Día 25 de 31. Llevo veinticinco días dentro de un experimento que nació de una sola pregunta: ¿qué pasaría si dejo de esperar a sentirme listo y empiezo a vivir desde la versión de mí con la que quiero estar en coherencia? Puedes leer el origen [aquí]. La pregunta que me repito cada día sigue siendo la misma: ¿qué haría hoy si eligiera vivir más cerca de quien soy, y no de quien he aprendido a ser?
Hace unos días me di cuenta de que cuando repites una acción durante suficientes días al principio crees que estás haciendo algo, pero llega un momento en el que empiezas a sentir que ese algo también te está haciendo a ti.
Cuando empecé este experimento lo plantee como una práctica de identidad: treinta y un días actuando como la persona que quería ser. Treinta y un días leyendo, informándome, escribiendo sobre temas que me gustan y documentando todo este proceso. No quería plantearlo solo como un reto de escritura, porque escribir todos los días podía quedarse en algo superficial: publicar, cumplir, mantener una rutina, llegar al final del mes. Lo que me interesaba de verdad era observar qué ocurría por dentro cuando una acción repetida empezaba a dejar de ser una intención y se convertía en una evidencia.
Ahora, después de veinticinco días, siento que lo más importante ha sido demostrarme que puedo hacerlo. El mantener esta constancia y el cumplir con mi palabra afecta a la imagen de mi mismo, a mi confianza y a mi autoestima. Las dudas que podía tener a principio de mes ya no están porque he ido tomando decisiones coherentes, que a su vez, han generado unas evidencias que me han ido acercando y facilitando este objetivo que me había propuesto.
Durante los primeros días cada artículo todavía tenía algo de decisión consciente. Tenía que sentarme, sostener el compromiso, ordenar la idea, ejecutar el texto y todavía tenía esa sensación de estar haciendo un esfuerzo añadido. Pero con el paso de los días comencé a notar que lo que antes tenía que empujar ahora era mucho más sencillo.
Con esto no quiero decir que todos los días han sido fáciles porque hay días que me ha dado mucha pereza ponerme. Pero el acto de sentarme a escribir cada mañana ha dejado de sentirse como una decisión nueva cada mañana. Se ha vuelto algo mucho más natural e incorporado en mi rutina. Y para ello fue clave hacer el ejercicio del yo ideal, entender cómo actuaría y pensaría la persona capaz de sostener este experimento.
Cómo hemos hablado estos últimos días, todo esto me ha hecho reflexionar mucho sobre el autoconcepto. Porque por mucho que digas “yo soy una persona constante” el cerebro necesita comprobarlo. Necesita días, fricción, necesita que sigas actuando cuando la motivación baja, cuando eliges tomar la decisión coherente que te acerca a ese objetivo. Y de pronto, cuando empiezas a acumular suficientes días ya no te planteas si es algo que tienes que hacer o no, simplemente lo ejecutas.
Cada artículo me ha obligado a tomar una decisión coherente con lo que decía querer construir. Si hablaba de evidencias, tenía que generar la mía. Cuando he hablado de coherencia, he tenido que observar si mi forma de trabajar estaba alineada con lo que estaba escribiendo. Cuando he hablado del yo ideal, he tenido que preguntarme si ese yo ideal estaba apareciendo de alguna manera concreta en mi rutina o si solo estaba apareciendo en mis textos.
¿Esto que estoy escribiendo está ocurriendo también en mi vida?
Durante estos días esa pregunta también me ha guiado, porque para hablar de todo esto yo mismo he querido ir experimentándolo y me ha permitido escribir desde un lugar más cómodo. Hablar no solo de lo que me gusta, leo o estudio, sino también de lo que vivo. Porque podemos hablar y tener claro los conceptos, pero no encarnarlos, y para mí eso es fundamental. Creo que no hay nada más poderoso que predicar con el ejemplo.
Está claro que la confianza que siento hoy no viene de haberme repetido que podía hacerlo, sino de haberlo hecho suficientes veces como para que mi mente tenga menos argumentos en contra. Y esto conecta con lo que hablábamos estos días de las evidencias y de cómo el cumplirme me genera confianza, eso actualiza mi autoconcepto y eso hace que siga tomando decisiones coherentes, cada vez más alineadas con ese yo ideal al que me quiero acercar.
Antes de empezar, podía imaginar este mes como una prueba de disciplina, ahora lo veo más como una prueba de identidad. Porque no se trata solo de escribir treinta y un días. Se trata de quién tienes que empezar a ser para sostener algo así. Qué decisiones tienes que tomar. Qué excusas tienes que dejar de alimentar. Qué tipo de relación empiezas a construir contigo cuando dejas de prometer y empiezas a cumplir.
También he entendido algo que me parece clave: cuanto más coherente eres con una dirección, menos energía pierdes explicándote a ti mismo cada paso. Me parece fundamental creer. Creer en ti, creer en lo que haces. Al principio hay mucha conversación interna, pero cuando repites una acción el tiempo suficiente, esa negociación empieza a perder fuerza. La mente deja de preguntar tanto porque el cuerpo ya conoce el camino. Sin duda ese es uno de los puntos más importantes, cuando lo que piensas, dices y haces empiezan a converger sin tanta fricción.
Aún así, la resistencia sigue apareciendo, pero ya no manda. Los días espesos y difíciles están ahí,, pero ya tienes el hábito lo suficientemente consolidado como para no dudar de lo que tienes que hacer. Además, ya no lo haces por obligación, ahora lo hacer por amor. Amor a ti, amor por lo que haces, amor por esa versión con la que empiezas a estar en coherencia.
Creo que este ha sido uno de los aprendizajes más importantes de estos veinticinco días: el cambio real se vuelve más sencillo cuando el autoconcepto empieza a actualizarse. Si una parte de ti sigue convencida de que eres inconstante, cada hábito se siente como una amenaza a esa identidad antigua. Cada día tienes que convencerte otra vez. Cada fallo parece confirmar lo de siempre. Pero cuando empiezas a acumular pruebas distintas, el esfuerzo cambia. Ya no estás intentando convertirte en alguien desde cero. Estás continuando algo que ya has empezado a demostrar.
Durante este mes he visto cómo se conectaban muchas de las ideas que hemos ido trabajando. La autoestima aparecía cuando hablábamos de tratarnos de una forma que no dependiera tanto de la validación externa. El autoconcepto aparecía cuando entendíamos que la imagen que tenemos de nosotros organiza nuestras decisiones mucho más de lo que creemos. Las evidencias aparecían como esas pruebas pequeñas que empiezan a contradecir una historia antigua. El yo ideal nos ayudaba a definir hacia dónde queremos dirigir esas pruebas. Y la coherencia, de alguna manera, lo reunía todo: elegir cada día algo que reduzca la distancia entre lo que dices que quieres y lo que estás practicando.
Al mirar hacia atrás, siento que estos artículos no han sido piezas separadas, han ido formando una estructura. Al principio yo mismo la estaba descubriendo mientras escribía, pero ahora empieza a verse con más claridad. Hay un hilo que atraviesa todo el mes: una persona cambia cuando empieza a verse de otra manera, pero para verse de otra manera necesita actuar de una forma que le dé nuevas evidencias. Y para actuar de otra forma necesita una dirección clara, decisiones coherentes y un entorno interno que deje de empujar siempre hacia la identidad antigua.
Esto me ha hecho replantearme muchas cosas.
Porque si este experimento, llevado a mi propia experiencia, ha producido un cambio tan concreto en mi forma de verme, tiene sentido pensar que este mismo proceso puede aplicarse a otras áreas y a otras personas, como un método real de trabajo.
Lo que nació como un experimento personal se ha ido convirtiendo en una especie de mapa. Muchas personas no necesitan más información, sino una forma clara de ordenar lo que les pasa, definir quién quieren ser y empezar a construir evidencias suficientes para dejar de sentirse atrapadas en la misma versión de siempre.
Hay algo muy potente en eso. En descubrir que el cambio puede dejar de ser una idea abstracta y convertirse en una práctica entrenable. En ver que una identidad no se transforma únicamente a base de reflexión, ni solo a base de acción sin dirección, sino cuando ambas cosas empiezan a encontrarse. Pensarte mejor, actuar distinto, acumular pruebas, ajustar la imagen que tienes de ti y volver a elegir desde ahí. Una y otra vez. Hasta que lo nuevo deja de sentirse tan extraño.
Siento que este experimento me ha cambiado precisamente porque me ha obligado a recorrer ese camino. He descubierto una dirección, me he alineado con ella a través de decisiones concretas y ahora empiezo a notar que algo de esa identidad se está encarnando.
Mañana quiero compartir esa estructura con más calma: descubrir, alinearse, encarnar. Tres fases que resumen muy bien lo que este mes me ha ido enseñando sobre el cambio profundo. Primero mirar con honestidad quién estás siendo y qué historia está organizando tu vida. Después alinear tus decisiones con una versión más clara de ti. Y, finalmente, sostener suficientes evidencias como para que esa identidad deje de sentirse como un esfuerzo y empiece a convertirse en una forma más natural de estar en el mundo.
Dentro de dos días, el día 27, compartiré algo importante que nace precisamente de este recorrido. Algo que ha ido preparándose mientras escribía, mientras observaba el proceso y mientras comprobaba en mí mismo que estas ideas pueden dejar de ser teoría cuando se llevan a la vida con suficiente intención.
Quizá eso es lo que más me llevo de estos veinticinco días: el cambio real empieza a volverse posible cuando deja de ser una promesa que te haces y empieza a convertirse en una evidencia que puedes mirar.
Con mucho amor,
Jose.
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