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Mientras me encuentro · Jul 4, 2025

Capítulo 0 - Piloto

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Is González · Mientras me encuentro

Lo soñé antes de conocerlo. No una vez. Muchas. Antes de que su voz tuviera sonido, antes de que su nombre existiera en mi mundo, antes de verlo por primera vez.

Las calles eran de piedra. El aire olía a sal y a carbón mojado. Las mujeres vestíamos con faldas largas hasta los tobillos y trenzábamos el cabello con cintas oscuras. Las ventanas tenían rejas de hierro forjado y los postes de luz eran de gas. Las cartas tardaban semanas en llegar. Pero yo las esperaba cada día.

Yo sabía que era otro lugar. Lo sé por el mar. Por los cerros. Por una calle en curva que bajaba desde la plaza hacia la costa. Por el café donde él solía leer el periódico, ese que vendían junto con empanadas de pino envueltas en papel. Yo lo buscaba ahí, con el vestido recogido hasta los tobillos, cuidando no pisar el charco que siempre se formaba. Él me esperaba, siempre con las manos manchadas de tinta, con su abrigo gris y su voz que olía a vino tinto.

—Perdón por llegar tarde —le dije.

—Te esperaría dos vidas si hiciera falta —me respondió, sin moverse.

Nos reímos.

Éramos novios.

Él me decía “amor” con ternura. Yo le decía “tonto”, riendo, y él se ofendía fingiendo, solo para besarme.

Hasta que el mundo tembló.

Fue un susurro al principio. Una vibración leve bajo nuestros pies. Luego un crujido. Una grieta.

—¿Lo sientes? —me preguntó, tomándome de la mano.

—Sí —le dije.

Gente corrió. Los edificios crujían. El cielo se hizo gris. El aire se llenó de polvo. Y algo cayó.

No supe qué fue lo que me golpeó.

Él gritó mi nombre. Me buscó entre los escombros. Llegó a mí.

—Amor, quédate. Quédate conmigo.

—No puedo —quise decirle, pero la sangre me llenaba la boca. No tenía voz.

Lo último que vi fueron sus ojos. Marrones. Oscuros. Tristes. Llenos de miedo. Llenos de amor.

Y entonces... desperté. Sintiéndome otra vez en el siglo equivocado.

Desperté como siempre despierto después de ese sueño: con las manos cerradas, como si aún lo abrazara.

No lloré. Ese sueño no era nuevo. Llevaba años soñándolo. Con distintas versiones, distintos paisajes, pero siempre él. Siempre yo. Siempre el derrumbe.

Y siempre, el adiós.

Era un 17 de agosto, el mundo aún se tambaleaba, pero esta vez por una pandemia.

Aquella ciudad no significaba nada para mí, hasta ese momento, y ni siquiera sabía si iba a quedarme mucho tiempo.

Llegué buscando trabajo, como cualquiera lo hace cuando la vida te dice: «tienes que hacerlo». Tenía muy poco dinero, apenas lo justo para sobrevivir unos días. Las uñas de los pies se habían teñido de un negro silencioso, producto del esfuerzo diario por conseguir un trabajo.

Más tarde supe que eso tenía nombre: hematoma subungueal. Sangre atrapada bajo la uña, por la fricción. Les pasa a los futbolistas, a los corredores… y a las foráneas que caminan mucho. Al final, la uña se afloja, se despega y se cae. En mi caso, me la tuvieron que quitar.

Los zapatos se me habían rendido con el asfalto y el sol. Ya estaban despegados de la suela, y aun así los usé para ir a la entrevista más importante de mi vida. Me puse lo mejor que tenía: una blusa blanca con puntitos azules y un curioso lazo azul marino en el cuello —que no era moño, pero hacía el intento—, un pantalón negro, el cabello planchado, aunque ya se me había esponjado por el calor y el viaje de mil calles para llegar.

Llegué unos minutos antes, como buena novata que no quiere arruinar su primera oportunidad. Me hicieron pasar a una pequeña sala donde me recibió Lucas, el asistente de Calidad.

—Acompáñame, te están esperando en la sala de juntas —me dijo.

Me condujo por un pasillo, dobló a la izquierda y me señaló la puerta.

—Es ahí.

No era lo que esperaba de una sala de juntas. Estaba llena de carpetas desordenadas, amontonadas por todas partes, como si no tuvieran otro lugar donde ponerlas.

Fernando ya estaba sentado, serio, con una hoja sobre la mesa y el ceño de alguien que ya había visto muchos currículums iguales al mío. Me saludó con la cabeza. Sin palabras, solo un gesto profesional.

Me senté con la espalda recta, fingiendo seguridad, como si tuviera veinte trabajos rechazados por exceso de talento.

Yo apenas me sentaba cuando se abrió la puerta de nuevo. Entonces entró él. Tarde. Con pasos rápidos, pero sin culpa, como quien sabe que el mundo va a esperarlo de todas formas.

—Disculpen la demora —dijo mientras cerraba la puerta.

Fernando, el hombre serio que había estado sentado en la mesa, finalmente levantó la mirada y asintió, algo que parecía una aceptación tácita de la tardanza, como si ya estuviera acostumbrado a esos pequeños retrasos.

Era imposible no notarlo. Tenía el cabello un poco alborotado y una sonrisa de esas que se usan cuando uno llega tarde y quiere que se le perdone.

—Rodrigo, jefe de preparación —se presentó, sin mayor ceremonia.

No sabría explicar bien cómo fue. Solo que, cuando cruzamos miradas, me pareció familiar. No de haberlo visto antes, sino de haberlo sentido antes, en alguna parte de mí.

Se sentó frente a mí. Una mano extendida, y en ese instante lo recordé.

El sueño.

El mismo que había tenido tantas veces. El derrumbe. Él y yo. Yo moría. Lo último que veía eran sus ojos.

Ese hombre que había soñado durante años —en otra vida, en otro país— estaba ahí, de carne y hueso, frente a mí. Y con esos mismos ojos.

⌛💖

Te pareces a alguien que amé

Capítulo 0 - Piloto: "El Reencuentro"

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