Día 30 de 31. Llevo treinta días dentro de un experimento que nació de una sola pregunta: ¿qué pasaría si dejo de esperar a sentirme listo y empiezo a vivir desde la versión de mí con la que quiero estar en coherencia? Puedes leer el origen [aquí]. La pregunta que me repito cada día sigue siendo la misma: ¿qué haría hoy si eligiera vivir más cerca de quien soy, y no de quien he aprendido a ser?
Solemos pensar que lo más difícil es acostumbrarse a la ausencia de la otra persona. Aprender a convivir con el silencio, dejar de esperar un mensaje o aceptar que los planes que imaginabas ya no van a ocurrir. Pero con el tiempo he llegado a pensar que, muchas veces, esa no es la pérdida más grande.
Hay relaciones en las que, poco a poco, empiezas a construir una versión de ti que solo existe dentro de ellas. Cambias pequeñas cosas sin darte cuenta. Ajustas tu forma de hablar para evitar discusiones, dejas de hacer planes que antes disfrutabas porque ya no encajan en la dinámica de la pareja, relativizas comportamientos que hace unos años habrías considerado inaceptables y empiezas a ocupar un lugar que nunca decidiste conscientemente ocupar. No ocurre de un día para otro. Precisamente por eso cuesta tanto detectarlo, la transformación siempre es gradual.
Cuando esa relación termina, no solo desaparece la otra persona, también desaparece el contexto donde esa versión de ti tenía sentido. Y ahí aparece una sensación muy extraña que muchas personas confunden con echar de menos. En realidad, lo que sienten es que ya no saben muy bien quiénes son sin esa relación.
Por eso hay rupturas que parecen no terminar nunca. Desde fuera todo el mundo insiste en que pases página, que conozcas a alguien nuevo o que ocupes la cabeza con otras cosas. Sin embargo, por dentro la sensación es diferente. No tienes la impresión de estar intentando recuperar únicamente a una persona, estás intentando recuperar una forma de vivir, una identidad conocida, un lugar en el que, aunque hubieras dejado de ser feliz, al menos sabías quién eras.
Esa es una de las razones por las que tantas personas vuelven una y otra vez a relaciones que ya habían decidido abandonar. Solemos pensar que vuelven porque siguen enamoradas, pero muchas veces lo que ocurre es que el cerebro prefiere una identidad conocida antes que una desconocida. Incluso cuando esa identidad implica sufrir. Lo conocido transmite una sensación de seguridad que el cambio todavía no puede ofrecer.
Durante mucho tiempo interpreté esa resistencia como una falta de fuerza de voluntad. Pensaba que, si alguien sabía que una relación no le hacía bien y aun así volvía, simplemente no estaba siendo suficientemente valiente. Hoy creo que la explicación es bastante más compleja. Nadie abandona únicamente a una persona, también abandona la versión de sí mismo que ha estado alimentando durante meses o durante años. Y despedirse de esa versión puede resultar incluso más difícil que despedirse de quien tenía delante.
Quizá por eso muchas personas hacen un esfuerzo enorme por olvidar a la otra persona sin dedicar apenas tiempo a descubrir quién quieren ser a partir de ahora. Esperan que el dolor desaparezca por sí solo mientras siguen definiéndose desde la misma identidad que construyeron dentro de aquella relación. Es como intentar empezar una vida nueva utilizando un mapa que solo servía para la anterior.
Hay una pregunta que me parece mucho más útil que “¿cómo dejo de echarle de menos?”. Es esta: ¿qué parte de mí sigue creyendo que necesita esa relación para sentirse suficiente? La respuesta rara vez habla del otro. Habla de autoestima, de miedo al abandono, de la necesidad de sentirse elegido, de la dificultad para estar solo o de la costumbre de colocar siempre las necesidades de los demás por delante de las propias. En definitiva, habla de la relación que mantenemos con nosotros mismos.
Y ahí empieza el verdadero duelo.
No cuando consigues pasar un día entero sin mirar su perfil. Ni cuando dejas de esperar un mensaje. Empieza cuando construyes una versión de ti que ya no necesita aquella relación para sostenerse. Cuando descubres que puedes sentirte completo sin perseguir constantemente la validación de alguien más. Cuando empiezas a tomar decisiones que antes parecían imposibles porque ya no nacen del miedo a perder, sino del respeto hacia la persona en la que te estás convirtiendo.
Con el tiempo he entendido que superar una ruptura no consiste únicamente en aprender a vivir sin alguien. Consiste, sobre todo, en aprender a vivir sin dejar de ser tú. Porque hay personas que encuentran una nueva pareja pocos meses después y siguen repitiendo exactamente la misma historia. Esas personas cambiaron de relación sin cambiar la identidad desde la que seguían relacionándose.
Durante mucho tiempo pensé que el objetivo era encontrar a la persona adecuada. Hoy creo que la pregunta más importante es otra: ¿me estoy convirtiendo en la persona capaz de construir la relación que deseo? Porque cuando esa transformación ocurre, muchas decisiones empiezan a cambiar por sí solas. Dejas de perseguir donde antes perseguías. Dejas de justificar lo que antes justificabas. Dejas de conformarte con aquello que antes aceptabas por miedo a quedarte solo. No porque alguien te haya dado una lista de normas, sino porque la persona que eres ya no necesita actuar de la misma manera.
Durante estos últimos días he hablado mucho sobre cómo las decisiones que repetimos terminan moldeando la imagen que tenemos de nosotros mismos. Esa idea también atraviesa nuestras relaciones. La forma en la que amamos no depende solo de quién tenemos delante. Depende, sobre todo, de quién creemos ser cuando estamos delante de esa persona.
Por eso decidí crear Finge hasta ser, para acompañar a personas que sienten que siguen repitiendo la misma historia, aunque cambien los nombres, y quieren dejar de construir sus relaciones desde el miedo, la necesidad o la inseguridad. Porque cuando cambia la identidad desde la que te relacionas, también cambia el tipo de amor que eres capaz de sostener.
Si al leer este artículo has sentido que la ruptura más difícil no ha sido con la otra persona, sino con una versión de ti que ya no quieres seguir siendo, puedes dejarme tus datos en el formulario que encontrarás a continuación. Hablaré personalmente contigo para conocer tu situación y valorar si este proceso puede ayudarte en este momento. Si creo que podemos hacer un buen trabajo juntos, te explicaré cómo serán esos tres meses. Si no, también seré el primero en decírtelo.
Con mucho amor,
Jose.
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