Hay obras que terminan y, sin embargo, una tarda horas en salir de ellas.
No porque continúen delante de los ojos, sino porque siguen ocurriendo dentro de nosotras.
Hace unos días me sucedió. Cuando aparecieron los créditos finales, permanecí varios minutos en silencio. No sentía la necesidad de explicar lo que acababa de ver. Sentía algo más difícil de nombrar: durante unas horas había habitado la vida de otra persona y, al hacerlo, había reconocido un poco más la mía.
Conecté con todo un espectro de emociones que me acercó a la esencia más pura de la experiencia humana. A lo que significa ser humana en un espacio temporal lleno de incógnitas y misterios. A nuestra capacidad de amar, de herir, de equivocarnos, de intentar reparar aquello que parece irreparable. A la necesidad de ser vistos incluso cuando hemos construido nuestra vida alrededor del deseo de escondernos. La película era The Whale.
Mientras la veía, admiré la capacidad creativa de todas las personas involucradas en darle forma, pero pensé especialmente en quienes ponemos intencionalmente nuestra propia piel en aquello que hacemos. En quienes rumiamos una y otra vez en el mar de las ideas y las emociones para traerlas, de manera obsesiva y delicada, hacia formas y expresiones artísticas que otros ojos puedan contemplar. Quizá incluso reconocer mejor que nosotras mismas.
¿Qué ocurre dentro de una persona para que pueda convertir algo invisible en una experiencia compartida?
Hay creaciones que me dejan sin palabras. No porque no tenga nada que decir, sino porque, durante unos instantes, el lenguaje deja de ser suficiente. Son obras en las que abundan las posibilidades de acercarse a esa tela invisible de la realidad de la que estamos hechos. La misma tela que aparece en mis momentos más mundanos cuando estoy lo suficientemente presente para percibirla.
Como ahora. El viento choca contra los edificios cercanos y atraviesa las pequeñas ranuras que encuentra a su paso. Son obstáculos para él, pero se convierten en melodía para mis oídos. Después acaricia mi piel con una timidez digna de la fugacidad de la ráfaga en la que se manifiesta. Dura apenas unos segundos y, sin embargo, deja en mí una súbita sensación de calma y alegría.
El viento desaparece. La sensación permanece.
Pienso que el arte también funciona así. Algo ocurre durante unos segundos frente a nuestros ojos, dentro de nuestros oídos o en la superficie de nuestra piel, y después continúa existiendo en nosotras de una forma inmensurable. Una película termina. Una canción se desvanece. Salimos de una exposición. Cerramos un libro. Pero aquello que vivimos a través de la obra empieza a mezclarse con nuestra propia experiencia.
Me pregunto si ser artista consiste, en parte, en mirar con suficiente atención aquello que diariamente vivimos, pero de lo que pocas veces hablamos. Me pregunto si crear no será detenerse allí donde otros continúan caminando.
¿Será la creación artística una forma tangible de revivir pequeños fragmentos de esa tela invisible en la que se sostiene lo que conocemos como realidad?
No tengo respuestas. Tengo sensaciones. Tengo imágenes. Tengo preguntas que permanecen dentro de mí durante días, meses o años, hasta encontrar la forma en la que necesitan existir.
Y qué fortuna haber elegido conscientemente una profesión que pone la sensibilidad al servicio de aquello que todavía no comprendemos. Una profesión que me permite sentir con toda la intensidad posible lo que ya conozco y aquello que apenas estoy comenzando a conocer.
Toda creación artística propone una visión del mundo. No solo refleja cómo lo percibe su autor, sino también cómo imagina que podríamos habitarlo. Toda obra nace de una manera de mirar, y toda manera de mirar termina proponiendo una forma de vivir.
Tal vez por eso algunas obras se vuelven indispensables. No únicamente por su belleza, su precisión o su capacidad técnica, sino por la manera en que capturan algo profundamente humano. Hay artistas capaces de observar una vida con tanta honestidad que, al entrar en contacto con su obra, sentimos que también han comprendido una parte de la nuestra. Eso fue lo que me ocurrió al ver *The Whale*.
No estaba contemplando solamente la historia de un hombre. Estaba frente a una vida atravesada por la culpa, el dolor, la ternura, el deseo, el amor y la necesidad de reparación. Frente a un cuerpo convertido en espacio, límite, refugio, condena y lenguaje. Frente a alguien que, incluso en medio de todo aquello que parecía haber perdido, conservaba la capacidad de reconocer la belleza en otra persona.
Lo que vuelve indispensable una obra es su capacidad para capturar lo humano. Para entrar en aquellos lugares que tratamos de ocultar y devolverlos transformados, no necesariamente en algo más hermoso, pero sí en algo que podamos mirar. La obra nos sostiene la mirada. Nos obliga a permanecer. Y en esa permanencia algo empieza a cambiar.
Quiero cultivar una disposición más abierta hacia todo aquello que expande la vida: hacia mis propias posibilidades y hacia lo que aporta belleza, sentido y bienestar. Quiero estar más disponible para los fenómenos positivos, para lo que todavía puede crecer en mí, para aquello que me acerca a una forma más consciente y profunda de estar viva.
Quizá eso sea lo que distingue a los grandes artistas: descubrir aquello que solo ellos pueden hacer y llevarlo a su expresión más esencial. No necesariamente hacer más. Hacerlo de una manera más pura.
Y pienso que esto no sirve únicamente para la creación artística. También sirve para la vida. ¿Cómo podemos hacer las cosas de una manera más pura?
No hablo de pureza como perfección ni como ausencia de contradicciones. Hablo de acercarnos a la esencia de lo que hacemos. De eliminar aquello que sobra hasta escuchar con mayor claridad lo que realmente está intentando aparecer. De reconocer qué parte de nosotras actúa por miedo, por costumbre o por necesidad de aprobación, y qué parte nace de un lugar verdadero.
Yo trabajo a partir de semillas. Intuiciones que prefiero no comprender por completo al principio. Aunque necesito comprenderlas lo suficiente para reconocer que están tirando de algo dentro de mí. No solamente de mí: también de algo que compartimos todas las personas, aunque todavía no sepa como darle forma.
Una imagen. Una frase. Un sonido. Una materia. Una pregunta. Una sensación que se queda en mí. Empiezo desde ahí.
Intento no entender demasiado pronto aquello que acaba de aparecer, porque una explicación prematura puede cerrar todas las posibilidades que todavía contiene. Una semilla guarda su forma futura en silencio. No necesita explicarla para comenzar a crecer.
Algo semejante ocurre con una obra. Al principio apenas existe una intuición. Una fuerza diminuta que insiste. Yo me acerco, la observo y trato de ofrecerle las condiciones que necesita. Algunas veces crece. Otras permanece bajo tierra durante meses. O desaparece para convertirse, mucho tiempo después, en algo completamente distinto.
Crear también exige confiar en aquello que todavía no vemos.
Pero una obra nunca nace únicamente de la imaginación. También nace de la experiencia.
La experiencia rara vez aparece en las listas tradicionales de las virtudes. Sin embargo, puede ser la condición que hace posibles a todas las demás. Podemos aprender qué significa la paciencia, el valor o la compasión, pero solo la experiencia les da cuerpo. Solo al vivirlas dejan de ser ideas y comienzan a convertirse en conocimiento.
Podemos hablar de paciencia durante toda una vida. Pero solo conocemos la paciencia cuando algo nos obliga a esperar. Podemos admirar el valor. Pero solo empezamos a comprenderlo cuando sentimos miedo y, aun así, damos un paso. Podemos definir la compasión. Pero solo adquiere un cuerpo cuando el dolor de otra persona deja de parecernos ajeno.
La experiencia transforma las palabras en vida.
Cada experiencia modifica la forma en que miramos el mundo y, al mismo tiempo, la forma en que nos comprendemos a nosotras mismas. La sabiduría no nace únicamente de las respuestas, sino de lo vivido. Porque, en el fondo, no existe otra manera de conocernos que atravesando la experiencia.
Atravesar la experiencia significa vivir. Decir que sí más veces. No siempre sin miedo, pero sí a pesar de él.
El conocimiento se vuelve real cuando exploramos todas las variantes que lo anteceden. Cuando sentimos cómo se desliza un lápiz entre los dedos y nuestra mano crea torpemente líneas y símbolos mientras aprendemos a escribir. Cuando entramos en el agua y descubrimos que el movimiento de nuestras extremidades puede generar el impulso necesario para avanzar. Cuando amamos sin saber todavía qué forma tendrá ese amor. Cuando perdemos algo y comprendemos, por primera vez, el espacio que ocupaba dentro de nosotras.
Antes de aprender a escribir, las letras son dibujos incomprensibles. Antes de aprender a nadar, el agua es una fuerza que no sabemos atravesar. Antes de vivir una experiencia, creemos que la conocemos porque podemos imaginarla. Después, el cuerpo sabe algo que la mente no podía predecir.
Con el paso del tiempo nos damos cuenta de que toda experiencia contiene algo iniciático. Cada relación, cada decepción, cada riesgo que asumimos o evitamos nos va moldeando. También lo hacen las conversaciones que no tuvimos, los caminos que no tomamos y las veces en que elegimos permanecer donde, en el fondo, ya sabíamos que no queríamos estar.
Lo vivido permanece en el cuerpo. Modifica la manera en que amamos. La manera en que miramos. La forma en que entramos en una habitación, interpretamos un silencio o sostenemos la mirada de otra persona.
La experiencia nos cambia. Amplía nuestra forma de mirar, modifica nuestras preguntas y transforma la manera en que habitamos el mundo. Las virtudes no son estados que se alcanzan de una vez y para siempre, sino formas de estar que se cultivan viviendo. Por eso la experiencia es la tierra sobre la que crecen todas las demás.
Pienso entonces que una obra tampoco nace únicamente del talento o del dominio de una técnica. Nace de la manera en que alguien ha atravesado la vida. Dos personas pueden observar el mismo paisaje y ver cosas completamente distintas. No porque una de ellas mire mejor, sino porque cada mirada está formada por todo aquello que ha amado, perdido, deseado, temido y aprendido.
Miramos desde lo que somos. Creamos desde lo que hemos vivido.
Por eso ninguna técnica puede sustituir la experiencia. Puede ayudarnos a darle forma, a encontrar precisión, a acercarnos cada vez más a aquello que queremos expresar. Pero la técnica no puede producir por sí sola una mirada. No puede inventar la sensibilidad con la que alguien reconoce una grieta, escucha el viento o percibe una emoción antes de que tenga nombre.
El oficio sostiene la obra. La experiencia la vuelve humana.
Quizá por eso me conmueve tanto pensar en quienes ponen su propia piel en aquello que crean. No porque toda obra tenga que ser autobiográfica, sino porque toda obra verdadera contiene la manera particular en que una persona ha aprendido a estar en el mundo. Su atención. Sus heridas. Su sentido del humor. Sus obsesiones. Su capacidad de asombro. Su manera de acercarse a lo desconocido. Todo está ahí, incluso cuando no se muestra de forma evidente.
La obra lleva dentro una vida. Y, al encontrarnos con ella, esa vida entra en contacto con la nuestra.
Vivir más y ser intencionales con ello es una forma creativa de vivir. La pureza de la experiencia no depende de que sea agradable, extraordinaria o fácil, sino de la profundidad con la que nos permitimos sentirla y de la honestidad con la que nos atrevemos a atravesarla.
No quiero vivir únicamente las experiencias que confirman lo que ya sé. Quiero permanecer abierta a lo que pueda transformarme. A lo que amplíe mis preguntas. A lo que revele partes de mí que todavía no conozco. A lo que me obligue a observar el mundo desde otro lugar.
Vivir de manera intencional no es controlar la experiencia. Es estar presentes cuando ocurre. Es dejar que nos atraviese sin apresurarnos a convertirla en una conclusión. Es reconocer el viento cuando pasa por una ranura, escuchar durante unos segundos la música que produce y permitir que la sensación permanezca en el cuerpo después de que la ráfaga haya desaparecido.
Quiero seguir viviendo más. No en el sentido de acumular acontecimientos, lugares o historias que después pueda contar. Quiero vivir con mayor profundidad. Con más presencia. Con la disposición suficiente para encontrarme con todo aquello que la vida todavía puede mostrarme.
Quiero conocerme mejor, pero también quiero conocer más profundamente a los demás. Quiero acercarme a la complejidad de lo humano. A nuestra capacidad de contener emociones contradictorias. De buscar belleza incluso en medio de aquello que nos resulta difícil mirar. Quiero vivir porque ninguna imagen reemplaza una vida. Porque ninguna obra puede llegar más lejos que la persona que la crea.
Porque mi trabajo no consiste únicamente en hacer obras. También consiste en convertirme, poco a poco, en alguien capaz de reconocer aquello que merece una forma. Vivir con la suficiente atención para que una imagen, una palabra o un sonido puedan nacer de la experiencia y llevar dentro algo más que una intención estética. Algo verdadero. Algo humano.
Quiero hacer de mi vida una obra de arte, no porque aspire a convertirla en algo perfecto o excepcional, sino porque deseo habitarla con la misma atención con la que construyo una obra: observando, eligiendo, aceptando los errores, retirando lo que sobra, escuchando lo que insiste y dejando espacio para aquello que todavía no conozco.
Y quiero crear obras que hablen de nuestra humanidad. De su belleza y de su contradicción. De todo aquello que nos une incluso cuando creemos estar completamente solos. Obras que no respondan el misterio de vivir, sino que nos permitan permanecer un poco más cerca de él.
El sentido de la vida sigue siendo un misterio para mí. Pero ya no estoy segura de que necesite resolverlo. Quiero atravesarlo. Con los ojos abiertos. Con la piel abierta. Con la vida abierta.
Y permitir que aquello que encuentre en el camino me transforme.
-Juliana
Gracias por llegar hasta aquí. Si este ensayo abrió una nueva forma de mirar para ti, quizá también pueda hacerlo en alguien más.
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