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The Journal · Apr 5, 2026

Habitar el espacio del corazón.

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Julia Úbeda · The Journal

Llevo ya algunas semanas hablando sobre este tema. No necesariamente sobre el ‘espacio del corazón’ pero sí sobre ese lugar de silencio interno que existe en cada uno de nosotros. De ese lugar desde el que puedes observar lo que ocurre sin juzgarlo. De ese lugar donde aceptas sin condiciones. Donde te rindes.

Todo lo que ocurre en esta vida, puede convertirse en una invitación, o más bien en una oportunidad, para habitar ese espacio interno de presencia. Especialmente en los momentos difíciles. Pero también en los momentos exuberantes y pomposos.

«Ese lugar no hay que construirlo, siempre está presente.

Lo que requerimos para experimentarlo, es dejar de resistirnos. Abrirse. Soltar.

Tanto el cuerpo físico, mental y emocional.

Puede sonar sencillo.

Para mí no siempre lo es»

Sí, ese lugar está siempre con nosotros, pero vivimos tan atolondrados, que experimentarlo mínimamente, se hace una misión complicada.

Yo comencé a experimentarlo cuando conseguí regular mi sistema nervioso.

Mi práctica de Kundalini y el retiro de Vipassana fueron dos caminos claros hacia ese lugar. Me ayudaron a limpiar mi cuerpo emocional. Me llevaron a percibir con sutileza lo que ocurría dentro.

Me invitaron a sentir.

Con un sistema nervioso regulado, la apertura ocurre de manera natural. Nos conectamos más estrechamente con nuestros sentidos. Y si seguimos ahí, sin escaparnos a la mente o al “hacer, hacer, hacer” podemos ir un pelín más profundo.

Más calma. Más silencio. Más respiración.

Lo hablaba con una amiga hace poco ¿cómo nos puede resultar tan fácil habitar ese espacio cuando no tenemos agendas apretadas? y ¿por qué perdemos esa conexión tan fácilmente cuando nos metemos en los quehaceres del día a día?

Y es que ese es el reto: llevar nuestra vida ‘normal’ y funcional mientras seguimos conectadas a ese espacio. Seguir cumpliendo con nuestros compromisos, obligaciones, responsabilidades, sin necesidad de entrar en bucles de estrés, de preocupación contante, rumiación mental u obsesión.

Eso es lo que practico en mis sesiones de terapia. Lo que aprendo, es a habitar ese espacio. A reconocer con más claridad cuándo estoy ahí. Estas sesiones son una invitación a recorrer el camino que me lleva ahí, donde las historias mentales -mis problemas- se desvanecen.

En mi caso, lo reconozco primero físicamente,

Hay varias fases, pero la más característica es cuando siento la palpitación del corazón extendida y generalizada en todo el cuerpo, desde la parte alta del cráneo hasta la punta del pulgar del pie. Una palpitación que me indica que mi cuerpo va al unísono. Que cada una de las células, vibra en sintonía. Es gustoso pero no excitante, es tranquilo, sutil. Una conexión íntima conmigo.

Desde ahí, se siente expansión, gratitud, amor.

Si te mantienes en ese estado a menudo, empiezas a escuchar distinto, tu intuición se afina. Las sincronías comienzan a aparecer con más facilidad en tu vida.

Es un estado del que no se habla tanto, quizá por desconocido. Un lugar del que esta sociedad prefiere que no hablemos demasiado porque es de soberanía interna. Todo -o casi todo- está diseñado precisamente para que no habitemos ese lugar. Vivimos rodeados de estímulos que fácilmente nos sacan de ahí.

Aunque soy capaz de sentirlo y habitar ese espacio por momentos, me salgo rápido. Es un espacio que aún me da miedo habitar. Lo que me da miedo, es que cuando habito en ese sensación de paz y calma, todo lo demás pasa a un segundo plano y deja de tener importancia. Y una parte de mí, todavía cree que desde ese lugar, no voy a ser capaz de gestionar mi vida. También teme que deje de sostener lo que ahora considero importante.

Y eso me da miedo.

Pero es que ese es precisamente el punto. Esa es precisamente la belleza de habitar en ese lugar. Que desde ahí, es desde donde la vida de verdad se despliega.

Según mi terapeuta y otros maestros/as que he tenido a lo largo de mi vida, ese es el aprendizaje: acostumbrarte a vivir desde ahí. Tu vida comienza a operar a otro nivel. Y claro que sigues gestionando tu agenda, planificas, piensas, ejecutas, actúas, accionas.

Pero también fluyes y confías.

Yo acepto. Acepto que aún hay partes de mí que se aferran a lo conocido. A controlar. A la microgestión. Es miedo pero también costumbre. Por eso me defino como una persona en aprendizaje y evolución.

En práctica.

Con esperanza.

Sabiendo que otra manera de vivir y de estar, siempre fue posible.

Y que está a nuestro alcance.

Con amor,

Julia💛

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