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Juan Villarino - Viajes no convencionales · Jun 11, 2026

Contrastes de Peshawar

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Juan Villarino - Viajes no convencionales · Juan Villarino - Viajes no convencionales

Si Peshawar fuera persona, estaría al borde de la locura.

Decir que esta ciudad de 2500 años de edad es “pakistaní”, palabra acuñada en el siglo XX por musulmanes reacios a ser gobernados por hindúes tras la disolución de la India británica, sería un acto de ingenuidad intelectual.

Esta ciudad hoy tan sinónimo de islam conservador, plantada con sus bazares descascarados en la frontera afgana, puede decir que fue, por igual, centro del budismo y del movimiento talibán.

Fue aquí donde la influencia griega importada por Alejandro Magno sedujo al budismo y se produjeron las primeras estatuas de Buda, y fue aquí donde prosperó el reino greco-bactriano de Gandhara.

Pero hoy, Peshawar, es más famosa por los burkas de sus mujeres que por sus mandalas pasados.

Todos nuestros viajes grupales al norte de Pakistán inician en Peshawar y el shock es instantáneo, el gobierno nos obliga a tener escolta armada para caminar por los bazares y visitar las mezquitas históricas.

Como ya dije antes, Expedición Karakorum transcurre en valles idílicos que la gente jamás asociaría a Pakistán, pero, iniciar en Peshawar nos permite tocar tierra y tener un punto de referencia con el sur de mayoría pashtún.

Los pashtunes no son un grupo étnico cualquiera: son conservadores, ferozmente autonomistas (hasta 2014 la provincia se llamaba Tribal Areas) y se rigen por un código moral y social no escrito llamado pashtunwali que pone a la hospitalidad sobre todas las cosas.

Eso hace la experiencia más rara, porque esos barbudos “estereotípicamente amenazantes” nos frenan a cada paso para tomarse selfies o invitarnos una taza de té.

Todos están orgullosos de que estemos en Pakistán, y quieren que le gritemos al mundo que ellos, en la raíz de todo, son un pueblo amistoso.

Pero, acto seguido, como en un zapping increíble, estamos visitando una fábrica artesanal de armas donde fusiles Kalashnikov y demás son replicados con herramientas manuales en talleres sombríos.

Tradicionalmente, los cargamentos de armas cruzaban el Hindu Kush por pasos ilegales, compradas por los talibanes, del otro lado de la frontera, pero, hoy, tienen una fiel clientela internacional.

Hay incluso adolescentes trabajando en los tornos, pero a nadie se le ocurriría llamarlo trabajo infantil en una sociedad donde la geopolítica internacional ha instalado la guerra durante gran parte del siglo XX.

Era desde Peshawar que los muyahidines recibían armas para combatir a los ateos infieles de la URSS…

Un par de horas más tarde, como si hubiésemos saltado a una distopía, visitamos un centro cultural liderado por intelectuales y artistas pacifistas pashtunes que fomentan una sociedad pacífica y se reúnen a cantar y tocar el laúd.

Son los herederos de esa tradición de tolerancia y cosmopolitismo que hizo brillar a Peshawar en tiempos de la Ruta de la Seda.

Miro las caras de mis compañeros de viaje y parecen la perra Laika tras atravesar la atmósfera.

El barbudo de lentes que diserta sobre amor universal cual John Lennon talibán y nos invita a acompañar con palmas los cánticos se parece demasiado al que, hora y media antes, pulía con cariño el calibre de una AK-47 recién falsificada.

El mismo pueblo, espiado en distintos momentos de conciencia.

Mientras regresamos al cómodo hotel, merecido tras un día tan intenso y polifónico, hay mucho para procesar.

Y es que en el día uno de Expedición Karakorum ya pareciera que visitamos dos planetas distintos.

Queda 1 sóla plaza para la edición 2026, del 5 al 19 de septiembre. Falta poco pero estás a tiempo de vivir una aventura única junto a otros nueve viajeros y viajeras de Hispanoamérica.

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