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EN BLANCO · May 25, 2026

La marea que es luna

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Juliana Hoyos · EN BLANCO

La marea sube, la marea baja, y vuelve a subir para después volver a bajar.

Aquí, en este presente, me siento arrastrada por ella y, al mismo tiempo, devuelta a este lugar por su movimiento. En este presente donde respiro y las palabras parecen hacerlo conmigo, donde pensamientos, ideas, emociones y anhelos son también lo que me arrastra fuera de él.

Y me pregunto: si un océano puede estar contenido en una gota, y si yo soy aquello que me arrastra pero también la marea misma, ¿podría ser también luna? ¿Podría ser aquello cuya influencia mueve todo sin tener que moverse de su propio sitio?

Cada vez que salgo de algo que me ahoga, vuelvo a preguntarme de qué estoy hecha. Porque cada vez que logro tocar tierra firme y reconocerme otra vez en calma, reconozco más la piel que cubre mi cuerpo y también la forma en que llegué hasta aquí.

¿Cómo lo hice? La pregunta en cuestión. Porque si he sobrevivido a olas creadas por el misterio de la vida y por luces que se atreven a decir que son salvación cuando todavía llevan otro disfraz, y que solo después de un tiempo se muestran como realmente son, entonces también puedo mirar el misterio directamente a los ojos y preguntarle de qué está hecho.

Leí hace poco que la riqueza es la naturaleza de las cosas. Que basta abrirnos y dejarnos tocar por ella. Y la facilidad con la que esa afirmación aparece me hace mirar más fijamente al misterio, recorrerlo de pies a cabeza, mirar su esencia invisible, aparentemente inerte y, aun así, omnipresente.

Porque quizá todo sea tan simple como cerrar los ojos bajo un chorro de agua caliente. Exhalar. Mirar hacia arriba. Sentir cómo los labios se cierran lentamente al mismo tiempo que el calor derrite el hielo que antes contenían.

Describo cómo se siente algo y quizá seré entendida sin revelar por completo la estructura que sostiene mi intención. Es un consejo de escritura, sí. Pero también sirve para la vida, para esos momentos que nos piden honestidad más que explicación.

Juego con las palabras como el misterio de la vida juega conmigo. Lo que el misterio quizá no sabe es que, al atreverme a describirlo una y otra vez, y al reconocer también su benevolencia, yo también termino jugando con él.

Sentido no tiene esto. O tal vez sí. Pero soy yo quien se lo da. Como la luna se lo da a la marea, y después la marea a nuestros pies cubiertos de agua tras minutos, días o meses de permanecer en el mismo sitio.

La vida nos mueve. Pero también movemos a la vida. Y como estamos hechas de vida, eso es justamente lo que terminaremos reconociendo cuando nos abramos verdaderamente a vivirla: su naturaleza, su movimiento y todo lo que intenta darnos, incluso cuando todavía no somos capaces de verlo por completo.

-Juliana

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P.S. La luna ha sido, desde siempre, el espejo más antiguo de la humanidad.
No emite luz propia y, aun así, ilumina noches enteras: quizá por eso el arte y la literatura la han convertido en símbolo de todo lo que existe por reflejo; el deseo, la memoria, la melancolía, lo invisible.

Poetas la han usado para hablar de aquello que no pueden tocar; artistas, para darle un cuerpo a la soledad y al misterio. La luna ordenó mareas, calendarios, rituales y sueños mucho antes de que entendiéramos el universo. Y tal vez por eso sigue apareciendo entre mis palabras y las de ustedes: porque nos recuerda que incluso la oscuridad puede devolver luz.

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