Nadie me dijo que dolía más el silencio que la ausencia. Pero dolió. Y dolió todos los días.
Rodrigo no volvió a buscarme. No más copias, no más pretextos, no más cercanías. Ya no me pedía ayuda, ya no me llamaba para revisar reportes. Se volvió profesional, seco, perfectamente calibrado.
—Mara, ¿revisaste las órdenes de lote? —me preguntó esta mañana, sin mirarme.
—Sí. Están firmadas desde las ocho.
—Bien.
Eso fue todo. Eso llevaba siendo todo desde hacía días. En las reuniones me trataba con distancia, con la corrección que uno espera de un jefe.
Pero en mi cabeza…
Simulo que no duele.
Pero me estoy tragando las ganas
de gritarte que sí,
que me duele.
Que me parte.
Que me cansé.
Porque estoy.
Y no me ves.
El miércoles fue peor. Estábamos todos en el comedor. Rodrigo llegó tarde, con su mochila al hombro y el rostro tenso. Se sentó lejos. No frente a mí, no junto a mí. Ni siquiera me saludó.
Y, sin embargo, esta mañana, cuando prendí la computadora y me giré para dejar mi bolso, había un dulce sobre mi escritorio. Era de coco con canela. Tenía un pequeño papel doblado debajo. No decía mucho. Solo una palabra:
"Perdón".
Por la tarde, se fue la luz en toda la planta. Las máquinas se detuvieron, el ventilador dejó de girar: apagón completo. Todos salieron al pasillo. Algunos aprovecharon para conversar, otros se quejaron del calor. Yo, en cambio, me quedé sentada, con la pantalla negra frente a mí.
Rodrigo apareció junto a mí, de repente.
—¿Todo bien? —preguntó con voz baja.
—Sí —mentí.
—¿Segura?
Lo miré. Y ahí estaba de nuevo: esa mirada. Esa maldita mirada que parecía tocarme.
—¿Por qué dejaste de hablarme? —me atreví a preguntar.
Rodrigo bajó la cabeza.
—Mara —dijo bajito—. No sabes lo difícil que ha sido.
—Yo también lo he sentido —susurré.
Se acercó. Lento. Su boca tocó la mía. Apenas. Despacito. Como si me hubiera esperado toda su vida. Y se quedó ahí.
—Dios, Mara... esto no puede pasar —susurró, sin soltarme.
Yo lo besé también, con todas las ganas que me había tragado durante días.
Y entonces… alguien se aclaró la garganta.
Lucas. Apoyado contra el marco de la puerta. No sé cuánto tiempo llevaba ahí. No dijo nada. Solo sonrió.
Rodrigo se separó de mí de inmediato. Yo me giré de espaldas, fingiendo buscar algo.
—Tranquilos —dijo con falsa cortesía—. No quería interrumpir. Solo venía a avisar que la luz ya regresó.
Nos miró a los dos, luego a la puerta, y se fue.
Rodrigo se pasó una mano por el rostro. Se quedó un segundo parado y luego cerró la puerta.
Yo no respiré.
Ya había luz. Esa luz blanca y directa de oficina que no perdona, que muestra todo, que no deja lugar para esconderse.
Y aun así… volvió por mí. Como si toda la contención se le hubiera reventado adentro.
—No puedo más —dijo.
Lo supe antes de que me besara. Pero igual me estremecí.
Aunque esta vez fue distinto. Era un beso en plena luz, en plena culpa, en plena decisión.
Me subió al escritorio. Me sujetó por la cintura, como si temiera que me fuera. Yo lo abracé del cuello.
Nos besamos. Su mano bajó por mi espalda, se detuvo en mi cadera.
—No está bien —susurré.
—Lo sé —dijo—. Pero no quiero hacer las cosas bien si eso significa estar lejos de ti.
Yo cerré los ojos. Sus dedos comenzaron a desabotonar mi blusa.
—Dime si quieres que pare —susurró.
No lo dije.
Sus labios recorrieron mi cuello, mis clavículas, el borde de mi sostén. Yo lo abracé con los muslos.
—No quiero ser un error, Rodrigo.
Él negó con la cabeza, pero en sus ojos había algo más que deseo. Había conflicto. Algo que no me estaba diciendo.
—No lo eres —murmuró.
Estábamos a nada. A una decisión.
Pero de pronto, se detuvo.
—No —murmuró, con la frente apoyada en la mía—. No te mereces hacerlo aquí, en un lugar así.
—Lo sé —le dije, sin soltarlo—. Además… no creo que tarden en volver, Rodrigo.
Se separó de mí con delicadeza.
La puerta se abrió. Entraron Iván y Ximena. Lucas detrás, como si no hubiera pasado nada minutos antes.
Yo me senté frente a mi computadora como una estatua de carne.
—Ya regresó la energía. Vamos a retomar donde nos quedamos, por favor —dijo Rodrigo.
Pasaron las horas. Nadie notó nada. Nadie supo lo que no pasó.
Pero yo me quedé con la humedad entre las piernas hasta terminar el turno.
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