Hay tierras que no se explican, se agradecen. El Chocó es una de esas tierras para mí. La última semana hemos hablado aquí de lo que ese territorio ha sufrido; hoy quiero volver a él por otra razón: para recordar, una vez más, todo lo que me dio. Esta es esa historia.
Promediaba el decenio de los setenta cuando llegué, recién salido de las aulas, como médico rural, a la región selvática del Tapón del Darién. Llevaba conmigo un título, un estetoscopio y la certeza —tan sólida como equivocada— de que la ciencia había recorrido ya el camino entero del saber. La selva del Chocó, con su río desbordado de estrellas y su lluvia inclemente, tenía otros planes. Iba a convertirse en mi verdadera universidad, y el primer examen sería aprender a desnudar el orgullo.
En el puesto de salud —una choza con una camilla oxidada— dos practicantes empíricas atendían los partos entre inundaciones y serpientes. No era, para un médico de facultad como yo, un comienzo halagador. Pero allí, en ese aparente desamparo, comenzó a gestarse en mí algo que ninguna universidad hubiera podido enseñar: el arte de escuchar, no solo de oír.
Alfonso Díaz Granados —a pesar de su nombre de noble español— fue durante años el curandero de los indígenas cunas de Arquía. Nadie sabía si tenía cincuenta u ochenta años; en su rostro habitaba el silencio reverente de quien ha dejado de necesitar explicarse. Para don Alfonso todo tenía vida: un árbol, una piedra, el río. Cada cosa era una palabra en el idioma antiguo de la naturaleza, y él sabía leerlo con una paciencia que la ciencia occidental jamás me había enseñado a mí, su joven visitante.
Con él aprendí que el que sirve olvida el trabajo realizado y renuncia a la recompensa. Que un ritual es apenas un ritmo, una danza en la que la propia identidad se disuelve hasta sentir que algo más grande baila dentro de uno. Que la muerte, en Arquía, no llevaba funerales sino despedidas cordiales, la certeza tranquila de un reencuentro. Fue la primera grieta —tal vez la más honda— en la solidez de mi pensamiento, formado a puro libro de texto.
La lección definitiva llegó una madrugada. Una mujer extenuada por un parto detenido llegó a casa de don Alfonso; el corazón del feto latía peligrosamente lento. Yo, con la urgencia aprendida en la facultad, propuse una cesárea improvisada, la única salida que mi formación me permitía imaginar. Don Alfonso me miró con esa mirada transparente y me dijo, sin alzar la voz: «El problema es que al niño le falta peso».
Algo se rebeló por dentro. Yo pensaba exactamente lo contrario —que sobraba tamaño, no que faltara peso—, pero me guardé el argumento. Después comprendería que había oído a don Alfonso, sin escucharlo. El viejo cuna tomó unas piedras redondas del río, las sumergió en agua, las agitó con la misma devoción con que preparaba cada remedio, y dio de beber ese líquido a la madre en pequeñas dosis. Le transfirió, decía él, el peso, la fuerza de la gravedad. El niño nació una hora después, lloró, pataleó, vivió.
Se derritió entonces toda la capa de hielo que pesaba sobre mi corazón de médico joven. Lágrimas silenciosas de alegría, la primera desnudez verdadera: la que hace humilde y grande a la vez, la que cae cuando por fin se sabe que uno es lo que es, y nada más.
Hubo también una noche de tempestad, a lomo de mula, cargando vacunas contra la tos ferina para los hijos de los colonos. El camino se perdió entre la maraña y el aguacero; los truenos resonaban de montaña en montaña. En la oscuridad más cerrada, con Margarita —esposa, amiga, enfermera, todo a la vez— pidiéndome guardar silencio porque «nos oyen», sentí por primera vez que la selva entera tenía ojos: en los árboles, en la lluvia, en el relámpago. El miedo se transformó, sin aviso, en un extraño acompañamiento.
Cuando por fin, ya de noche cerrada, apareció una choza olvidada junto al río, la escena que nos recibió fue devastadora: un colono muerto por la malaria, su pequeño hijo sin vida junto a la madre agonizante. Pero había todavía un hilo de sangre tibia. No era ya un hilo: era un río de vida. Con las manos desnudas, con las uñas, con el alma entera, extraje la placenta retenida que la envenenaba, y logré sacarla del estado de choque. Ella vivió. Sobrevivió. Y con ella sobrevivió también, en mí, la certeza de que la vida tiene siempre una dirección y un propósito.
En esa misma jornada me esperaba otra prueba: Adán, un arriero de veinticinco años, agonizaba de fiebre tifoidea junto a sus dos hijos enfermos de bronconeumonía. La pequeña choza de caña se convirtió en sala de urgencias improvisada. Sueros, terapia neural, oración en silencio. Y entonces, en medio de la fiebre que debía estar apagándolo, Adán comenzó a moverse como en una danza, los ojos fijos en un resplandor invisible para los demás, hasta que gritó, jubiloso: «Ahí está, sí… es Él… Está con nosotros».
Toda la noche su conciencia habitó un lugar desconocido, mientras su cuerpo era apenas el escenario de un encuentro que la medicina no tiene cómo nombrar. Al amanecer, Adán despertó preguntando por sus hijos, con la seguridad tranquila de quien regresa de un viaje. Nunca volvió a ser el mismo hombre. Yo tampoco.
De esas noches sin luna, tachonadas de estrellas; de esa Vía Láctea desbordada sobre la selva; de las piedras que dan peso, del hilo de sangre que es río de vida, de la voz de Adán diciendo «Es Él»; de las lecciones de un indio descalzo que nunca discutió sus razones porque no las necesitaba —de todo eso, empapado en lágrimas que ningún manual de medicina me enseñó a derramar, nació lo que hoy se conoce como Sintergética.
No fue una teoría concebida en un escritorio. Fue un parto, tan real como el de aquella madre junto al río: el nacimiento de la convicción de que la medicina es una sola, la que sirve a la persona, venga de la academia o del folclor, de la ciencia o de la intuición. El indio Alfonso partió ya hacia otras riberas de la vida. Pero cada pescador, cada sembrador, cada aserrador, cada minero de aquella selva sigue siendo, medio siglo después, uno de los maestros que me enseñaron —con la vida entera— lo que ningún título puede otorgar.
Por Jorge Carvajal Posada
Estas historias hacen parte del libro Un Arte de Curar
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.