos a doblegarlo. La carcajada rioplatense como vehículo de la misma tesis.

En el cine “Escape a la Victoria” (con Ardiles, con Pelé, y con Stallone haciendo lo que podía) ponía en escena la idea de que un partido de fútbol podía ser, literalmente, un acto de liberación. Que los noventa minutos son un territorio donde las jerarquías se suspenden, donde el resultado no está escrito de antemano, donde el más pobre puede ganarle al más rico y nadie puede comprar eso del todo.

Mientras un nuevo Mundial arranca y la crisis del gobierno explota, el fútbol va a hacer lo que siempre hizo: tapar. Los noticieros van a hablar de goles en lugar de hablar de Adorni, y mucha gente va a agradecer la distracción porque la realidad, a veces, es demasiado dura.

Quizás el muchacho del café parisino no estaba tan equivocado.

Quizás, al final, Eduardo Galeano tenía razón y durante el Mundial hay que dejar de laburar.

Quizás la verdad es que el fútbol es las dos cosas al mismo tiempo, la cadena y la llave, y que Correia, Deveney y Bonaccorso tuvieron la honestidad intelectual de intentar resolver esa contradicción.

Quienes seguro no estaban equivocados eran los pibes de la vereda, con las camisetas de sus ídolos y la pelota rebotando en los adoquines, simplemente jugando.

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Read the original on labateapodcast.substack.com

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