Situación A: Un central da una opción. Ve cómo su compañero se prepara y realiza el pase. A la vez, percibe cómo un delantero rival, inmediatamente, empieza a correr hacia él a toda velocidad. Se asusta. La recepción es mala, la bocha le rebota. El delantero se la roba y se va hacia el área contra el arquero.
Situación B: Un central da una opción. Ve cómo su compañero se prepara y realiza el pase. A la vez, percibe cómo un delantero rival, inmediatamente, empieza a correr hacia él a toda velocidad. Lo mide y lo espera. Cuando llega la bocha, con el primer toque, ya lo deja eliminado. Avanza hacia la siguiente línea de presión, habiendo ya creado superioridad numérica.
Más allá de la resolución del jugador que recibió la bocha… ¿Hay alguna diferencia en la presión?
La respuesta, claramente, es no. El delantero hace exactamente lo mismo en ambas situaciones.
Lo que cambia, más allá de la resolución final, es cómo lo vive el jugador con bocha.
A los 17 años empecé a jugar de central en la primera de mi club. Durante tres o cuatro años, cada salida de fondo era para mí una situación de estrés. Cuando la bocha salía por línea de fondo ya empezaba a sufrir.
Con el tiempo eso fue cambiando. Ya de más grande, no solo dejó de generarme tensión, sino que hasta me divertía intentando encontrar la solución a los bloqueos.
La presión no había cambiado. Yo sí.
Es lógico que esto se de con el crecimiento y la experiencia.
Pero entonces… ¿Cómo hacemos, como entrenadores, para ayudar a acelerar ese proceso?
Siempre me gustó la analogía entre los gestos técnicos y una caja de herramientas. Cada gesto técnico es una herramienta más que puedo usar.
Si quiero armar una silla y solo tengo un destornillador, va a ser difícil.
Si además tengo un serrucho, un martillo y una pinza, tengo muchas más posibilidades.
Si quiero salir de una situación de presión y solo sé usar la barrida, va a ser difícil.
Si además sé usar la barrida, el push y el flick, tengo muchas más chances.
Nuestro primer objetivo, como entrenadores, es intentar proveer a nuestros jugadores con la mayor cantidad de herramientas posibles.
Lo siguiente, y tal vez lo más difícil de desarrollar, es lo mental: la inteligencia del jugador. Que entienda el juego que juega.
Puedo tener al jugador más completo del mundo técnicamente, pero si cuando tiene que cortar una madera usa un destornillador, de poco sirve contar con tantos recursos.
Lo mismo que si necesita hacer un pase de cinco metros y elige una pegada.
En mi opinión, un jugador inteligente no es necesariamente el que tenga más recursos, sino el que sepa cuál usar de los que tiene disponibles. Que conozca sus limitaciones y sepa cómo aprovecharlas.
He visto jugadores de élite sin tantos recursos técnicos, pero con una inteligencia superior.
Desde ya que la inteligencia y el entendimiento son más difíciles de entrenar y, muchas veces, creemos que simplemente son una lotería genética.
Pero esa no es la realidad. Podemos y debemos esforzarnos por trabajar estas capacidades.
En los entrenamientos, intentar que todos, o casi todos, los ejercicios incluyan toma de decisiones. Cuantas más situaciones en las que tengan que elegir se encuentren, más desarrollarán esa capacidad.
Preguntar, y mucho. Hacer que los jugadores reflexionen, que piensen lo que están haciendo y no actúen por inercia. Las preguntas abiertas ayudan a pensar.
Usar el video. Y no como análisis del rival para ganar un partido, sino como análisis propio para crecer. Que se vean a sí mismos. Que vean con la cámara de arriba las cosas que no vieron mientras jugaban. Que se corrijan entre compañeros.
Estas son solo algunas de las formas que tenemos para desarrollar el entendimiento. En un equipo que entrené hasta tomábamos exámenes teóricos, en chiste: multiple choice proyectados en pantalla y una tabla de posiciones en vivo con quién respondía mejor.
Hay muchas formas de trabajarlo.
Un detalle que no quiero dejar pasar es que, a la hora de entrenar el entendimiento, es fundamental el tipo de ambiente que creamos. Y cuando digo esto me refiero a la “onda” que hay en el aire, sobre todo cuando trabajamos con chicos y chicas.
Tiene que ser desde la buena energía y el respeto. Los jugadores tienen que sentir que cuando les hacemos una pregunta no les estamos tomando un examen para ver si saben o no, sino que estamos intentando que piensen por sí mismos.
Tienen que aprender a convivir con el error y esto es imposible si tienen miedo a que el entrenador los rete si hacen algo mal.
Cuando hablamos de la presión como percepción, el miedo juega un rol fundamental. Puedo tener todos los recursos y la inteligencia suficiente, pero si tengo miedo, todo eso no se usa.
No quiero ahondar en neurociencia, pero está demostrado que cuando estamos estresados el cerebro responde más por reflejo que por reflexión.
Y no quiero dejar de decir esto: más allá de lo que sea ideal para el aprendizaje, está la persona. Si cuidamos a la persona, todo lo demás fluye.
Reírnos de los errores para intentar aprender de ellos. Festejar los pequeños logros.
Cuando disfrutamos, somos más permeables al aprendizaje.
Como entrenadores tenemos un poder muy grande en la autoestima de nuestros jugadores. Y eso debemos asumirlo con la responsabilidad que merece.
Cuando un jugador recibe la bocha, los rivales lo van a correr igual. Esa presión va a existir siempre.
La diferencia no estará en la velocidad a la que vayan, sino en la preparación y el entendimiento de nuestro jugador.
Si tiene herramientas, tendrá más opciones.
Si entiende el juego, elegirá mejor.
Si se siente seguro, se animará.
La presión siempre estará ahí.
Depende de nosotros intentar convertir esa amenaza en una oportunidad.
Hasta la próxima!
Javi
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