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Hijo de Circe · Jun 29, 2026

La tormentosa fe de Unamuno

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Pablo María Pineda · Hijo de Circe

Lo que define en último término al ser humano no es su mortalidad, sino su conciencia de ella: saber que va morir y rebelarse interiormente contra ello.

Miguel de Unamuno es un hombre de su tiempo, un tiempo donde los avances de la ciencia hacían temblar los cimientos en los que la religión llevaba siglos sosteniéndose. Como también le sucedía a Dostoievski, Unamuno es un hombre de fe, pero de una fe tormentosa, que parpadea inaudita ante el envite cada vez más agresivo del progreso y las ciencias.

El ser humano no acepta de forma natural la desaparición absoluta a la que parece apuntar la muerte. A diferencia de los animales, hay en el ser humano un hambre de permanencia, una necesidad radical de seguir siendo. Y es ahí donde nace toda la filosofía de Unamuno y su particular relación, angustiosa, con la fe y con Dios.

Miguel de Unamuno

Ya el poeta Reiner María Rilke nos situaba en este plano cuando en sus obras habla de los animales o los ángeles. Escribí hace poco un artículo sobre ello. Rilke nos trajo la idea de que, aunque el animal muera, él no tiene conciencia de esa muerte. No vive anticipando su propia muerte, porque su hábitat es el presente.

En cambio, nosotros estamos siempre proyectados hacia el futuro.

Un futuro en el que vamos a morir. Y nos aterra.

Por eso, según Unamuno, hay en el ser humano un hambre de permanencia, una necesidad radical de seguir siendo, seguir siendo uno mismo. Por eso, en la religión, y particularmente en la cristiana, encontramos cierto consuelo. La Resurrección del espíritu y de la carne nos promete un seguir siendo tal y como somos ahora.

La religión nace, por tanto, del hambre de inmortalidad, y el hombre que descubre este deseo acaba organizando toda su existencia alrededor de él. Dios es aquello que puede salvar al hombre de la nada absoluta. Dios nace del hambre de inmortalidad.

Algunos buscan esta inmortalidad en la fama, en el recuerdo, en el nombre que dejarán tras su muerte, el kleos griego que prefirió Aquiles antes que una vida larga y anodina. Sin embargo, otros buscan una inmortalidad más profunda: la permanencia del alma en Dios.

A pesar de todo, Unamuno sentía cierto rechazo por el intento moderno de racionalizar y demostrar la existencia de Dios con argumentos. La fe había de ser algo vivo, humano, algo que latiera dentro de cada uno de nosotros, y por tanto, henchido de angustia, de ese deseo de esperanza y trascendencia.

Con la razón buscaba un Dios racional, que iba desvaneciéndose por ser pura idea (…) Y no sentía al Dios vivo, que habita en nosotros, y que se nos revela por actos de caridad y no por vanos conceptos de soberbia. Hasta que llamó a mi corazón, y me metió en angustias de muerte.

Diario íntimo, Miguel de Unanumo.

Ya señalaba Platón, en El Banquete, que Eros, el amor, es una suerte de daemon, un espíritu, un impulso que nos anima a perpetuarnos, a hacernos inmortales.

La producción y la reproducción se ejecutan en lo bello, en lo que nos parece bello… y en lo que queremos que perdure de nosotros mismos. Porque, por supuesto, nos parece bello. Y es que, en realidad, lo que amamos en esa rueda infinita de la regeneración humana, es la inmortalidad. El hambre de inmortalidad nos impulsa a amar y a perpetuarnos para ser inmortales en nuestra descendencia.

¿Dónde queda, entonces, la fe? Aquí aparece el gran drama interior de Unamuno.

La fe nunca debe ser sosegada, nunca debe desprende una seguridad racional y definitiva. Es una lucha constante entre el deseo de creer y la imposibilidad de demostrar completamente aquello en lo que desea creer.

Estando en Munitibar cuando el apuro del parto de Ceferina, me salí a la carretera, y sólo se me ocurrió rezar. En aquel trance de nada me servían mis vanas doctrinas, y del fondo del corazón me brotó la plegaria, como testimonio de la verdad del Dios Padre que oye nuestras súplicas. Y yo no entendí mi propio testimonio, cerrados mis oídos a la voz que hablaba en mí mismo. (…) mil explicaciones de razón buscaba en las sutilezas de la psicología, y no quería ver la verdad, que al impulso de la piedad se descubrió en mí. Porque entonces pedía por el prójimo, a solas, delante de Ti, sin sombra de vanagloria ni de propia complacencia, sin eso que se llama altruismo y es comedia y mentira.

Diario íntimo, Miguel de Unanumo.

La fe queda, por tanto, como algo que consiste en vivir, como si aquello que esperamos fuese verdadero, aun sin poseer pruebas absolutas de ello. El querer ser. El hombre quiere seguir siendo, y ese deseo puede reprimirse con la satisfacción de los deseos, con argumentos racionales… pero nunca callarse del todo. Siempre reaparece.

Para Unamuno, creer no significa aceptar intelectualmente unas ideas, sino esforzarse por hacer reales aquellas verdades que el corazón necesita. A fin de cuentas, ¿no es acaso la fe una relación entre el Amante y el Amado? Y como toda relación amorosa, no necesita tan solo la chispa del primer enamoramiento para seguir viviendo. También hace falta creer y crear constantemente el amor para sostenerse hacia el Amado.

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