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Inteligencia Natural · Oct 31, 2025

El arte después del salario

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Zakarías Zafra · Inteligencia Natural

Hace algunas semanas llevé a mi hija a KidZania, una especie de parque temático del capitalismo tardío exquisitamente disimulado entre actividades de “entretenimiento educativo” light y aires de museo infantil privatizado. Ya antes de ceder a las gentilezas sombrías de los cupones de descuento por internet presentía que la promesa del parque era problemática (¿quién en su sano juicio querría visitar una maqueta de la abrumada vida adulta?), incluso sabía que en sus elaboradas fachadas de utilería encontraría poco más que reflejos edulcorados del ciclo autodestructivo de la clase media, pero jamás imaginé que saldría de ahí con un desbarajuste axiológico profundo.

Más allá de la variedad de sensaciones incómodas que me produjo tener que asumir el rol de extranjero y superar un trámite migratorio para entrar al parque (el área de bienvenida de KidZania es una mezcla de mostrador de aerolínea de bajo costo y módulo de informes del Instituto Nacional de Migración), y la quema constante de energía que implica sostener el propósito de no gastar dinero en pendejadas, lo que resultó verdaderamente revelador fue ver mi silueta de profesional del “sector cultura” en los espejos crueles de la clase media urbanizada del siglo XXI.

El contraste fue brutal: mientras las reproducciones en miniatura de los almacenes de Amazon, los talleres de Ford Motors, los pasillos de Liverpool y las vitrinas de Farmacias Similares eran pulcramente exactas, la representación del arte y la cultura era paródica. En el teatro de la ciudad, unos niños desesperados de aburrimiento repetían entre disfraces unas líneas de diálogo ramplonas que salían de las bocinas a modo de anuncio de kermés escolar, la Galería de Arte —un espacio acristalado sin ningún cuadro ni escultura a la vista, parecido a una de esas oficinas de Recursos Humanos cuyo diseño gélido-minimalista traduce valores inalcanzables de transparencia corporativa— permaneció cerrada en todo momento, y encima de una fachada fantasma del diario Excélsior, un anuncio con estética del medio oeste con la palabra ESCRITOR en rojas mayúsculas bufonescas y una oferta de valor misteriosamente ridícula: se escriben novelas.

Esto último, desde luego, me obligó por un lado a cuestionar las proyecciones económicas del oficio que elegí hace casi dos décadas para ganarme la vida (¿acaso la posición decorativa, insolvente y hermética de aquel letrero explica por qué construir un piso económico aceptable como ESCRITOR es en buena medida una quimera?) y, por otro, la posición de la cultura y el arte “serios” en el entramado del capitalismo pospandémico.

Dejando a un lado los complicadísimos y en cierta medida irresolubles acertijos del talento, la sintonía con el espíritu de los tiempos, las acumulaciones bourdieusianas de capital, la suerte y todos los demás fenómenos que atraviesan el amplio espectro de la creación artística, nos encontramos con un abanico particular de conflictos que se avivan cuando las Bellas Artes y la sociedad de consumo se cruzan en el mismo espacio-tiempo: producir objetos culturales para mercados inexistentes o reducidos, enfrentar costos altísimos de producción —en horas-hombre, materiales, energía vital— cuyas pocas o nulas posibilidades de recuperación le cargan a la voluntad sacrificial o a la noble adicción todas las opciones de recompensa, industrias que no son tales sino apéndices del star system cuando no entes beneficiarios del mecenazgo, demandas artificiales creadas por subsidios masivos del Estado, las presiones del canon, de los gustos y de los bolsillos vaciados, el prestigio y el reconocimiento de la crítica especializada (exigua también en el paisaje de los medios) como moneda de cambio in absentia del mercado, en fin: partículas que chocan contra el núcleo problemático de ganarse el pan produciendo objetos culturales en un mundo que los devalúa —o los encumbra tanto que los museíza— y que no da tregua en ninguno de los flancos de la reproducción de la vida.

En esto KidZania funcionó como una estupenda muleta analítica, sobre todo porque pone sobre el terreno del role play aspectos esenciales del capitalismo avanzado frente a la creación cultural que de lo contrario resultarían muy abstractos. Por ejemplo, mientras los niños corren exasperados de un lado a otro para buscar trabajo en las grandes marcas y recibir kidzos —la moneda de curso legal de este tierno paraíso fabril— canjeables en las tiendas departamentales de la ciudad, las estaciones educativas y recreativas permanecen vacías, principalmente porque su lenguaje económico es opuesto a la fórmula ideológica del parque y, por ende, a lo que parece sensato y divertido: trabajar “jugando” para poder comprar después. Las actividades artísticas y culturales son contraintuitivas porque cuestan dinero y su exigencia y lentitud no tienen equivalentes materiales inmediatos. En pocas palabras: mientras con las misiones repetitivas de las marcas recibo dinero que se convertirá en juguetes, en las opciones culturales tengo que pagar por un intangible aburrido que se traduce en… nada.

En un momento de agotamiento social, Anastasia decidió gastar 10 kidzos en un silencioso “taller de manualidades” donde una joven pasante de gestos flemáticos le enseñó a hacer monstruos con cartones de huevo. Por supuesto, no había un solo niño además de ella. El atelier quedaba entre las oficinas del Ministerio Público, las escaleras hacia la cárcel municipal y el baño de caballeros. Presumimos que no muy lejos estaban los depósitos de Amazon, porque más de una vez nos chocaron niños-diableros enloquecidos por llevar cerros de cajas de la megacorporación hacia sus destinos. Cuando se dio cuenta de que nueve minutos de artesanía no eran suficientes ni para sus fines recreativos ni para su necesidad terapéutica, mi hija sacó su tarjeta réplica del BBVA y pagó otros 10 kidzos por nueve minutos más de clase, cuyo resultado fue un segundo monstruo adorable de cartón de huevo.

¿Por qué en una simulación tan elaborada de la vida adulta —en cuya manufactura, paradójicamente, tuvieron que encontrarse la arquitectura, el diseño, la sociología urbana, la escultura, la iluminación escénica, la narrativa transmedia, el arte sonoro y la semiótica— todas las esferas de la creatividad y el saber terminan relegadas a un segundo plano? ¿Por qué tenemos que aceptar que en una maqueta viva de la sociedad del siglo XXI, donde hasta los bomberos, los policías, los hospitales y las oficinas del gobierno federal están representados explícitamente en su dimensión de servicio, el arte, la cultura, incluso la ciencia no aplicada se presentan como apéndices vagos de lo importante, cuando no abiertamente inútiles?

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Luego de que toda la paciencia —y el café— se agotaran en la interminable fila de espera para entrar al Walmart infantil, encontramos la única actividad remunerada que podía abrirle algún camino a la curiosidad (no seré innecesariamente vanidoso: la fábrica de helados y el veterinario estuvieron bastante bien): el Centro de Certificación y Pruebas, un laboratorio algo áspero donde los niños pueden revisar el funcionamiento de ciertos productos y evaluar su calidad antes de lanzarlos al mercado. El espacio, por supuesto, estaba totalmente vacío, y el encargado de la actividad le ofreció pagarle a Anastasia creo que 20 kidzos a cambio de revisar una scooter.

Esto terminó de ajustar mi mirada para intentar comprender el asunto con algo más que desconcierto o amargura. Aquí voy:

  1. A todos, de alguna forma u otra, se nos ha enseñado que el arte y la cultura no pueden ocupar los mismos lugares de protagonismo que el resto de los sectores productivos de la sociedad. La manera consensuada de entender a un artista hoy es, o a través del tamiz del espectáculo —es decir, aquel sujeto esplendoroso que aparece en los medios de comunicación masivos, cuyo objeto cultural es una experiencia transmediática de alto calibre que requiere de la compra de boletos para ser consumida—, o a través de la gallarda estatua bibliográfica: aquellos Grandes Creadores que, gracias a las políticas de la memoria y a los procesos de editorialización del Estado, “pasaron a la historia”. Esto podría explicar por qué, en la escala real de nuestras ciudades —donde los acuerdos sociales y las dinámicas cotidianas rozan con seres humanos reales de carne y hueso que producen objetos culturales a la par que usan el metro, se enferman y compran en el supermercado de la esquina— los artistas, académicos, cultores, científicos, artesanos, ocupan lugares fantasmales, exóticos o incluso mendicantes, con una superficie económica y política mucho menor que la de los abogados, los contadores, los médicos y los comerciantes, adjudicatarios de la gran etiqueta de la utilidad.

  2. En la maqueta real de la menguante clase media del siglo XXI, el arte o es recreativo o es terapéutico, pero jamás productivo. Y digo “productivo” no en los términos de la exacerbación contemporánea del esfuerzo, sino en la capacidad natural de producir rendimientos decentes. Si bien es obvio que crear, distribuir y consumir objetos culturales involucra largas cadenas de intercambios económicos, muchas de esas transacciones parecen quedarse en el trueque elegante. Las lógicas industriales, productivas y sistémicas —esas que en otros sectores permiten consolidar y multiplicar beneficios en el tiempo— están generalmente ausentes en la cultura (lo cual, naturalmente, lleva a preguntarse si, ante la deriva cruel del capitalismo cibernético, no sería mejor que se mantuviera así). Los dispositivos de sospecha que se encienden cada vez que un objeto cultural gana mercados masivos, el insistente pudor que interviene en la ecuación de arte y dinero, las tensiones vivas entre pertinencia cultural, valor estético y expansión comercial, podrían ser síntomas de la “anemia industrial” que se muestra tan evidente en este simulacro social para niños.

  3. Abandonad todo idealismo culturiento: una ciudad donde los pequeños aprendan las nanas de García Lorca antes que a hacerse un sándwich, compitan a diario en audiciones feroces para conformar la filarmónica de la ciudad, pasen las tardes explorando las limitaciones técnicas del narrador intradiegético y asistan los fines de semana a cursos intensivos de gestión cultural para la conformación de una compañía de teatro estable, sería probablemente insalubre. Y lo sería no porque las exigencias de cada disciplina son potencialmente erosivas de la psique —que lo son—, sino por la peligrosa ambición de totalidad. Fueron las múltiples y diversas corrientes del ingenio humano las que posibilitaron la civilización en la que vivimos hoy, no a la inversa. El problema está en que, al menos desde los inicios de este siglo, se han venido asfixiando una tras otra todas las iniciativas de vida en común que no vengan formuladas desde la dupla Wall Street-Silicon Valley (el remake progresista del Mayo 68 tampoco hizo demasiado para interrumpir esa gramática) y que no reproduzcan lo que sea que emitan sus terminales culturales. La depresión y la ansiedad que embargan nuestras maquetas urbanas puede tener que ver con la ausencia de alternativas igualmente importantes entre aquello que alimenta el espíritu y aquello que produce dinero (y, por supuesto, con la trampa ideológica que impide que aceptemos que lo que alimenta el espíritu también podría producir dinero).

  4. Una vez perdidas las proporciones entre el arte y la producción económica, se avecinan dos caminos: colgar los guantes y dedicarse a vender pantaletas por Amazon o repetir la ecuación de los más insistentes: enlazar un trabajo alimenticio tras otro para financiar el placer ulterior del arte-por-el-arte. ¿Debemos aceptar esto a ciegas como una especie de pacto fáustico doblemente perverso (en el sentido de entregar el alma por nada)? ¿La única alternativa a la lotería de la celebridad y a las brutales matemáticas de la monetización en tiempos de la sobreoferta de “creadores”, los públicos disminuidos y la saturación de las audiencias es una cadena de actos sacrificiales gratuitos que en algún tiempo se llamó “amor al arte”? ¿Habrá que separar definitivamente las uvas de la creación pura de las zarzas de la ambición? (Me salió con aura bíblica, ni modo). ¿Y qué hacemos con los impulsos creadores —y creativos— que seguirán empujando por mera condición humana? ¿Sofocarlos tras ideales insostenibles de pureza y mortificación, o trasmutarlos en el carrito con descuentos urgentes de Shein?

Después de la evaluación técnica de la scooter de metales ligeros, fuimos a buscar el despacho del ESCRITOR que escribe novelas. Lo intentamos por las puertas falsas del diario Excélsior, rodeamos el edificio pensando que los arquitectos del parque habían dispuesto un acceso secreto como complemento de la oficina del novelista, subimos y bajamos escaleras que siempre nos condujeron a puntos distantes de observación desde los cuales el letrero lucía estrambótico y vagamente interesante. Fue ahí cuando nos dimos cuenta de que no existía tal despacho y que la idea de un posible sujeto con habilidades narrativas específicas que se gana la vida escribiendo textos para otros era solo un artefacto de utilería.

La imaginación —cuando no el examen autobiográfico— me da para elaborar un escenario ficticio a modo de explicación: nuestro ESCRITOR no abre su despacho de 9 a 6 como si fuera una floristería y tampoco está ahí escondido creando un opus magnum mientras llega el próximo cliente. Probablemente está asesorando al municipio en el storytelling de la próxima campaña de clasificación de desechos, está dando alguna clase sobre los usos éticos de la IA en los entornos laborales y asegurándose de que haya una concordancia impecable entre las palabras, los números y las estaciones del mapa impreso de la ciudad que usarán cientos de miles de personas mañana. En otras palabras: está siendo útil de maneras muy concretas, aunque atomizadas.

Y aquí quisiera detenerme.

Frente a las dislocaciones violentas que ha suscitado el capitalismo cibernético en el cuerpo laboral de la sociedad (la tokenización de saberes, la competencia rapaz, el filtro de sinsentido que opaca la mayoría de trabajos remunerados, la función terapéutica de la deuda, el insistente paisaje publicitario arrojándonos a un lugar liminal donde compramos pero también nos compran), la respuesta no puede provenir de los acuerdos traicionados entre el Estado, el capital y la clase trabajadora de la posguerra. Las señales de que la organización laboral a partir de la especialización está en pleno derrumbe son cada vez más evidentes. De hecho, en un mundo de relatos hiperfragmentados, individualismos sin garantías colectivas y múltiples formas de precariedad, es cada vez más difícil dedicarse a una sola cosa en la vida para sobrevivir.

Esto, por cierto, encaja muy bien en el oscuro diagnóstico que Zygmunt Bauman hizo en su Retrotopía hace casi diez años: ya que la construcción de una sociedad receptiva a los anhelos y los sueños humanos quedó en las nebulosas tras sucesivas traiciones y abandonos del Estado y el capital, lo que queda ahora es una situación injusta pero también interesante en la que los individuos deben desplegar el ingenio personal, con todas las habilidades y recursos de los que dispongan, para buscar y encontrar soluciones a problemas producidos socialmente.

Por eso, como en una mise en abyme dentro de los espirales oscuros del neomedievalismo contemporáneo, recordar a los antiguos polímatas del Renacimiento como una forma de relación con la creación y el trabajo no sea una idea descabellada. Quizás haya más posibilidades económicas —y libidinales— para un filólogo que publica videos educativos en YouTube, inventa un juego de cartas con palabras desaparecidas del castellano, diseña una aplicación móvil para enseñar el idioma a turistas y vende en su blog playeras con los insultos de la época de Cervantes, que la breve y maravillosa vida de un corrector de estilo.

La única salida que veo hoy de la maqueta del capitalismo y sus laberintos de representación paródica de la cultura es la curiosidad renacentista, que no es otra cosa que la perspectiva integrativa de habilidades y saberes. Precisamente en la integración, en ese plano que une de forma armónica la invención con las destrezas que las presiones de la vida adulta han apuntalado casi por inercia, está la diferencia quizá nada sutil entre un polímata y un todero.

Una vanitas de Edwaert Collier (1662). Instituto de Arte de Chicago.

El grueso de la población de agentes de la cultura —y en este saco no solo meto a los artistas y gestores culturales, sino a los académicos, profesores, periodistas, arquitectos, infoproductores, divulgadores científicos, Dj’s, YouTubers, es decir, todos aquellos que producen algún objeto orientado a circular en el flujo de la cultura— tiene inquietudes y preguntas parecidas frente a qué hacer y cómo hacer para vivir dignamente de sus oficios creativos sin traicionarse, sin vender el alma al diablo de los algoritmos ni pasar la vida encerrado creando una obra maestra mientras se desgastan todas las energías vitales en trabajos alimenticios subpagados.

Y, si me permiten, me gustaría fijar un límite entre la creatividad y el oportunismo comercial: aunque adosar electrodos masajeadores a los calzones de Amazon, inventar una memecoin con la oreja mutilada de Van Gogh o idear un esquema de membresías para invocar la energía de las estrellas para producir dinero son actos que podrían catalogarse de “ingeniosas”, no encajan en el horizonte de creación de objetos honestos orientados ya sea a solucionar problemas inmediatos de los seres humanos corrientes o a agitar las mentes y los espíritus con criterios de calidad por lo menos aceptables.

Cuenta B. F. Skinner que hubo un período en que los astrónomos no podían dejar de hablar como astrólogos y que la química no tenía modo de liberarse de la alquimia: había toda una serie de lenguajes liminales, zonas fronterizas del saber donde, también, podían encontrarse otras formas de verdad. Los polímatas y creadores renacentistas eran exploradores, curiosos, intrépidos, que manejaban repertorios de saberes que podían venir de la experiencia, de la invención, del error, de la observación atenta, del aburrimiento, de los sueños, de la nada cotidiana, pero cuyo fin común era una puesta en relación con el mundo, un diseño de objetos muchas veces fallidos pero otros tantos afortunados, para dialogar con otros humanos y echar a avanzar lo que sea que se entendiera por civilización.

En esta época, en la que todas las herramientas y materiales para crear están disponibles a costos relativamente bajos —aunque, al mismo tiempo, se pelea contra el cansancio y la saturación— bien valdría calibrar algunas posibilidades fuera de la producción en serie y la organización taylorista del trabajo, que separó el amplísimo y complejo espectro del saber humano en carreras y luego en especialidades y luego en cubículos específicos dentro de la gran fábrica mundial. Lo único bueno que tiene el retorno forzado a lo que Bauman llamó “las políticas de la vida”, ese lugar donde estamos obligados a (auto)gestionar todo lo que alguna vez fue responsabilidad del Estado de Bienestar, es que los del “sector cultura” estamos habitualmente entrenados a esa batalla, pues a fin de cuentas no hay arte ni objetos culturales sin políticas de la vida.

Al final de la tarde, cuando todos los niños fueron conducidos a gastar sus kidzos en la imitación insuperable de Liverpool, Anastasia experimentó la frustración más grande del recorrido: el poco dinero acumulado en el día lo había gastado en aquel parsimonioso taller de manualidades. “He debido trabajar más para ganar más dinero”, dijo, y vio con rencor al monstruo adorable de cartón de huevo que tenía entre las manos. No tuve mucho más que decirle. Por suerte, el asunto se le olvidó en minutos. El saldo en su tarjeta le dio para comprarse una goma de borrar con la forma de un castillito medieval. Una pequeña imitación útil. O tal vez un odioso talismán.

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