Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y eso mismo me ha pasado a mí, pues es la segunda vez que la final del Mundial me pilla en un pueblito muy querido del País Vasco de cuyo nombre no quiero acordarme en esta reflexión.
Aquí los hinchas de la selección somos como los paleocristianos del siglo II, que tenían que esconderse en catacumbas para hacer sus rituales y debían esconder cualquier símbolo para evitar persecución.
El domingo por la mañana no se veía ninguna prenda roja que no fueran las camisetas del Athletic. Un senegalés se paseaba por las terrazas del pueblo vendiendo camisetas de fútbol. Le pregunté si tenía alguna de España, me dijo que solo vendía las de la selección de Palestina, la selección vasca y la Argentina. Por supuesto eran todas imitaciones, no vayan a creer que el dinero de las ventas llega a Palestina. Bastante es que mantiene a este buen hombre de gran olfato comercial que ha aprendido a chapurrear el euskera …

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