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TE CUENTO · Jul 14, 2026

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Irene Navarro · TE CUENTO

Me mentiría si me dijera que vuelvo por gusto. Por gusto no se vuelve. Se vuelve para ganarle la apuesta a Sarini de retomar la escritura antes de que llegue el domingo de esta semana.

Reconozco que antes de verme motivada por el mágico y efectivo ingrediente de la competición, pensé en volver de muchas maneras: la primera, como Paquita Salas. Con porra y chocolate incluidos. La segunda, como Penélope, quizá no tan castiza, algo intensita sí. La última como yo misma, la misma que mira el calendario una y otra vez poseída por la nostalgia y el contestador automático diciéndose un mítico: “no me creo que haya pasado un año”.

Cuando empecé a escribir en Substack establecí que este sería mi diario digital. Si alguien lo leía además de mis padres y el escaso amigo con algo de tiempo, pues no sé… ¿bien?; no obstante, he aquí la confesión de tinte egoísta-realista, siempre tuve claro que la lectora fiel y habitual sería la misma que la autora: yo. Definiría mi hábito escritor como irregularmente consistente, al menos eso ocurrió hasta que volví con la mochila al mismo lugar del que salió: Europa. De mi vuelta completa en catorce meses al planeta Tierra ya hace más de 365 días. Tengo un recuerdo fresco y sorprendentemente reciente de lo rápido que pasamos el control de pasaporte en Oslo y de la poca fricción al navegar su aeropuerto tan aséptico, tranquilo, sereno.

La intención de continuar acompañando mis periplos con palabras no murió del todo; la ejecución de la idea… sí. De ninguna manera podría haber anticipado que volver al punto de partida, ese que debería llamar hogar, me haría sentir menos en casa que nunca, tanto que me alejaría de mí misma.

Por supuesto ahora me es facilísimo mirar hacía atrás, apiadarme de aquella yo varada en el comfort más incómodo y saber que tarde o temprano pasaría. El verano fue llevadero, repleto de reencuentros y sal marina. De amigos en Berlín y salmorejo en el balcón de Palos. De arrancar agosto con tumbos por Barcelona y poco después un atardecer mirando a la Acrópolis. De engullir en agosto el turquesa del Egeo y bañarme cada noche en tzatziki. Septiembre me obsequió montañas. Primero las de un idioma tan extraño como familiar en Kurtinig y algo más tarde las de un último finde de verano en Ginebra con mamá, acompañadas de poulet, fondue y paseos. Y así, empezando a mirar de reojo el contador de los 9 meses que me quedaban por gestar mi prestación por desempleo, llegó octubre, aquel que me duró mil años y que solo conseguí superar con mil lágrimas en noviembre.

Me di a la llorera sanadora un miércoles en los brazos pacientes de Julián. Diría que llorar por llorar no sirve de mucho. Lágrimas y distancia. Lágrimas, distancia y castañas. Castañas calentitas en mis manos tras ver nevar en las calles de Zurich. Fue el remedio que necesité para despedirme de todo aquello que sin llegar a tener, me convencí de querer querer: un piso en Valencia, un tren a 2h de Madrid, la perpetuación de una vida que había aparcado en 2024 y a la que - sorpresa - crees que puedes volver.

Remontémonos al 2023, a una de aquellas mañanas con Carla en las que cuestionábamos el mundo después de desaparecer en el shavasana para irremediablemente retornar a la vida:

Carla: A veces pienso en volver a Estonia.

Irene: Hmmm… ¿qué te haría volver?

Carla: No estar aquí (Berlín), allí fui tan feliz. Pero… cuando contemplo irme de verdad, me digo ¿a qué estaría “volviendo” exactamente? ¿Acaso puedes volver a algo que ya se dio?

No sé qué respondió Irene entonces, pero la de hoy empieza a encontrarle el sentido. Lo de volver o no, quedarse o irse es como una pregunta retórica recurrente en mi entorno y en las conversaciones con los que algún día decidieron irse. Yo fui una de esas. Lo difícil para mí no es ir y venir, es quedarse. Ahora sé que es a la idea de quedarme a lo que le lloraba exigiéndole una explicación que solo encontré sin forzarme a hacerlo y que tan solo ahora, habiendo pasado un año, puedo aceptar como la respuesta que despeja la pregunta: tienes que volver.

Volver a cambiar, a dejarlo, a emprender otro camino, a encontrar uno mejor, a volver al anterior, a odiarlo, a quererlo, a sorprenderte, a redefinirte. Volver.

Lo sé.

Sari, te he ganado.

Read the original on irenenavarro.substack.com

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