El cielo se funde con el mar, el significado del momento con las palabras, y la luz con la superficie donde rebota.
Últimamente he pensado que vivir también consiste en aprender a mirar hacia otro lado cuando las montañas parecen demasiado altas, o cuando todo, incluida tu respiración, se siente suspendido en el horizonte de eventos de un agujero negro. Como si la gravedad de ciertos pensamientos absorbiera toda la luz que una vez hizo posible el movimiento. Y quizá lo más difícil no es salir de ahí, sino darse cuenta de que a veces somos quienes agrandamos ese agujero al alimentar aquello que nos consume.
Pero incluso entonces, algo permanece. Las hojas de los árboles siguen moviéndose lentamente. El aire continúa rozando la piel cuando camino. Las texturas de lo que como despiertan mis papilas gustativas. Y en medio de todo eso descubro algo sencillo, casi vergonzosamente sencillo: sumergirme en cada segundo es lo único que realmente necesito para que la vida siga teniendo sentido.
Esta semana, mientras tomaba el metro, sentí un instante extraño de lucidez. Estaba rodeada de personas ensimismadas, cada una atravesando una experiencia completamente distinta a la mía. Y, sin embargo, por un momento sentí que podía verlas desde otro lugar. No desde superioridad, sino desde una especie de silencio más amplio. Como si hubiera salido por un instante de la línea de tiempo que compartíamos dentro de ese vagón.
Suspiré. Y les miré con la ternura más profunda que pude encontrar en mí. Fue ahí cuando entendí algo: que tocar la parte más sensible de mí misma también me permite tocar, aunque sea apenas, la membrana invisible del universo que compartimos. Y que quizá, cuando alguien se atreve a hacerlo, otras personas también recuerdan que pueden salir, aunque sea por unos segundos, del ritmo caótico que domina el presente.
Sentir todo profundamente es extraño. Es como rozar algo invisible. Como tocar el mundo sin tocarlo del todo. Y en esa sensibilidad reconozco también la grandeza de existir. Porque basta con detenerme, respirar y valorar lo que ocurre dentro y fuera de mí para recordar que mi vida no está separada de las demás vidas cuyo corazón late en este mismo instante.
El ruido que desde hace tiempo se posa sobre mí como una nube gris, dejando lluvias y a veces rayos que me paralizan, estoy aprendiendo a silenciarlo de otra manera. No huyendo, sino acercándome más. Mirando de cerca. Abriendo la mente. Permitiéndome ver aquello que da miedo sin necesitar expulsarlo inmediatamente.
La luz del día aparece. Los relojes avanzan. El tiempo sigue corriendo mientras yo me pregunto qué significa realmente todo esto. Si el tiempo tiene un cauce secreto que se desvía a través de libros que aún no he leído, de fantasías, de pensamientos ajenos, de imaginaciones que presionan silenciosamente la realidad para seguir creando nuevas formas de vida dentro de esta vida.
Vida. Qué palabra tan pequeña para contener algo tan inmenso. Me pregunto cómo una palabra tan breve puede intentar abarcar todo lo que existe, todo lo que sentimos, e incluso todo aquello que todavía no ha sucedido. Y aquí estoy, escribiendo esto en una mañana de lunes, sosteniéndome únicamente de mis ganas de seguir explorando sus misterios. De seguir conectando con todo lo que aparece frente a mi mirada.
No entiendo nada. Y lágrimas corren por mis mejillas porque empiezo a aceptar que tal vez esa necesidad de comprensión absoluta, es justamente lo que me impide escuchar verdaderamente el sonido de los pájaros que revolotean alrededor de mi casa esta mañana.
Esto no es una semilla de sabiduría ni un momento de iluminación. Es simplemente mi vulnerabilidad. La de una mujer que no sabe nada y que lo descubre en cada exhalación, en cada segundo que pasa, en cada pequeña muerte que atraviesa mientras vive.
Porque quizá lo que más me conecta con la vida no es lo que logro retener, sino aquello que aprendo a dejar ir. Eso es lo que hace latir mi corazón. Eso es lo que desarma cualquier lógica que quiera controlar una historia que quizá pueda narrar, pero nunca dominar por completo. Y al final, más que la razón, es la verdad, esa verdad que se siente antes de explicarse, la que hace brillar mis ojos y devuelve calma a mi pecho alterado.
-Juliana
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