El martes me llegó este mensaje de un cliente. Semana dos con nosotros:
“Oye, esto es raro. Se me pasó la hora de comer y ni cuenta me di. ¿Eso es normal?”
Me reí, porque me acuerdo perfecto de la primera vez que a mí me pasó.
Durante mis 20’s viví peleando con mi hambre. Todo el día. Negociando conmigo mismo: “aguántate hasta la comida”, “ya nada más un poquito”, “poniéndome de mal humor”, “Contando calorías para cubrir lo que mi nutriólogo del deporte me decía”. Era ruido de fondo permanente. La comida era una de las actividades que más tiempo me quitaba.
Y cuando cambia mi estado metabólico de glucosa a grasa fue cuando todo cambio.
No porque me volviera más fuerte. No porque encontrara la fuerza de voluntad que me faltaba.
Se acabó porque el hambre desapareció.
Esta es la parte que casi nadie te dice: el objetivo nunca fue aguantar más hambre. Aguantar hambre es una estrategia de perdedor —tarde o temprano te alcanza—. El objetivo es que el hambre deje de gritar.
Y eso no se logra con disciplina. Se logra cuando tu cuerpo por fin aprende a usar tu propia grasa como combustible. Cuando lo hace, deja de exigirte comida cada tres horas. Comes dos veces, comes bien, y las horas de en medio simplemente… no piensas en eso.
Es libertad. Es dejar de tener una conversación con la comida todo el día para usar esa cabeza en lo que de verdad importa: tu negocio, tu gente, tus decisiones.
Si esta semana quieres probar una sola cosa, que sea esta:
Mañana, arranca el día con una comida de proteína y grasa de verdad. Huevos con aguacate, no el pan con el café. Y nada más observa: ¿a qué hora te da hambre? ¿Te da con la misma urgencia de siempre?
No cambies nada más. Solo observa. Tu cuerpo te va a dar la respuesta.
Nos leemos el lunes.
Roberto Córdova
P.D. Tengo curiosidad genuina: ¿a qué hora te ataca a ti el antojo? ¿En la mañana, en la tarde, o de noche frente a la tele? Respóndeme y cuéntame. Leo todos.
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