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Newsletter Javier Morodo · Aug 23, 2026

El futuro de los data centers: el oceano y el spacio abren nuevos horizontes en tu portafolio

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Javier Morodo · Newsletter Javier Morodo

Hace unos días, recordé uno de mis viajes muy cerca del mar. Se me vino a la mente la línea donde el mar se une con el horizonte infinito. Es irónico pensar que mientras nosotros buscamos paz en la inmensidad del agua o el silencio de las estrellas, la industria más voraz de nuestra era, la inteligencia artificial, está buscando en esos mismos lugares su última frontera de supervivencia.

Estamos acostumbrados a pensar en la nube como algo etéreo, casi espiritual, pero la realidad es que el cómputo es una máquina sedienta de energía, espacio y agua que ya no cabe en los límites de nuestras ciudades. Esta saturación física es la que está empujando a los capitales más inteligentes del mundo hacia el fondo del océano y hacia la órbita terrestre baja.

Por qué el capital más inteligente del mundo está abandonando la tierra firme, y qué significa eso para tu patrimonio en los próximos diez años. Conoce esas respuestas en este Opinionated.

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Durante años nos vendieron la idea de que el cómputo era etéreo. La palabra misma, “nube”, fue una de las jugadas de marketing más brillantes de la historia reciente, porque convirtió acero, cobre, silicio y megavatios en algo tan inmaterial como el vapor. Yo mismo caí en esa trampa mental durante mucho tiempo, tratando a los centros de datos como una externalidad invisible de las empresas de software que tenía en cartera. Ese error de percepción hoy tiene un costo, y quien no lo corrija a tiempo lo va a pagar en su rendimiento.

La realidad es que hemos chocado contra una pared física, y las paredes físicas no negocian. Solo en Estados Unidos las estimaciones apuntan a que en los próximos tres años vamos a necesitar entre 50 y 100 GW adicionales de energía únicamente para alimentar nuevos centros de datos. Para que dimensiones lo que eso significa en el mundo real, estamos hablando del equivalente a levantar entre 50 y 100 centrales nucleares nuevas, en un país que lleva décadas sin construir prácticamente ninguna. No es un problema de software que se resuelva con una actualización elegante. Es hormigón, es cobre, es una red eléctrica envejecida que ya cruje en verano, y es un cuello de botella que ninguna ronda de financiamiento de riesgo puede evadir con ingenio.

A ese muro energético se le suma una aritmética de capital que rara vez se discute en las mesas de inversión con la crudeza que merece. Construir capacidad en tierra cuesta hoy entre $11,500 y $25,000 dólares por kW instalado, un rango tan amplio que por sí solo revela lo desordenado y sobrecalentado que está el mercado de suelo, permisos y transformadores. Cuando el mismo insumo puede costarte el doble dependiendo del condado en el que caigas, no estás ante una industria madura, estás ante una fiebre. Y las fiebres siempre buscan una válvula de escape.

Hay una parte de esta historia que las presentaciones corporativas prefieren esconder en las notas al pie, y es la factura ambiental y social. En 2025 los centros de datos generaron cerca de 286 millones de toneladas de dióxido de carbono, una cifra que superó con holgura las proyecciones que se hacían apenas un par de años antes. Lo interesante para nosotros no es el debate climático en abstracto, sino la consecuencia directa sobre el capital, porque cada tonelada de carbono es hoy un pasivo regulatorio latente, un impuesto futuro que todavía no aparece en los modelos de descuento de flujos pero que llegará.

El otro frente es el del agua, y aquí la magnitud es difícil de digerir. Entre 2023 y 2030 se calcula que estas instalaciones van a consumir entre 1.3 y 1.8 billones de litros de agua para refrigeración, una cifra comparable con todo lo que consume Suiza en un año. Piensa en lo que eso implica cuando el centro de datos se planta en un condado semiárido de Texas o de Arizona, donde el agricultor y el vecino ya se peleaban por cada gota antes de que llegara el hyperscaler con su chequera. No es casualidad que en comunidades de Estados Unidos como Texas u Ohio el rechazo social esté creciendo, no por ideología, sino por algo mucho más terrenal: el ruido constante, la presión sobre las tarifas eléctricas de las familias y la sensación legítima de que una infraestructura global se está financiando con recursos locales.

Cuando juntas las tres presiones, la energética, la ambiental y la social, entiendes por qué la idea de meter el cómputo en el mar o mandarlo a la órbita dejó de ser un capricho de conferencia futurista. Se convirtió en una tesis de inversión, y una tesis nace justo cuando la necesidad se vuelve inevitable pero el consenso todavía la ve como excentricidad. Ahí, en esa brecha entre lo inevitable y lo evidente, es donde históricamente se ha construido el patrimonio que perdura. Yo he aprendido a vivir en esa brecha, aunque sea incómoda.

Déjame plantearte la tesis de fondo antes de bajar a los activos, porque si no entiendes esto lo demás son solo tickers. Cuando una industria choca contra un límite físico, el valor migra hacia quien resuelve el límite, no hacia quien lo padece. En la primera ola de internet, el valor no lo capturó quien tenía el mejor sitio web, sino quien tendió el cable y levantó el servidor. Estamos frente al mismo momento, pero con una vuelta de tuerca: esta vez el cable y el servidor ya no caben en tierra, y por eso el margen se va a mover hacia quien logre construir en lugares donde la física juega a favor y la burocracia terrestre no alcanza.

El océano resuelve la termodinámica. El espacio resuelve la energía y la soberanía. Ambos comparten algo que a mí, como alguien que ha visto ciclos enteros derretirse por culpa de permisos, me resulta casi poético: son las dos únicas geografías del planeta donde todavía no existe un ayuntamiento que te detenga la obra. Esa es la verdadera oportunidad, y no la vas a leer así de directa en ningún reporte institucional, porque el reporte institucional no puede permitirse sonar a que la gran ventaja competitiva del futuro es escapar del papeleo. Yo sí puedo decírtelo, porque lo he vivido.

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Mover la infraestructura al mar suena a portada de revista, pero en el fondo es la respuesta más aburrida y más sólida que existe: obedecer las leyes de la termodinámica en lugar de pelearte con ellas. En un centro de datos convencional cerca del 40.0% de toda la energía se gasta únicamente en mantener frío el equipo. Léelo otra vez, porque es un dato que debería incomodarte. Casi la mitad de la electricidad que alimenta a la inteligencia artificial no se usa para pensar, se usa para no derretirse. El agua de mar, sobre todo a cierta profundidad, ofrece de manera natural y gratuita lo que en tierra cuesta una fortuna y una batalla con el vecino, y puede recortar el consumo energético de enfriamiento entre un 20.0% y un 70.0%.

La fiabilidad es el segundo argumento, y este me convenció más que el ahorro. El experimento Northern Isles de Microsoft, que hundió un contenedor de servidores frente a las costas de Escocia, arrojó una tasa de fallas ocho veces menor que en un centro de datos en tierra firme. La razón es casi humillante para nuestra especie: al sellar el módulo y eliminar la interacción humana, la humedad cambiante y la corrosión por partículas, el enemigo número uno de la máquina resultó ser el propio ingeniero entrando a revisarla. Un servidor bajo el mar, en atmósfera de nitrógeno, sin manos que lo toquen, simplemente dura más. Y en un negocio donde el activo se deprecia en cuatro o cinco años, alargar la vida útil es un multiplicador de retorno que pocos están valorando todavía.

Ahora bien, aquí viene mi primera advertencia como alguien que ya se ha quemado antes. La forma más torpe de jugar esta tesis es enamorarse de la barcaza sumergida y comprar la fantasía. La forma inteligente es preguntarte quién le vende las palas a todos los que quieren cavar en el mar, en el desierto o en la órbita, porque ese proveedor gana sin importar qué ubicación termine imponiéndose. A ese principio le he dedicado buena parte de mi carrera, y en esta ola tiene nombre y apellido.

Vertiv (NYSE: VRT) es, para mí, la posición más limpia de toda esta tesis, precisamente porque le da igual dónde termine el servidor. Su negocio es la gestión térmica y de energía de los centros de datos, y la ola de inteligencia artificial disparó la demanda de sus sistemas de refrigeración líquida hasta un punto que ni sus propios ejecutivos anticipaban hace tres años. Da lo mismo que el chip se caliente en un sótano de Virginia o en un contenedor anclado en el Pacífico: el calor hay que sacarlo, y sacarlo es su oficio.

El modelo de negocio tiene una virtud que valoro por encima de casi todo, y es la neutralidad frente al ganador final. En una fiebre del oro no sabes qué minero se hará rico, y Vertiv te libera de tener que adivinarlo. Su ventaja competitiva descansa en algo que no se replica con una ronda de capital: décadas de relaciones con los operadores, una base instalada gigantesca que genera mantenimiento recurrente, y un conocimiento de ingeniería térmica que se volvió crítico justo cuando los chips de inteligencia artificial empezaron a disipar cantidades de calor que la refrigeración por aire simplemente ya no puede manejar. Ese giro hacia el enfriamiento líquido, casi obligatorio en las nuevas generaciones de aceleradores, es precisamente su terreno.

Los números acompañan la narrativa, aunque conviene leerlos con la cabeza fría. La compañía sostiene un crecimiento del 24.1% en ventas interanuales y ha elevado sus guías de beneficios para 2026, lo cual me dice que la presión sobre el enfriamiento de chips no es un pico pasajero sino una veta estructural. La acción tuvo una caída reciente tras quedarse ligeramente corta en expectativas de ingresos, y aquí es donde separo al inversionista de largo plazo del que solo mira la pantalla. Un tropiezo trimestral en una empresa que crece a esos ritmos rara vez es una avería del motor; suele ser el mercado castigando la perfección que él mismo exigió. No es una invitación a nada, es simplemente cómo leo yo la diferencia entre ruido y señal.

El riesgo específico de Vertiv no es que su tecnología falle, es que su valuación ya descuenta buena parte del futuro brillante. Cuando una acción sube tanto y tan rápido, se convierte en rehén de sus propias expectativas, y cualquier desaceleración del capex de los hyperscalers la golpea con una violencia desproporcionada. A eso súmale el riesgo de concentración de clientes, porque un puñado de gigantes tecnológicos concentra una parte enorme de la demanda, y cuando esos gigantes deciden hacer una pausa para digerir lo invertido, el proveedor lo siente en carne propia. Es un negocio maravilloso montado sobre un ciclo que, como todos los ciclos que he visto, algún día respirará.

Si Vertiv es la pala afilada, Schneider Electric (EPA: SU) es el ferretero con inventario de todo. Es un perfil más defensivo, más diversificado y, francamente, más aburrido, y a estas alturas de mi vida el aburrimiento en cartera me parece una virtud subestimada. La empresa reportó resultados récord en la primera mitad de 2026, con un crecimiento orgánico del 14.0% empujado justamente por la demanda de centros de datos y semiconductores, pero sin depender de un solo relato para justificar su existencia.

Su ventaja competitiva vive en la integración. Schneider no solo te vende el hardware de distribución eléctrica, te vende el software de administración energética y los sistemas de automatización que hacen que la instalación completa sea eficiente, y eso funciona igual si el centro de datos está en Fráncfort, en el desierto de Nevada o flotando cerca de un parque eólico marino. La adquisición reciente de Cognite por $3,100 millones de dólares para reforzar su oferta de inteligencia artificial industrial va en esa dirección, la de convertirse en el cerebro digital de la infraestructura y no solo en su músculo. Cuando una compañía deja de vender fierro y empieza a vender la inteligencia que administra ese fierro, sus márgenes y su permanencia cambian de naturaleza.

El riesgo aquí es distinto al de Vertiv y por eso se complementan bien. Schneider cotiza en euros, lo que te introduce una exposición cambiaria que un inversionista con base en dólares o en pesos debe tener presente, porque un movimiento del tipo de cambio puede comerse o inflar buena parte de tu rendimiento sin que la empresa haya hecho nada distinto. Además, su misma diversificación, que es su fortaleza defensiva, es también su techo: no vas a ver en Schneider la explosión que puede dar un jugador puro y concentrado en la moda del momento. Es la posición que te deja dormir cuando el sector tecnológico entra en pánico, y en una tesis tan cargada de futuro y de promesas, tener un ancla que respire con calma no es debilidad, es diseño de portafolio.

Aquí entramos en el terreno donde la mayoría de los inversionistas se emocionan y pierden dinero, así que quiero ser especialmente claro. Panthalassa es una startup estadounidense que está desarrollando nodos flotantes autónomos que combinan tres cosas en un solo cuerpo: generación de energía a partir de las olas, cómputo de inteligencia artificial y enfriamiento oceánico. Levantó una ronda Serie B de $140 millones de dólares con Peter Thiel a la cabeza, y su promesa es fabricar módulos de 1 MW por entre $1 y $1.5 millones de dólares, contra los $10.7 millones de dólares por MW que promedian los centros de datos terrestres en 2025.

Si esos números resultan ciertos a escala, estaríamos ante una destrucción de costos de casi un orden de magnitud, y una destrucción de costos así no es una mejora, es un terremoto que redibuja el mapa competitivo de toda la industria. Entiendo perfectamente por qué el capital de riesgo más sofisticado quiere estar ahí. Pero permíteme ponerte el otro platillo de la balanza con la honestidad que le debo a alguien tan sofisticado como yo. Una startup privada en etapa temprana no es un activo, es una opción. Su valor no está en un flujo de caja predecible sino en una probabilidad, y esa probabilidad se distribuye entre convertirse en el estándar de una nueva era o desaparecer sin dejar rastro, como han desaparecido tantas promesas brillantes que yo mismo vi presentar sobre un escenario con aplausos de pie.

Por eso mi lectura de Panthalassa no es de compra ni de venta, sencillamente porque para la enorme mayoría de nosotros no es accesible ni debería serlo en gran tamaño. Mi lectura es de brújula. Es el termómetro que te avisa si la tesis oceánica está madurando de la promesa a la realidad. Si Panthalassa logra demostrar sus módulos y sus costos, ese será el catalizador que obligue a los grandes hyperscalers a moverse, y ese movimiento sí se traducirá en órdenes concretas para los proveedores líquidos y cotizados que sí puedes tener en cartera. Vigila la startup para entender el tiempo, pero construye tu posición donde haya liquidez y balance. Confundir la señal con el vehículo es uno de los errores más caros que existen.

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Existe un ángulo secundario en la tesis oceánica que me parece más subestimado de lo que debería, y es el del matrimonio entre la energía marina y el cómputo. Equinor (NYSE: EQNR) y Ørsted (CPH: ORSTED) no son hoy apuestas directas en centros de datos, y quiero ser transparente en eso para que no me leas como quien no soy. Son productores de energía, uno con un pie sólido en los hidrocarburos y otro concentrado en la renovable marina. Pero la lógica que empieza a asomar es poderosa: si el cómputo necesita energía limpia y barata, y si transportar electricidad a larga distancia tiene pérdidas y costos, entonces la solución elegante es plantar la granja de servidores justo al lado de donde se genera la energía, y en el mar eso significa junto al parque eólico marino.

Ese matrimonio abre un mercado secundario de contratos de suministro de largo plazo que hoy casi nadie está poniendo en los modelos de valuación de estas empresas. Un parque eólico que hoy vende su energía a la red con un margen apretado y a merced del clima podría mañana firmar un contrato de veinte años con un operador de cómputo dispuesto a pagar prima por energía limpia, estable y sin intermediarios. Eso revaloriza el activo de infraestructura de una manera que el mercado todavía no premia, porque el mercado sigue viendo a estas empresas por su cubeta vieja y no por la nueva.

La advertencia, y aquí hablo desde cicatrices propias, es que Ørsted en particular ha sufrido en carne viva la inflación de costos y las cancelaciones de proyectos que golpearon a toda la industria eólica marina, y su historia reciente es un recordatorio brutal de que un buen relato de largo plazo no te protege del dolor de corto plazo. Equinor, con su base diversificada en petróleo y gas, ofrece un colchón que Ørsted no tiene, y esa diferencia de perfil de riesgo es exactamente el tipo de matiz que separa a quien construye patrimonio de quien colecciona historias bonitas. La tesis energía-cómputo es real y todavía joven, pero se juega con paciencia y con plena conciencia de que estás comprando una opcionalidad futura montada sobre un negocio presente que tiene sus propias tormentas.

No podemos hablar de energía y océano sin meter al elefante nuclear en la sala. Atomarine, una startup de la generación Summer 2026 de Y Combinator, propone algo que hace diez años habría sonado a delirio y hoy suena a inevitabilidad: barcazas nucleares autónomas refrigeradas con agua de mar. Su modelo proyecta un PUE de 1.1, una eficiencia muy por encima del promedio terrestre, y plantea usar gas natural como puente tecnológico mientras la regulación y la disponibilidad de reactores modulares pequeños maduran hacia una transición nuclear completa apuntada hacia 2028.

Lo que me interesa de Atomarine no es tanto la empresa, que otra vez es una opción temprana y binaria como Panthalassa, sino la filosofía que encarna. La infraestructura del futuro no se va a construir con saltos temerarios sino con transiciones gestionadas, con puentes. Usar gas hoy para llegar al reactor modular de mañana es exactamente el tipo de pragmatismo que distingue a un proyecto que sobrevive de uno que se estrella contra la pared de la realidad regulatoria. Como inversionista, cuando veo un plan que reconoce sus propias limitaciones temporales y construye escalones en lugar de prometer el vuelo directo, presto más atención, no menos. Atomarine, igual que Panthalassa, es brújula y no vehículo para la mayoría de nosotros, pero la dirección a la que apunta la aguja importa muchísimo.

Si el océano es la respuesta a la refrigeración, el espacio es la respuesta a dos problemas más profundos: la energía y la soberanía. El concepto de cómputo orbital cruzó en muy poco tiempo la frontera entre la especulación de sobremesa y una categoría de inversión que ya mueve capital real, y lo hizo por una razón que a mí me resulta casi imposible de refutar. En órbita, el sol pega sin nubes, sin noche y sin atmósfera que lo filtre, con una intensidad de 1,361 vatios por metro cuadrado de energía continua, y no hay condado, ni permiso, ni vecino, ni frontera que te diga dónde puedes construir.

Pero el espacio cobra su propio impuesto físico, y es uno contraintuitivo que conviene entender antes de emocionarse. En el mar el problema es sacar el calor y el mar te lo regala. En el espacio, en cambio, el gran desafío no es el frío sino todo lo contrario: cómo deshacerte del calor en un vacío donde no hay aire ni agua que se lo lleven, donde la única forma de transferir calor es la radiación, lenta y limitada. La gente asume que el espacio es helado y por lo tanto ideal para servidores, y es justo al revés. Un servidor en órbita se cocina en su propio calor si no le pones radiadores enormes, y esos radiadores son pesados, caros y frágiles. Entender esa paradoja es lo que separa al inversionista serio del que compró la postal.

SpaceX tomó la delantera absoluta en esta carrera, y lo hizo con la única jugada que de verdad importa: unir el lanzamiento con el cómputo bajo un mismo techo. La compañía solicitó permisos ante la FCC para desplegar hasta un millón de satélites dedicados al cómputo de inteligencia artificial en órbita, una cifra que da vértigo y que, viniendo de cualquier otra entidad, yo descartaría como fanfarronería. Viniendo de la única empresa que ha demostrado poder lanzar a un ritmo que el resto del planeta ni siquiera se acerca a igualar, la trato con respeto.

El corazón técnico de la estrategia es la nueva generación de satélites Starlink V3, concebidos para operar como verdaderos centros de datos orbitales. Pesan 1,500 kg por unidad, cinco veces más que los modelos iniciales, y ofrecerán capacidad de transmisión superior a 1 Tbps. Pero la ventaja competitiva real no está en el satélite, está en el cohete. La integración vertical con Starship, con su proyección de reducir el costo de lanzamiento a niveles disruptivos de entre $10 y $20 dólares por kilo, es lo que convierte la fantasía en aritmética. Cuando poner un kilo en órbita cuesta lo que hoy cuesta una cena, el cálculo económico de todo cambia, y quien controla ese cohete controla el peaje de la nueva geografía. Ninguna otra entidad en la Tierra puede igualar esa ecuación hoy, y esa es la definición más pura de un foso competitivo que he visto en años.

Aquí llega la frustración honesta, y prefiero decírtela de frente. SpaceX es privada. No puedes comprar sus acciones en tu casa de bolsa un martes cualquiera, y las vías indirectas que existen, ciertos vehículos de mercado secundario y fondos que reportan participaciones, vienen con valuaciones exigentes, con opacidad y con una prima de acceso que ya cotiza buena parte del optimismo. Lo digo sin rodeos porque le debo esa claridad a alguien tan sofisticado como yo: la mejor empresa de la tesis es, para la mayoría, la más difícil de poseer limpiamente, y perseguirla por vías turbias suele salir más caro que la disciplina de esperar. A veces la jugada más inteligente es reconocer que el mejor caballo corre en una pista a la que no te dejan entrar, y apostar entonces por quien le fabrica las herraduras.

Blue Origin, bajo la visión de Jeff Bezos, presentó el Proyecto Sunrise, también conocido como TeraWave, con una propuesta de constelación de entre 51,600 y 52,000 satélites alimentados por energía solar. Lo que me parece revelador es la diferencia filosófica con SpaceX, y esa diferencia importa más que los números. Mientras SpaceX parece querer una red de cómputo masiva y autónoma que compita de tú a tú con la nube terrestre, Bezos posicionó su infraestructura como un sistema complementario, enfocado en usar energía limpia orbital para aliviar la presión sobre la red eléctrica de la Tierra, no para reemplazarla.

Es un enfoque más humilde y, sospecho, más realista en el corto plazo. El propio Bezos ha reconocido que los plazos para desplegar estas redes pueden ser demasiado ambiciosos por los costos de chips y de energía, y esa honestidad, viniendo de alguien que rara vez subestima sus propias capacidades, es un dato en sí mismo. El potencial de largo plazo de Blue Origin no descansa tanto en ganarle la carrera de los satélites a Musk, una carrera que hoy va perdiendo por cadencia de lanzamiento, sino en su visión de economía cis-lunar y en la construcción de hábitats orbitales que un día requerirán cómputo local masivo. Es una apuesta a una década más lejana, con un músculo de lanzamiento todavía por consolidar en New Glenn. Para el inversionista, Blue Origin es una tesis de segunda derivada: no es la del cómputo espacial inmediato, es la de la infraestructura que lo hará habitable dentro de mucho tiempo.

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Europa entró a la conversación por una puerta distinta, y es una puerta que muchos inversionistas ignoran para su propio perjuicio: la soberanía. El proyecto ASCEND, liderado por Thales Alenia Space, la empresa conjunta entre Thales (EPA: HO) y Leonardo (BIT: LDO), concluyó en su estudio de viabilidad que lanzar módulos de centros de datos a 1,400 km de altura es técnicamente posible y compatible con los objetivos de neutralidad de carbono del Green Deal europeo.

Lo que hay debajo de ese estudio no es solo ingeniería, es geopolítica pura, y ahí está el valor real. Europa vive obsesionada, con razón, con procesar su información crítica fuera del alcance de jurisdicciones ajenas, y un centro de datos orbital soberano es la expresión más extrema de esa ambición. Ahora bien, seamos rigurosos con lo que estás comprando cuando compras Thales o Leonardo. Ninguna de las dos es una apuesta pura de cómputo espacial, ni de lejos. Son campeones europeos de defensa y aeroespacial, y el negocio de centros de datos orbitales es hoy una fracción minúscula de su realidad. Lo que sí ocurre, y esto es una segunda derivada que me gusta, es que ambas cabalgan simultáneamente la ola de rearme europeo, que ha inflado sus carteras de pedidos de defensa a niveles que no se veían en una generación. Compras defensa europea en pleno superciclo de gasto militar, y te llevas de regalo una opción sobre soberanía digital orbital. No al revés. Si inviertes en ellas creyendo que son una jugada de cómputo espacial, estás comprando el activo correcto por la razón equivocada, y comprar por la razón equivocada es la manera más silenciosa de perder convicción justo cuando el mercado te ponga a prueba.

Toda esta arquitectura orbital se cae si no podemos mantenerla a miles de kilómetros sobre nuestras cabezas, y aquí es donde aparecen los habilitadores que a mí me entusiasman más que los propios operadores, porque son cuellos de botella con negocio cotizado. Northrop Grumman (NYSE: NOC), a través de su subsidiaria SpaceLogistics, ya opera vehículos de extensión de vida que se acoplan a satélites en funcionamiento para prolongar su operación. No es una promesa de laboratorio, es un servicio que ya factura. La compañía reportó recientemente beneficios por acción de $7.68 dólares y ha venido incrementando su dividendo, lo cual la convierte en algo poco común en esta tesis: un habilitador del futuro espacial que además te paga por esperar y descansa sobre un negocio de defensa robusto.

MDA Space (TSX: MDA) es la jugada más pura del grupo y por eso la más volátil. Es el líder en robótica orbital y el contratista principal del brazo Canadarm3 para la estación lunar Gateway de la NASA. Su tecnología es precisamente la que permitiría ensamblar módulos y reparar servidores en órbita, es decir, es el habilitador esencial de cualquier red de cómputo espacial que aspire a durar. El atractivo es evidente: exposición concentrada al ensamblaje robótico orbital. El riesgo también lo es, y no lo voy a maquillar. Es una empresa más pequeña, dependiente de programas gubernamentales cuyos presupuestos se aprueban y se recortan con la política, y un retraso en un programa lunar puede castigar su acción con dureza. Es la posición de mayor beta de la tesis espacial, para el inversionista que entiende que el retorno concentrado viene siempre acompañado de noches sin dormir.

En el silicio la historia se pone técnica pero el argumento es simple. En la órbita la radiación ionizante fríe al hardware comercial estándar en cuestión de meses, y por eso Texas Instruments (NASDAQ: TXN) brilla con su portafolio de semiconductores resistentes a la radiación y su dominio en la gestión de energía. Citi la mantiene como su opción preferida en el mundo analógico, proyectando un crecimiento robusto impulsado por la infraestructura de inteligencia artificial. Texas Instruments es de esas compañías que no te van a dar la emoción de un cohete pero que llevan décadas convirtiendo componentes aparentemente aburridos en un flujo de efectivo envidiable, aunque conviene tener presente que atraviesa un ciclo de inversión fuerte en nuevas fábricas que presiona su flujo de caja libre en el corto plazo. Es paciencia con recompensa, no adrenalina.

Para el procesamiento de datos masivos en la propia órbita, los FPGAs y ASICs de AMD/Xilinx (NASDAQ: AMD) e Intel/Altera (NASDAQ: INTC) son candidatos naturales, porque permiten preprocesar la información arriba y reducir el volumen que hay que mandar de vuelta a la Tierra, que es carísimo de transmitir. Dicho esto, quiero ponerte los pies en la tierra, o mejor dicho en el espacio. Este uso orbital es hoy una astilla diminuta de negocios que se juegan en otras canchas mucho más grandes. La tesis de AMD es fundamentalmente la de sus aceleradores de inteligencia artificial en tierra, e Intel sigue enredada en una reconversión industrial dolorosa cuyo desenlace nadie tiene claro. Mencionarlas por su ángulo espacial y comprarlas por ese ángulo serían dos cosas muy distintas, y confundirlas sería otra vez comprar el activo correcto por el motivo equivocado.

Antes de pasar a las previsiones quiero que dimensiones el bosque y no solo los árboles. El mercado de infraestructura de centros de datos atraviesa un ciclo de inversión récord, alimentado por un gasto de capital de los hyperscalers que ninguno de ellos parece dispuesto a frenar por miedo a quedarse atrás en la carrera de la inteligencia artificial. Sobre esa base gigantesca y muy real de gasto terrestre, el océano y el espacio son todavía una opcionalidad, una capa naciente de crecimiento que se monta encima. Eso es importante para calibrar expectativas: no estás invirtiendo en que la nube abandone la tierra mañana, estás invirtiendo en que la periferia oceánica y orbital capture un margen creciente de una torta que ya de por sí crece a ritmos históricos.

Y hay un riesgo macro que los abraza a todos por igual, del que ningún activo de esta lista se salva. Toda esta tesis vive y respira al ritmo del apetito por el gasto en inteligencia artificial, y ese apetito descansa sobre tasas de interés, sobre el humor del mercado hacia el sector tecnológico y sobre la pregunta incómoda de si estamos ante una construcción de infraestructura genuina o ante una burbuja de capex que en algún momento tendrá que digerirse. Yo he vivido burbujas, y aprendí que la mejor infraestructura del mundo, comprada al precio equivocado y en el momento equivocado del ciclo, puede castigarte durante años aunque la tesis de fondo sea correcta. Tener razón demasiado pronto, en los mercados, se siente exactamente igual que estar equivocado. Esa es la lección que más me ha costado y la que más quiero heredarte.

Voy a compartirte cifras concretas porque un análisis sin números objetivo es solo una opinión perfumada, pero te pido que las leas por lo que son: brújulas, no destinos. He visto demasiados precios objetivo cumplirse por las razones equivocadas y fallar por las correctas como para tratarlos con solemnidad. Lo que de verdad importa no es el número, sino la tesis que lo sostiene y la barrera que tiene que caer para que se materialice.

En mi escenario base, los centros de datos terrestres siguen dominando el volumen, pero tanto el océano como la órbita empiezan a capturar nichos concretos, cada uno el suyo. Es una historia de adopción gradual, sin fuegos artificiales, que es como casi siempre se ve el progreso real cuando lo miras de cerca.

En el frente oceánico, el mar empieza a capturar aplicaciones costeras de baja latencia, y ahí quienes primero cobran son los proveedores de la técnica de soporte. Vertiv manejaría un precio objetivo alrededor de los $341.25 dólares, sostenido por la demanda estructural de refrigeración líquida que ya está en marcha sin importar la ubicación del servidor. Schneider Electric rondaría los €313.58 euros, apoyada en su crecimiento orgánico diversificado y en la digestión ordenada de su adquisición de Cognite. Panthalassa y Atomarine, por su parte, seguirían siendo brújula y no vehículo: en el escenario base validan sus primeros módulos sin llegar todavía a la escala que sacuda el mapa.

En el frente espacial, el cómputo orbital se mantiene en lo que hoy tiene sentido económico, que es procesar y filtrar datos satelitales en el mismo lugar donde se generan antes de siquiera soñar con competir contra la nube general. Ahí el ganador identificable es el habilitador, no el operador. MDA Space se movería hacia los C$64.70 dólares canadienses en la medida en que sus contratos de robótica orbital avancen sin sobresaltos presupuestarios. Northrop Grumman seguiría capturando valor de forma silenciosa a través de su negocio de mantenimiento satelital, cobrándote dividendo mientras esperas. Texas Instruments se beneficiaría del goteo constante de demanda por su silicio resistente a la radiación. Y los operadores de la constelación, SpaceX con sus Starlink V3, Blue Origin con el Proyecto Sunrise y el europeo ASCEND de Thales y Leonardo, avanzan en despliegue y en estudios sin que ninguno convierta todavía la órbita en nube de propósito general. La condición que sostiene todo este escenario es la más simple y por eso la más probable: que el capex de inteligencia artificial siga creciendo a ritmo saludable, sin la euforia que rompe modelos ni el pánico que congela chequeras. Un mundo normal, en otras palabras, que es donde pasamos la mayor parte del tiempo.

Para que se materialice el escenario que enciende la imaginación, tienen que caer dos barreras a la vez, una en cada frente. En el mar, que la destrucción de costos que promete Panthalassa resulte real a escala. Y en el espacio, la barrera decisiva, que el costo de lanzamiento se desplome con la operatividad plena y la reutilización masiva de Starship y New Glenn. Solo entonces la nube orbital deja de ser un nicho para el filtrado de datos y se convierte en una alternativa real para tareas de entrenamiento de inteligencia artificial intensivas en energía. Ese es el punto de inflexión: cuando llevar cómputo al espacio deje de ser un lujo y se vuelva una decisión de costo como cualquier otra.

En el frente oceánico, Vertiv podría acercarse a los $440.00 dólares empujada por una demanda acelerada de refrigeración líquida que desborda toda proyección conservadora, con Schneider capturando la misma marea desde su flanco más diversificado.

En el frente espacial es donde el escenario optimista cambia de naturaleza, porque el catalizador es la propia SpaceX: su colapso de costos de lanzamiento con Starship es lo que arrastra a todos los demás, aunque para la mayoría de nosotros esa exposición siga siendo indirecta al tratarse de una empresa privada. Cuando ese detonante se activa, los ganadores cotizados se encienden en cadena. Northrop Grumman podría aproximarse a su objetivo alto de $815.00 dólares si los contratos de mantenimiento satelital se multiplican al ritmo que exigiría una órbita cada vez más poblada de infraestructura valiosa que hay que cuidar. Texas Instruments tendría potencial de alcanzar los $400.00 dólares, impulsada por la ola de silicio resistente a la radiación que toda esta infraestructura orbital demanda. MDA Space superaría con holgura su objetivo base a medida que el ensamblaje y la reparación robótica en órbita pasan de contrato aislado a servicio recurrente. Blue Origin validaría su cadencia con New Glenn, y los FPGAs de AMD/Xilinx e Intel/Altera empezarían a colocar silicio de preprocesamiento arriba para no saturar el enlace de bajada. La barrera para este escenario es puramente física y de ingeniería, no de deseo: depende de cohetes que todavía tienen que probarse una y otra vez hasta volverse tan rutinarios como un vuelo comercial. Es plausible, pero exige que la realidad coopere en el laboratorio, y la realidad tiene su propio calendario.

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Y ahora la parte que más me interesa, porque es la que ningún reporte optimista quiere mirar de frente. El mayor riesgo de toda esta tesis es confundir el éxito de ingeniería con el éxito económico, que son dos animales completamente distintos. Se puede lograr que un centro de datos funcione bajo el mar o en órbita, y que aun así el proyecto sea un desastre financiero. Y cada frente tiene su propio veneno.

En el frente oceánico, el veneno es la corrosión. Si los costos de mantenimiento submarino resultan prohibitivos con el paso de los años, la promesa de fiabilidad se derrumba y con ella el ahorro que justificaba meterse al mar. En ese caso Vertiv encontraría soporte en la zona de los $223.00 dólares si la volatilidad tecnológica se prolonga y el mercado decide castigar las valuaciones exigentes, y las startups oceánicas como Panthalassa o Atomarine se apagarían en silencio antes de escalar, como se apagan casi todas las opciones binarias.

En el frente espacial, el veneno es doble: los radiadores que se degradan más rápido de lo previsto por culpa del oxígeno atómico que ataca los materiales en órbita baja, y los presupuestos públicos que se recortan cuando la política cambia de humor. Ahí MDA Space podría retroceder hacia los C$51.00 dólares si los programas lunares sufren retrasos presupuestarios, que en el mundo de los contratos gubernamentales son casi una tradición. Northrop Grumman podría quedar limitada a los $500.00 dólares si sus márgenes se ven presionados por costos operativos crecientes. Un tropiezo mayúsculo de Starship o de New Glenn, una explosión en la plataforma, un retraso de años, congelaría de golpe toda la narrativa del cómputo orbital y dejaría a SpaceX y Blue Origin vendiendo una promesa que el mercado ya no querría financiar, arrastrando de paso el entusiasmo por ASCEND y por la opción espacial de Thales y Leonardo. La barrera que separa este escenario del base no es tecnológica sino económica y temporal: se materializa si la industria descubre, ya con el capital comprometido, que hacer algo posible no es lo mismo que hacerlo rentable. He visto esa trampa devorar tesis enteras, y por eso la respeto más que a cualquier proyección optimista. El pesimista informado no es un aguafiestas, es el único en la mesa que sobrevive al ciclo completo.

No voy a decirte qué comprar, porque el día que un análisis te dé la orden en lugar de darte el marco, deja de hacerte más inteligente y empieza a hacerte más dependiente, y mi trabajo es exactamente lo contrario. Lo que sí puedo hacer es compartirte cómo estructuro yo el pensamiento cuando una tesis es tan tentadora y tan cargada de trampas.

Lo primero es entender que en toda fiebre existen tres capas de riesgo, y cada una pide un tamaño de posición distinto. En el centro está el habilitador cotizado, líquido, con balance y flujo de caja, el que gana sin importar quién gane la carrera de fondo. Esa capa admite convicción y permanencia. En un anillo más externo está el operador especializado y cotizado, más volátil, más dependiente de un solo relato, que admite exposición pero exige tamaños más contenidos y estómago para los sobresaltos. Y en el borde, casi fuera del alcance, está la startup privada, la opción binaria, que para la mayoría de nosotros no es un activo a poseer sino una señal a vigilar. Muchos inversionistas mezclan estas tres capas en una sola emoción, y esa confusión es lo que convierte una buena tesis en una mala experiencia.

Sobre el timing, mi sesgo después de tantos ciclos es hacia la construcción gradual y en contra del gesto heroico de entrada única. Una tesis que se mide en años, no en trimestres, no necesita que aciertes el fondo exacto, necesita que estés presente cuando la historia se despliegue. Entrar por tramos, a lo largo de meses, te protege de tu propia soberbia y te da algo que ningún modelo puede darte: la tranquilidad de tener munición cuando el mercado te regale una de sus caídas injustificadas, que en este sector volátil llegan con puntualidad. Los niveles de soporte que mencioné en el escenario pesimista no son órdenes de compra, son mapas de dónde la historia se ha puesto a prueba antes, y un mapa vale más cuando lo lees con calma que cuando lo persigues con prisa.

Sobre la gestión de riesgo, mi única regla inquebrantable es que ninguna tesis, por brillante que suene, merece un tamaño que te impida pensar con claridad cuando se ponga en tu contra, porque toda tesis se pondrá en tu contra en algún momento del camino. La diversificación aquí no es solo entre activos, es entre capas de riesgo y entre horizontes. Y hay una disciplina que vale oro y casi nadie practica: separar en tu cabeza la tesis del precio. Puedes tener toda la razón sobre que la nube baja al mar y sube a las estrellas, y aun así perder dinero si compras la razón correcta al precio equivocado. Mantén viva la tesis en tu convicción y mantén frío el precio en tu ejecución. Son dos músculos distintos, y confundirlos es el error más humano y más caro que existe.

Por último, un consejo que no viene en ningún manual. Vigila las señales antes que los precios. El día que Panthalassa demuestre sus costos, el día que Starship reutilice de forma rutinaria, el día que un hyperscaler firme el primer contrato serio de energía junto a un parque eólico marino, esos serán los verdaderos catalizadores, y llegarán mucho antes de que el consenso los digiera y los ponga en las valuaciones. Escuchar esas señales con atención, mientras el resto mira solo la pantalla, es la ventaja más subestimada que tenemos los que pensamos en décadas y no en jornadas.

Hay un cambio de fondo en todo esto que trasciende cualquier ticker, y con eso quiero dejarte pensando. Durante toda mi carrera el consenso repitió que el valor estaba en el software, en lo intangible, en el código que se copia infinitamente a costo cero. Y de pronto, la propia inteligencia artificial, la criatura más etérea que hemos creado, nos está devolviendo con brutalidad a lo físico. Resulta que la mente más avanzada del planeta necesita agua fría, energía nuclear, cohetes reutilizables y brazos robóticos que la reparen en el vacío. Lo inmaterial depende, como siempre dependió, de lo material que lo sostiene.

Ese es el reencuentro con la física que le da forma a esta oportunidad. El capital más inteligente del mundo no está huyendo hacia el mar y hacia el espacio por romanticismo ni por moda, está huyendo hacia las únicas dos fronteras donde las leyes de la termodinámica todavía trabajan a su favor y la burocracia terrestre no alcanza a estorbar. Es un movimiento profundamente lógico disfrazado de ciencia ficción, y en esa distancia entre cómo se ve y cómo es, se está construyendo la próxima geografía del patrimonio.

Aquel día en el barco, cuando mi hijo me dijo que la nube eran puros edificios llenos de cables, se rio de mí por haber creído durante tanto tiempo en algo etéreo. Me quedé pensando que quizás la lección más valiosa que le puedo heredar no es una acción ni un precio objetivo, sino la costumbre de mirar debajo de la superficie de las cosas antes de que todos los demás lo hagan. El patrimonio que perdura no es el que sabe más, es el que ve antes. Y hoy, la nube está bajando al mar y subiendo a las estrellas mientras casi todos siguen mirando la pantalla del teléfono, convencidos de que el futuro se juega ahí adentro. Quien se quede anclado a una tierra que ya no tiene energía suficiente para sostener nuestras ambiciones, no va a perder por falta de talento. Va a perder por falta de mirada.

Nos leemos en la próxima. Y como siempre, esto es lo que yo pienso desde lo que he vivido, no un consejo para tu caso particular. La decisión, con toda su libertad y todo su peso, siempre será tuya.

Read the original on javiermtzmorodo.substack.com

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