«Hay una pregunta que llevo décadas sin poder dejar de hacerme, y no en el sentido filosófico sino en el más doméstico: ¿dónde termina mi mente? Cuando pienso en alguien que está lejos y ese alguien llama en ese instante, ¿qué ocurrió exactamente? No tengo respuesta. Tengo, eso sí, cuarenta años de no haber conseguido dejar de preguntármelo.»
— Jorge a CaSi
Piense en un ciego con su bastón. ¿Dónde termina su tacto: en la mano que sujeta el mango, o en la punta que golpea el bordillo? Casi todos respondemos lo primero, porque nos parece obvio que el cuerpo acaba en la piel y que el bastón es apenas un objeto. Pero pregúntele a él. Le dirá que siente el bordillo, no el mango. Y lo dirá sin ninguna intención poética, con la misma naturalidad con que usted diría que siente el suelo bajo el pie.
En 1996, en un laboratorio japonés, Atsushi Iriki y sus colaboradores midieron exactamente eso. Entrenaron macacos para alcanzar comida con un rastrillo y registraron, con electrodos, unas neuronas del lóbulo parietal que responden a la vez al tacto de la mano y a lo que se ve cerca de la mano. Después de unos minutos de usar la herramienta, el campo visual de esas neuronas se había estirado a lo largo del rastrillo. No cuando el animal simplemente lo sostenía: cuando lo usaba. El cerebro, medido célula a célula, había aceptado que el rastrillo era cuerpo.
Es un hallazgo pequeño en el laboratorio y enorme fuera de él. Porque si el borde del cuerpo se mueve, la pregunta de dónde termina la mente deja de ser una pregunta de sobremesa.
La neurociencia trabaja sobre una idea tan asentada que rara vez se formula en voz alta: la mente es lo que el cerebro hace. Ha sido una idea extraordinariamente fértil —le debemos la neuroimagen, la psicofarmacología, las interfaces que devuelven movimiento a quien lo perdió— y sería una torpeza despreciarla. Pero conviene recordar que es un supuesto de trabajo, no un teorema. Que un estado mental correlacione con un patrón de actividad cortical dice que ambos van juntos; no dice cuál produce a cuál, ni si la palabra “producir” es siquiera la adecuada.
Quienes ven en el cerebro un transmisor y no una fuente suelen recurrir a la imagen del televisor: si lo golpeas, la imagen se distorsiona, y sin embargo nadie cree que el aparato fabrique el programa.
Hay una manera más humilde de abrir la pregunta. No preguntarnos si la mente está dentro o fuera del cráneo, sino mirar sin prejuicio dónde ocurre de hecho el pensar.
En 1998, dos filósofos —Andy Clark y David Chalmers— propusieron un experimento mental que sigue incomodando. Imaginemos a Otto, un hombre con la memoria dañada, que lleva siempre una libreta donde apunta lo que necesita recordar. Cuando quiere ir al museo, consulta la libreta; cuando su vecina quiere ir al museo, consulta su memoria. Si la función es la misma, si la fiabilidad es la misma y el acceso es igual de inmediato, ¿con qué criterio decidimos que la memoria de ella es mente y la libreta de él es un objeto?
Es un argumento de filósofos, no un experimento, y no pretende serlo. Lo que hace es señalar algo que llevamos haciendo toda la vida sin verlo. Descargamos el pensamiento fuera. En la agenda, en el nudo del pañuelo, en la lista de la compra, en el teléfono que hoy sostiene los cumpleaños y los números que nuestros abuelos guardaban de memoria.
Cuánto nos cambia eso por dentro es harina de otro costal. Se ha estudiado si quien sabe que el dato quedará guardado lo recuerda peor y recuerda mejor dónde encontrarlo, y los resultados no son tan firmes como su fama: el trabajo más citado, de 2011, no se sostuvo en replicaciones posteriores. Que delegamos memoria en el entorno parece claro; qué le hace eso a la nuestra, todavía no.
Hay algo más cercano al cuerpo. En 2014, Marily Oppezzo y Daniel Schwartz pidieron a un grupo de personas que imaginaran usos nuevos para objetos corrientes, primero sentadas y después caminando en una cinta frente a una pared blanca. El ochenta y uno por ciento de los participantes fue más creativo caminando. No por el paisaje —no había paisaje—, sino por el hecho de caminar.
Lo que más me interesa de ese trabajo es lo que no encontró. Cuando la tarea tenía una única respuesta correcta, caminar no ayudó; incluso estorbó un poco. Es decir: el cuerpo en movimiento no nos hace más listos, nos hace más abiertos. Amplía el abanico de lo posible y no afina la puntería. Cualquiera que haya resuelto un problema en mitad de un paseo lo reconocerá: lo que llegó caminando no fue la respuesta, fue otra manera de hacer la pregunta.
Pensar, entonces, no es algo que el cerebro haga mientras el cuerpo espera. En El Corazón que Sabe seguimos esa misma sospecha hacia adentro, hasta el pequeño cerebro del pecho que informa al cráneo mucho más de lo que el cráneo le ordena a él. Ahora la seguimos hacia afuera, hasta el bastón, la libreta y los pies.
Hay un terreno inesperado donde esto deja de ser filosofía. Michael Levin y su equipo, en Tufts, trabajan con planarias, gusanos planos capaces de regenerar un cuerpo entero desde un fragmento. Si se les baña brevemente en octanol, que bloquea la comunicación eléctrica entre células, parte de los fragmentos regenera con dos cabezas. Hasta ahí, una curiosidad. Lo perturbador viene después: esos gusanos siguen regenerando con dos cabezas en cortes sucesivos, en agua limpia, sin volver a tocar el fármaco. Y su genoma está intacto. La instrucción sobre qué forma construir quedó reescrita en un patrón bioeléctrico, y ese patrón puede devolverse a su estado original con otra intervención igual de breve.
Digamos con cuidado qué demuestra esto y qué no. Es memoria de forma, no memoria de pensamiento; nadie ha mostrado que un gusano recuerde una idea en su piel. Lo que muestra es que información que dábamos por escrita en los genes puede estar sostenida en un campo eléctrico distribuido por todo el tejido. La memoria no siempre vive donde la habíamos supuesto.
Esa misma pregunta —cómo sabe una célula qué forma tomar dentro del conjunto— fue la que llevó a Rupert Sheldrake a proponer, en 1981, su hipótesis de la resonancia mórfica: campos de información que atravesarían el espacio y el tiempo y harían más probable que una forma se repita cuanto más se ha repetido antes. La reacción fue brutal. John Maddox, entonces director de Nature, tituló su editorial “¿Un libro para quemar?” y concluyó que el libro no merecía la hoguera sino un lugar entre las aberraciones intelectuales.
Cuarenta años después la situación es esta, y la enuncio sin adornos: la resonancia mórfica no está confirmada. Las predicciones que Sheldrake derivó de ella dieron resultados mixtos y las más decisivas siguen sin ponerse a prueba de forma concluyente. Lo que queda en pie es la pregunta —la morfogénesis es todavía un problema abierto—, y las planarias muestran que esa pregunta admite respuestas con datos, sin postular campos que ninguna medida ha encontrado.
Y llega el punto donde debo hablar como clínico y no como divulgador. En cuarenta años de consulta he visto demasiadas veces lo mismo: pienso en un paciente y suena el teléfono; entro en una habitación y sé, antes de mirar la gráfica, que algo ha cambiado; una madre me llama de madrugada por una inquietud que no sabe nombrar y tiene razón. No tengo con qué probarlo. Sé perfectamente que recordamos la llamada que llegó y olvidamos las mil veces que pensamos en alguien y no pasó nada, y que sobre ese olvido se construyen la mitad de las certezas humanas. Lo cuento porque es cierto que me ocurre, no porque demuestre algo.
William James, en 1898, formuló esto con una honestidad que sigue sin superarse: los daños cerebrales son igual de compatibles con la idea de que el cerebro produce la mente que con la idea de que la filtra. Ninguna de las dos puede confirmarse ni refutarse con los instrumentos que tenemos. Esa simetría no es una prueba a favor de nada. Es, exactamente, la definición de una pregunta que todavía no sabemos hacer bien.
La práctica de esta semana no requiere postura ni respiración ni horario. Elija una pregunta que lleve tiempo dándole vueltas y salga a caminar veinte minutos con ella. Sin teléfono —ni en el bolsillo, si es capaz—, sin música, sin apuntar nada hasta volver. Nada más: caminar, y dejar que la pregunta camine.
Conviene no esperar la respuesta. Lo que suele aparecer no es la solución sino un desplazamiento: la pregunta vuelve formulada de otra manera, y esa manera es casi siempre mejor que la original. Fíjese entonces en dónde ocurrió el pensamiento. No estaba del todo dentro de la cabeza. Estaba entre los pies y el suelo, en el ritmo del paso, en la calle que no mirábamos y que sin embargo iba entrando.
El ciego no siente el mango: siente el bordillo. Nosotros llevamos toda la vida haciendo lo mismo con el mundo entero, sin habernos dado cuenta.
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