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Vista de Pájara · Aug 7, 2026

#68 Palomitas de ensaïmada

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Inés Masip Rojas · Vista de Pájara

¡Hola!

Hoy voy a empezar la carta por el final. Esto podría provocar una colisión en el espacio-tiempo, pero no creo. Puede que el mundo se acabe, pero también puede que no. Poneos casco antes de salir de casa, por si acaso.

Ahora que ya habéis hecho todos la bromita de poner vuestra cara en un billete de 200€, vamos a lo importante: supongo que vais a votar los billetes de los pájaros, ¿verdad? ¿Verdad? ¿¡Verdad!?

Contexto: el Banco Central Europeo ha abierto una votación para elegir los nuevos diseños de los billetes de euro y se han hecho dos propuestas: una basada en pájaros y otra en personajes históricos europeos. La votación está abierta hasta el 21 de septiembre. Y supongo que no hace falta que os explique por qué diseños hago yo campaña. Imagínate llevar un treparriscos en la cartera. O un martín pescador. O un abejaruco. Te va a quedar una cartera divertidísima. Dan ganas de llevar más efectivo encima. Si eres europeo, puedes votar aquí a tus pajaritos favoritos.

Fin de la campaña.

Creo que esta será la última carta que os escriba este verano. Necesito un poco de tiempo y espacio para escribir sin publicar. Hay una serie de imágenes que se repiten en mi mente desde hace algún tiempo, que por ahora solo son intuiciones, pero que espero que poco a poco empiecen a ser algo más. Solo el tiempo y mi paciencia dirán en qué se acaban convirtiendo. Así que esta humilde newsletter mía se irá de vacaciones hasta otoño, pero antes, dejadme que os cuente en qué ha consistido mi vida durante las últimas dos semanas.

El prólogo

Hace más o menos un mes me acordé de que pronto iba a ser el Atlàntida Mallorca Film Fest. Sabía que era bastante probable que acabase hablando de este festival en Vista de Pájara, así que pensé que quizá podía cometer la temeridad de pedir una acreditación, para poder garantizarme la entrada a los conciertos, a más pases de películas y a algún que otro espacio reservado solo a personas acreditadas. Escribí mi propuesta, me actualicé la foto de carné (porque en las que tenía era yo, pero no la yo de ahora, ha habido cuatro cortes de pelo distintos en cuatro años y varias monturas de gafas) y le di al botón de solicitar con pocas esperanzas, pero por probar que no quede, pensé. Ocho días más tarde, recibí un correo con el asunto Acreditación PRENSA Aprobada. Mierda. Me acababan de dar una acreditación y encima daban por hecho que yo era PRENSA.

Yo, en julio de 2026.

Me sentí la mayor impostora de la historia. Hiperventilé un buen rato, porque yo ni soy periodista ni crítica cultural. Luego me acordé de la propuesta que les había hecho en el formulario de acreditación: «Me gustaría crear una crónica capaz de transmitir el ambiente del festival a través de anécdotas y conversaciones.» No dije nada de veracidad, ni de análisis, ni de críticas afiladas. Propuse hacer lo que hago siempre, mirar las cosas y contarlas a mi manera. Y me dijeron que adelante. Así que eso es lo que vais a encontrar aquí. Esas cosas que pasan en un festival de cine como el Atlàntida, que no solo tienen que ver con las películas o con la música, sino con humanos viendo películas y escuchando música en verano en una isla llena de turistas. Voy a ser una falsificación barata de Samanta Villar. Diez días en un festival de cine, muchos apuntes en cuadernos y notas del móvil que fueron tomados por orden cronológico y que me he esforzado en desordenar, editar y reorganizar siguiendo un criterio poco ortodoxo, pero con el que pretendo dibujar las postales que para mí representan mejor el festival. En este punto, necesito que confiéis en mí.

Bienvenidxs a mi Atlàntida.

Vistas de la catedral de Palma durante el concierto de Barry B de este año.

El inventario

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Ficciones:
La carn, dirigida por Joan Porcel e interpretada por Lluís Garau. 
Forastera, de Lucía Aleñar.
Mother Mary, de David Lowery.
Rose of Nevada, de Mark Jenkin.
Mala bèstia, de Bàrbara Farré.
Nirvanna the Band the Show the Movie, de Matt Johnson y Jay McCarrol.
Memoria de chica, de Judith Godrèche.
Jim Queen, de Marcos Nguyen y Nicolas Athané.
Documentales:
Manara, de Valentina Zanella.
The history of concrete, de John Wilson.
Los diarios de guerra de Astrid Lindgren, dirigida por Wilfried Hauke.
Annie Ernaux en la escuela, de Claire Simon.
Guía paranormal de la Costa Brava, dirigida por Ferran Romeu y protagonizada por Mariana Enríquez.
Siri Husvedt - Dance around the self, de Sabine Lidl.
Sucia, dirigido por Bàrbara Mestanza y Marc Pujolar.
Series:
Segunda temporada, Capítulos 1 y 2. Creada por Miguel Ángel Blanca, con Berta Prieto y Adán Domínguez.
Conciertos:
Laaza
La Bien Querida
Barry B
Mainline Magic Orchestra
Charlas:
John Wilson
Gael García Bernal
Isabel Peña y Javier Giner
Rueda de prensa:
El ser querido, con Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen, Victoria Luengo, Javier Bardem, Raúl Arévalo y Melina Matthews.
Notas en Substack:
Una por día de festival, con apuntes sobre cada una de las cosas de esta lista. Iré dejando las notas por aquí, salteadas, por si os apetece tener la fotografía completa de mi Atlàntida. ¿Una fotografía con el dedo índice encima del objetivo? Sí. Pero a ver, esto es Vista de Pájara, no Vista Nítida, qué esperabais. 

Los orígenes

Descubrí el Atlàntida en julio de 2022, poco después de empezar a vivir en Londres y sin tener todavía ni la más remota idea de que unos pocos meses más tarde volvería a vivir en Palma. Había hecho una pequeña parada técnica en Mallorca y mi amigo Sergio (el de pigazu) había venido a verme. Los dos estábamos cansados y teníamos puntos de sutura en partes distintas del alma. Tras una tarde de playa, habíamos ido a cenar para llorar nuestras penas a gusto y nuestras lágrimas caían sobre un plato enorme de pa amb oli de queso mahonés y camaiot, que es probablemente una de las mejores formas en las que uno puede llorar sus penas.

Pensábamos que volveríamos a casa directos después de la cena, pero mientras esperábamos la cuenta, Sergio vio en su Instagram que en Ses Voltes había unos conciertos de un festival que organizaba Filmin. Algo de Atlàntida. Resulta que el día anterior había estado Amaia tocando gratis ahí y ni siquiera nos habíamos enterado (el corazón se me agrieta un poco cada vez que pienso en esto) y ese día tocaba una chiquita que se llamaba Jimena Amarillo. Yo ni idea, pero Sergio decía que me gustaría. Podía ser divertido. Decidimos darnos un paseo hasta ahí para curiosear y ver de qué iba la cosa, pero con la tranquilidad de que el plan era gratis y que si el ambiente no nos gustaba, siempre podíamos volver a casa por donde habíamos venido.

Acabó siendo una de las noches más divertidas de ese verano. No se me olvidará nunca la voz de Jimena Amarillo hablando con el micrófono a tope de autotune, diciendo «¡qué pasa lokOooOoOs!» y «¡que estamos haciendo un bolo en Mallorca, literal, que hemos cogido un avión para llegar!». No podía ser más peninsular y más chula. Soy fan de Jimena Amarrillo desde ese concierto. Fue una noche de verano perfecta, que me hizo olvidarme de todo lo que me pesaba. Un festival con nombre de isla mítica hundida en el mar acababa de sacarme a flote.

Desde entonces, no me he perdido ni una sola edición del Atlàntida. Y en cada nueva edición he ido yendo a más conciertos, más películas, más charlas… Hasta este año, en el que no me he perdido ni un solo día. Intuyo que no te dan la acreditación para que te encierres en el cine durante diez días y acabes desarrollando una variante rara del síndrome de Estocolmo, pero yo estoy loca y eso es lo que hecho. He de reconocer que ahora estoy muy cansada, pero también os digo que ha valido la pena cada minuto no dormido y cada gota sudada de camino a las distintas sedes del festival: Cineciutat, los Cines Rívoli, el aljub de Es Baluard, el pati de les dones de La Misericòrdia y Ses Voltes.

Me emociona mucho pensar que un evento tan especial, en el que participan personas interesantes de tantas partes del mundo, está pasando en los cines en los que yo vi mis primeras películas y en los lugares donde yo me escondí para darme mis primeros morreos. Me pregunto qué hubiese cambiado en mi vida si la primera vez que le hubiese dado la mano a un chico hubiese oído de fondo a Jimena Amarillo o hubiese visto de refilón una escena de Jim Queen. No lo sé. Ni siquiera sé si los adolescentes de esta ciudad seguirán liándose en los banquitos de piedra de la muralla o si eso ahora les parecerá demasiado charca.

La sequía

En un primer momento, pensé que esta carta tendría el formato de un diario. Por suerte, me quité muy rápido esa idea de la cabeza. El primer día de festival vi The History of Concrete de John Wilson y dos días más tarde pude escucharle hablar en directo sobre cómo aborda su trabajo. Contó que después de rodar las entrevistas que acaban formando parte de sus vídeos y películas, siempre tiene una sensación de quedarse “seco”, de no haber grabado nada que merezca realmente la pena. Pero cuando se sienta a editar, de repente, surgen ante él los patrones. Esas ideas e imágenes que se repiten y que hacen que esa amalgama de cosas con un punto friki acabe convirtiéndose en una narrativa interesante. Y a ver, pudiendo ser una versión mala de John Wilson, quién quiere ser un solemne diario. Yo no. Por eso lo del desorden. Porque cuando le cuentas a tus amigos cómo fue el Atlàntida, no se lo relatas segundo a segundo, sino como lo haría John. Esto es How to Have Fun at a Film Festival While Stealing the Style of a Well-Known Creator, by Vista de Pájara. O algo así.

El eclecticismo

La mayoría de las personas que visitan Mallorca en julio y agosto vienen por el sol y la playa. Hasta aquí, solo obviedades. La magia surge cuando esto se solapa con un festival de cine. Entonces, empiezas a pasear por una especie de museo de las posibilidades. De camino al centro de la ciudad, todo son personas rubias vestidas con sus mejores galas mediterráneas, haciéndose fotos al lado de piedras sin que entiendas muy bien por qué en esa piedra y no en otra. Entonces, llegas a Es Baluard y ahí de repente, otra movida, gente con tabis y bermudas anchas por debajo de la rodilla y cortes de pelo en tendencia. Y yo, como siempre, con esa sensación de no pertenecer a ninguna tribu. Una isla dentro de una isla. Siempre igual. Por qué no me habré comprado unas tabis, yo también quiero fundirme con esta gente, ser parte de esta masa de modernidad, pero no puedo, no sé, no me sale. La programación del festival se reflejaba también en la variedad del público. Jaume Ripoll, director del festival y cofundador de Filmin, dijo en la gala de clausura que el Atlàntida es el único festival que va desde la A de Theo Angelopoulos hasta la Z de La Zowi. Pasando por Lluís Homar, Esty Quesada y la Reina Letizia, añadiría yo.

La inocencia

Un bebé se puso a bailar en medio de la pista de baile que se habilitó los primeros días del festival en Es Baluard, haciendo esas sentadillas tan graciosas que hacen los bebés cuando bailan, al ritmo de la música que pinchaba El Tesorito de la Isla justo antes del estreno de La Carn. Un bebé bailando es lo último que te esperas encontrarte antes de ver La Carn.

Sa llengua

Descubrí a la Montserrat Pujol mallorquina. La llamaremos provisionalmente Catalina. Una señora de unos sesenta y largos, setenta y pocos, que siempre llevaba su pelo blanco recogido en un pañuelo y su pulsera de la Senyera bien visible en la muñeca izquierda. En las dos proyecciones en las que coincidió conmigo, intervino para felicitar a los creadores por haber hecho la película en catalán. La primera vez que intervino fue especialmente curiosa, porque lo hizo tras la proyección de La Carn, una película que explora el descubrimiento de la sexualidad del protagonista a través de Chatroulette. Catalina cogió el micrófono con fuerza y dijo que había estado a punto de irse, porque le había parecido demasiado experimental, pero que cuando vio que era sexo en mallorquín, le empezó a interesar más y se quedó. Na Cata és, simplement, sa millor.

La juventud

En la proyección de Mala Bèstia de Bàrbara Farré se me sentó un grupo de adolescentes justo delante, sin saber que acabarían siendo una de mis partes favoritas de esta carta. Esto es lo que apunté en mis notas del móvil mientras esperaba a que empezase la peli: «Delante de mí tengo sentada a la bestia. Un chico joven de melena rubia rizada, que lleva la espalda de la camiseta llena de hojas pegadas, como si se acabara de despertar de una siesta en el bosque. Se unen a la bestia un grupo de adolescentes. Su pandilla. La bestia habla: “¿creéis que aquí se puede comer?” Hablan de un grano que la bestia tiene justo entre las cejas. La chica que está en el extremo se lo explota. Mete uña, dice su amiga. Cuesta que salga.» Mala Bèstia es precisamente la historia de una chica que está descubriendo lo que supone crecer prácticamente sin referentes. Viví ese momento como si fuese un prólogo de la película. Supongo que Bàrbara Farré le habría dado a la escena un tratamiento más elegante, menos crudo, pero siendo la vida real, tampoco nos vamos a poner tan quisquillosos.

La complicidad

Es bonito cuando percibes que las personas que presentan sus proyectos en conjunto, más allá de ser profesionales trabajando en equipo, son amigos. La idea de trabajar con tus amigos y de trabajar a gusto apareció muchas veces durante estos días. John Wilson y Gael García Bernal, cada uno por su parte, dijeron que en sus proyectos ven una excusa para pasar más tiempo con sus amigos. Gael incluso habló de su amistad con Diego Luna, una de las primeras personas con las que trabajó en este mundo y del pacto espontáneo en el que se comprometieron juntos a dedicarse al cine, mientras cargaban las cajas de cámara por una playa durante el rodaje de Y tu mamá también.

Bàrbara Mestanza le cogió la mano a Marc Pujolar, amigo suyo desde la infancia y codirector de su documental Sucia, y mirándole a los ojos le agradeció que hubiese estado con ella durante el duro proceso de seis años que refleja el documental, desde que decidió denunciar la agresión sexual que sufrió durante un masaje hasta que se dictó sentencia.

Isabel Peña, guionista de El ser querido y Javier Giner, director y guionista de Yo adicto, hablaron de la diferencia de trabajar con o sin toxicidad. Javier Giner dijo: «Es tan importante el qué se hace que el cómo se hace. Tú puedes haber hecho la gran obra maestra del cine español, que si para hacerlo has destrozado a todo tu equipo, tu obra pierde valor.» También dijo que lo habían puesto al lado de una de las mejores guionistas del país y que se sentía como si hubiesen puesto a hablar a Scorsese con Fernando Colomo, con todo el cariño del mundo para Fernando Colomo. Los festivales son lugares que se prestan a la admiración.

La conexión

Ses Voltes estaba a rebosar en el concierto de Barry B. Una cosa bonita que tiene esta localización es que te permite ver lo que pasa en ella desde dentro, pero también desde arriba. Así que puede que no hayas conseguido entrada para Barry B, pero si estás en el mirador de la catedral, podrás verlo y oírlo igualmente. Gabriel Barriuso, el cantante, se dio cuenta de esto. Miró hacia arriba, vio a dos chicos jóvenes dándolo todo, los señalo y les saludó. Los dos amigos se pusieron a saltar y a abrazarse, como si les hubiese tocado la lotería. Sí que les había tocado.

La aleatoriedad

Por más que te empeñes en tenerlo todo bajo control, siempre hay algo que pasa de repente y que no había forma de prever. En la charla entre Isabel Peña y Javier Giner, Giner estaba a punto de decir algo importante respecto a lo de las toxicidades de los equipos de trabajo, cuando de repente una alarma tomó el protagonismo de la conversación: «Catalineta, tómate las pastillas, son las dos de la tarde.» Se acabó la seriedad. Una sala entera intentando concentrarse en una conversación de dos guionistas, pero no pudiendo pensar en nada más que en Catalineta tomándose las pastillas.

Aunque la aleatoriedad también se puede escoger. Como cuando Mainline Magic Orchestra decide que los visuales de una de sus canciones van a ser tres minutos de personas trajeadas dándose apretones de manos con la marca de agua de Shutterstock. O como las dos chicas que decidieron que precisamente esa música era perfecta para ponerse a bailar un bolero mallorquín. ¿Por qué? Te preguntarás tú. ¿Y por qué no? Te responderían ellas.

La injusticia

El mismo día de la gala de inauguración del festival, se había convocado en Palma una manifestación para protestar por la creciente presión que sufrimos los residentes de Mallorca y el deterioro de la calidad de vida al que nos vemos sometidos a causa de la turistificación descontrolada. La policía decidió intervenir de la peor manera y agredió a varios manifestantes e incluso a un fotoperiodista. Cuando estábamos llegando a la Misericòrdia para asistir a la gala, vimos varios furgones policiales parados en medio de la calle y nos extrañó. Quizá la sorpresa más agridulce fue ver al consejero de turismo dando un discurso de lo orgullosos que estaban de ser una isla que acoge la cultura, mientras en el hospital general les tocaba atender a personas heridas por golpe de porra por el simple hecho de haber estado de pie, quietos, cantando La Balanguera, el himno de Mallorca. Para que nos creamos lo de que el turismo genera riqueza tendría que ser verdad para todos. Quizá nos haga falta menos gente dando discursos institucionales y más gente escuchando. Por suerte, en eso también consiste un festival, en escuchar. Y así se reflejó en las conversaciones que sucedieron en los días posteriores.

La intimidad

Cuando una persona se muestra vulnerable en público, acaba convirtiendo el espacio público en un lugar de intimidad, que nos da permiso a todos los que formamos parte de él para mostrarnos vulnerables con ella. Eso es lo que pasó tras la proyección de Sucia, de Bàrbara Mestanza y Marc Pujolar. Cuando acabó la película, nos invitaron a participar en un coloquio con Bàrbara y Marc en la entrada de Es Baluard. Había una zona con mesas de madera y sillas alrededor. Más o menos en el centro de ese espacio, había una mesa con dos sillas que solo estaba ocupada por una mujer. Me acerqué a ella y le pregunté si le importaba que me sentara a su lado. Me dijo que adelante.

Después de varias preguntas de las personas allí presentes, la mujer de mi lado pide el micrófono. Le da las gracias a Bàrbara y le dice que se ha sentido completamente identificada con su experiencia, porque ella vivió una agresión sexual exactamente igual a la suya. Alrededor de nuestra mesa se forma un foso de silencio. Dice que es la primera vez que se atreve a decirlo en público. Bàrbara le da las gracias de vuelta. Durante el resto del coloquio, la mujer que está a mi lado y yo nos vamos mirando para encontrar en los ojos de la otra un lugar seguro en el que reposar, en el que sentirnos comprendidas, sostenidas. Al final, la mujer me dice adiós y siento que me dice mucho más. Le devuelvo el adiós y le deseo que le vaya bien.

La presencia

Después de seis años trabajando la mayor parte del tiempo en remoto y viendo a mis compañeros de trabajo como bustos que se asoman a través de sus ventanitas en mi pantalla, no os podéis imaginar la impresión que da estar a dos pasos de Lluís Homar, Gael García Bernal, Javier Bardem, Isa Calderón, Javi Giner o John Wilson, entre muchas otras personas que estoy acostumbrada a ver a través de una pantalla o en el mejor de los casos, desde el patio de butacas de un teatro. Era como vivir dentro de una distopía en la que se me daba permiso para tocarle el brazo a personas famosas, mientras ponían un muro que me separaba de las personas de mi día a día. El Atlàntida me ha recordado la importancia del tacto.

La infección

En la charla con Isabel Peña, Javier Giner habló del momento en el que se te ocurre una idea que quieres desarrollar como de una infección, algo que no puedes sacarte de la cabeza y que no para de crecer y de ocupar espacio en tu mente, pase lo que pase a tu alrededor. Creo que eso es lo que me pasa a mí con el Atlàntida. Que cada verano me infecto y me paso dos semanas pensando en todo lo que he visto y todo lo que me queda por ver.

La compañía

Mis premios al mejor público del festival son para…

Javi, por acompañarme a más cosas de las que él hubiese querido y, sin embargo, acabar reconociendo que esas películas que no había ido a ver por iniciativa propia le habían gustado mucho más de lo que esperaba.

Mi padre, por no conectar demasiado con las pelis que van sobre viajes en el tiempo y acabar acompañándome a ver Rose of Nevada, más o menos igual que cuando se acababa comiendo mi helado de fresa cuando a él ni siquiera le gustan las cosas con sabor a fresa.

Y mi madre y mi padre, en conjunto, por convertirse en mi coche oficial el último día de festival para que pudiese llegar a tiempo a la rueda de prensa de El ser querido, después de haber ido la noche anterior a una boda y haber estado despierta hasta las cinco de la mañana. Supongo que ahora entendéis mejor lo de que esta semana esté cansada.

La moraleja

Cuidado con las alarmas que te pones en el móvil, porque te pueden sonar aunque hayas activado el modo avión. Ojo con lo de pasar demasiado tiempo en casa, quizá te conviene salir un poco más. No infravalores nunca un vídeo de stock de un apretón de manos. Nunca digas que no puedes conseguir una acreditación antes de haber enviado el maldito formulario. Y cómprate otra bolsa de palomitas, porque las palomitas nunca sobran.

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Muchísimas gracias por leer. Y por tomarte las pastillas, Catalineta.

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