Inmutada, se miró los muslos sangrantes, yacían sin pulso, sin latido. Se arrancó, una a una, las llagas que le cubrían hasta la entrepierna. De agujero en agujero, halló el ciclo de la vida, colgado de un gancho, arrebatado. Una llamada a la puerta la hizo descolgarse de sus sensaciones, de aquella viveza con la que suspiraba la agria realidad. No fue hasta entonces que notó el tiempo detenido bajo el olor férrico que le arropaba. Sintió la necesidad de soltar un grito ensordecedor, pero su garganta lacerada no se lo permitía. Siguieron las llamadas a su puerta, no hubo respuesta alguna. Pasaron los días, no sabía si sangraba aún, pero ya no dolía. Intentó alcanzar la puerta. En cada paso, la carne que brotaba de sus adentros fue quedando atrás, mermada, sosegada. Y entre el hilo que la seguía, se arrastraba un espectro reconocible.

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