Hay un dato espeluznante que no muchas personas recuerdan hoy: el año en que Nicolás Maduro llegó al poder —annus horribilis de 2013— inició con la peor matanza en la historia penitenciaria de Venezuela: la masacre de Uribana. Un motín carcelario, supuestamente ocasionado por un canal de televisión y un periódico local, donde fueron ejecutados al menos 60 reclusos en las primeras horas de la mañana. Eran los días en que el país estaba gobernado por un fantasma —Hugo Chávez firmaba decretos presidenciales desde La Habana, a pesar de que nadie lo había vuelto a ver ni a escuchar vivo (importante subrayar vivo, pues en las bocinas del sistema de transporte público sonaba todos los días su voz destemplada cantando un himno militar con un diabólico cuarto de tono descendente, y no mucho después aparecería una silueta espectral de sus ojos en camisetas, banderas y edificios residenciales)— y la nación estaba a punto de enfrentar sus dos grandes traumas del siglo: la reducción del 75% de su PIB y la pérdida de ocho millones de ciudadanos.
De modo que aquella carnicería humana desatada bajo custodia del Estado, la presencia fantasmática del responsable político y espiritual de la Revolución, y el aluvión de intrigas y engaños que un opaco poder criminal sustitutivo arrojaba a diario sobre una nación estresada —aunque todavía optimista y, por lo mismo, carente de una conciencia trágica capaz de asimilar la naturaleza del mal que estaba a punto de devastarla— moldeaban un poderoso símbolo profético: aquella sería la marca distintiva del régimen del sucesor de Hugo Chávez y, por extensión, de toda la deriva necropolítica del poschavismo.
Para entonces yo tenía 25 años y acababa de dar un salto mortal hacia la nada: había renunciado a todas mis posibilidades expresivas como pianista para dedicarme a la literatura. No tenía idea de las implicaciones laborales y mentales que traería una decisión así, pero el embrujo del homme de lettres de los años setenta —cuyo magnetismo residual ya he exorcizado en otras entregas de este boletín— seguía acoquinándome con la obsesión de un “propósito”: tenía que escribir algo GRANDE. Los inconvenientes no tardaron en aparecer: era tan impaciente como inseguro, desdeñaba el género que se me daba con más naturalidad —el ensayo— y arrastraba toda clase de impedimentos técnicos para escribir una novela.
¿Qué podía resultar de todo aquello? Una presión insana sobre mis fieles amigos, los cuentos, acaso el puente más amable entre la concentración de la poesía y la posibilidades aterradoras de la ficción. Me fijé, entonces, un parámetro ambicioso: los relatos debían tener en conjunto la extensión —y acaso la textura— de una novela y debían apuntar directamente a la realidad del país, con una fidelidad casi periodística. Todo estaba servido para escribir una obra “seria”. Lo que no anticipé fueron las descargas involuntarias del humor: cada párrafo que escribía me arrancaba una carcajada tensa, una especie de risa filosa con espasmos melancólicos, al estilo del Joker de Joaquín Phoenix.
A mediados de junio de 2013 tenía un primer esquema del libro: cinco cuentos largos, conectados entre sí por el eco maligno de la masacre penitenciaria. Lo primero que empecé a escribir se parecía más a un arrebato de prosa poética que a un texto narrativo: la vida de una periodista de sucesos que, tras involucrarse sentimentalmente con el Pran —la máxima autoridad criminal de la cárcel—, termina padeciendo en carne propia los horrores de la matanza. No pude terminarlo en años. Luego intenté recrear la sala de redacción donde esa misma periodista trabajaba, pero esta vez desde el punto de vista de un joven reportero que acaba convirtiéndose en un fabricante experto de fake news al servicio de la crueldad sensacionalista. Me fue mejor, aunque tardaría otros siete años en darle una estructura definitiva.
El primer cuento que sí tomó forma desde el principio fue El mal comicial: la historia de un savant indigente, Bolivita, que merodeaba la plaza Bolívar repitiendo con escalofriante exactitud todas las cartas, discursos y proclamas del Libertador, y que terminaría asesinado por los Círculos Bolivarianos en pleno ascenso de Maduro al poder. Este relato no aludía directamente a la masacre de la cárcel, pero construía con precisión la atmósfera turbia en la que se estaba gestando todo el aparato ficcional (y ahora entiendo, la época) del libro: una ciudad decadente, indeciblemente violenta, cuyos cimientos comenzaban a modificarse ante la llegada de un régimen político atroz. Una conversación —de hecho, la última— con mi Old Sport Freddy Castillo, erudito y finísimo escritor venezolano, terminaría por esclarecer la hipótesis no solo de ese cuento, sino del libro entero: el país se estaba subiendo a la stultifera navis. La nave de los locos. Esa figura que Foucault vinculó con el destierro, el control social y la locura.
Hice varias reescrituras del manuscrito: una en 2014, en medio de las protestas masivas que encendieron el país, cuyos retoques —como aquellas flamas rabiosas— no llegaron a nada; otra en 2017, ya en México y sumido en cierto estado catatónico posmigratorio, que resultó extrañamente fructífera y decisiva; y otra en 2020, unos días antes del inicio de la pandemia, cuando por fin, en una cafetería de Paseo de la Reforma, le di el punto final al texto. El título que tenía entonces era Agua color ceniza, una alusión tanto al río oscuro que recorre y da nombre a mi ciudad natal —el topos caótico de estos cuentos— como a esa sustancia putrefacta que estaba a punto de envenenar a la nación. Un conflicto recurrente en el plano plástico de la frase —el “agua ceniza” me remitía a la vez a una acuarela y a una pócima— me obligó a inclinarme por un título más sombrío y, al mismo tiempo, más directo: Turbio.
Ahí lo tomó Sudaquia Editores, una editorial de literatura hispanoamericana en Nueva York, y lo demás es este anuncio que les traigo hoy:
Habemus nuevo libro.
Aunque la certeza de la retrospectiva puede derivar en posturas cínicas, cuando no falazmente victoriosas, creo que algo de este libro se propuso capturar ese instante decisivo en el proceso de desfiguración social que algunos estudiosos han llamado “daño antropológico”. En la historia reciente de Venezuela —y por qué no, de América Latina—, 2013 es una suerte de año-portal: con el cadáver de Chávez se enterró el sueño desarrollista de la Marea Rosa de los años dos mil, comenzó la perestroika malandra del Socialismo del Siglo XXI (acaso la última gran promesa teórica poscomunista antes del Pensamiento de Xi Jinping), se aceleró la metamorfosis de la Revolución Bolivariana en un enjambre de mafias territorializadas y es, prácticamente, el último año en que el país vería su composición demográfica compacta. Sin el paso por aquel agujero negro de 2013, el Tren de Aragua, las narcolanchas del Caribe y la ruta del Darién resultan, en buena medida, incomprensibles.
¿Estamos hablando entonces de un proyecto inhumano que alcanzó niveles altísimos de desarrollo por la tenacidad siniestra de sus diseñadores o más bien de una liberación de caudales autodestructivos que habían permanecido ocultos, reprimidos por décadas, a la espera de una figura arquetípica que les abriera las compuertas de la historia? ¿Será que el chavismo no es un cuerpo extraño que invadió las células de un país sano, sino una herida supurante anidada en lo más remoto de nuestros tejidos cuyo “calor cultural” posibilitó el colapso de todo el cuerpo? Algo que me quita el sueño —y esto podría calificar en la categoría de las nobles obsesiones literarias— es descubrir si acaso Venezuela está en una de esas épocas en que, para decirlo en palabras de Clarissa Pinkola Estés, el “depredador psíquico de la cultura” encontró las condiciones idóneas para desarrollar todas sus capacidades de aniquilación y si la soberanía actual de ese enemigo —tan familiar como aborrecible— debería verse como un episodio descartable o como la expresión persistente de una dolencia.
Todos los personajes de Turbio, de maneras más o menos conscientes, arrastran con estas preguntas, aunque terminan elaborándolas con esa variedad de la catarsis muy latinoamericana: cagándose de la risa. El tono de danza macabra con acidez salsera que recorre el libro viene tal vez de ese contrapunto entre lo ruin y lo bello, lo cutre y lo excelso, lo aberrante y lo noble, con la vibración de un organismo irresponsable que ni en el lecho de muerte se permite ser aburrido. Si hubiera nacido en Suiza, les llamaría disonancias a estos binomios, pero nací en el interior de Venezuela y vivo desde hace una década en Ciudad de México, de manera que conozco la función lubricante de los contrastes cuando se trata de manipular los feroces engranajes de los que estamos hechos.
Si tengo que señalar un punto preciso en la biografía metatextual de Turbio en el que logré metabolizar todas estas inquietudes fue, sin duda, la reescritura de 2017, gracias específicamente al reino de los sonidos (para Boecio el oído era una forma de conocimiento, y creo que tiene razón). Como todo año de estabilización migratoria, aquel fue un período desgastante, corporalmente insostenible. Todas las noches llegaba extenuado a mi habitación tras jornadas de trabajo y trayectos de metro larguísimos, y mientras mis roomies mantenían fogosos y disciplinados encuentros sexuales —los departamentos pequeños, supongo que por la delgadez de los tabiques, producen un efecto acústico que convierte cualquier jadeo en ópera hardcore—, yo escribía y reescribía sobre un colchón prestado en el piso, con un ejemplar de Rituales del caos a modo de metrónomo para la prosa. Tenía, si acaso, dos horas, entre las 10 y las 12 de la noche, para trabajar en esto.
Ahí, en esas noches tremebundas de sexo ajeno y concentración interior en un departamento de la colonia Juárez, vio la luz Homicidio sonoro, tal vez mi cuento favorito de toda la colección. Tenía años intentando unir dos de mis aficiones —la intriga policial y la musicología—, construir un polly pocket de un lugar imprescindible para mi formación intelectual y sentimental —el Conservatorio de Música— y diseñar una trama donde sonaran Arvo Pärt y el raspacanilla, las fugas de Juan Bautista Plaza y Chávez Corazón del Pueblo, tras un misterio de asesinato cultural.
De manera que, con muchos traspiés, logré escribir el borrador de una crónica negra con minitratado de musicología que abordaba la misma devastación, pero ahora desde el lado “intangible” del asunto: el saqueo burlón de la memoria, la asfixia de los impulsos creativos y la demolición de las instituciones culturales. Si es cierto que la ficción puede iluminar aspectos de la realidad que se le escapan a las teorías, aquí podría robarle algo de su luz para condensar esta idea: una destrucción cultural a gran escala solo puede ejecutarse a través de pequeños actos erosivos de gente inculta, desalmada, con niveles solventes de virtuosismo técnico y una instrucción suficiente para conferirle orden programático a la bestialidad. En palabras más llanas: los monos silvestres no pueden incendiar la historia.
Quizá el impulso profético de la literatura sea una de las aristas que ni las contracciones del mercado editorial ni el devenir iletrado del mainstream político y económico mundial podrán verdaderamente liquidar. Tampoco lo harán la sed criminal ni la sangre derramada sobre los espacios vacíos de mi país. Con Turbio me he dado cuenta (y esto puede ser una consecuencia natural de la emigración) que mientras me intereso por el ensayo y la crónica para entender el mundo en que vivo, veo a Venezuela casi exclusivamente a través del lente de la ficción. Para explicarme lo que pasó conmigo, con mi padre, con mi casa, es decir, con todo ese entresijo incómodo que compone la patria, recurro al auxilio de la imaginación. No sé si hice bien la tarea y tampoco sé si despertará mayor interés, pero la fórmula me ha servido principalmente como guía de elaboración. Finalmente, el origen es también una conjetura y está plagada de malentendidos y recuerdos, que son piezas de ficción sin soporte material.
Aldous Huxley decía que los neuróticos escriben a pesar de su neurosis y por eso creo que tardé más de una década en terminar este libro: porque tenía que hacerlo a pesar de mí (o, mejor dicho, de ese moi que me dejó solo en el trabajo, después de embriagarme con la ambición). Estoy contento y también algo asustado. Han sido 12 años y no puedo decir que me reconozco plenamente en estos cuentos. En cierta medida he llegado a aceptar que el destino de los libros es como el de las estrellas solitarias del cosmos: solo es posible avistar su brillo después de un larguísimo viaje a través del tiempo.
De suerte que esta es una presentación y al mismo tiempo una despedida: a partir de este momento, mi terrible y querido Turbio ingresa en el flujo de la cultura y lo hace bajo el sello de Sudaquia Editores, en Nueva York, acompañado por un catálogo extraordinario de autores, que reúne tanto a mis contemporáneos más talentosos como a varias figuras tutelares de la literatura latinoamericana. Ustedes, amigos y lectores de Inteligencia Natural, son los primeros en enterarse: pueden ir pidiéndolo ya y, cuando les llegue, mándenme fotos o saludos o lo que quieran. Vienen algunos eventos dentro de poco, así que empiecen a sumergirse en sus aguas subterráneas, a ver si gozamos pronto de una buena conversación.
Turbio está disponible en Amazon.
Y es posible que sea la mejor manera de despedir este año.

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