Estamos en Mcdonald’s festejando el cumpleaños de tres de Olivia. Les pido lo mismo porque tener dos hijas es o lidiar con eso que tienen diferente, o dar lo mismo y evitar alguna discusión. Hago lo segundo. Una chica amorosa viene a traerle una corona a mi hija mayor pero ella le avisa que cumple años su hermana y rápidamente traen otra. Se la ponen y les digo que saluden para la foto. Me quedo mirando cómo Olivia mira a Sofía. Ojalá se miren y se tengan así siempre. O todo lo que ellas quieran.
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Cuando nació mi hija menor la visión del mundo -que siempre tuve como hija mayor- dio un giro radical. ¿Cómo es pasar a formar parte de la vida de unas personas que ya tienen una historia como familia?
A mi primera hija le dediqué dos libros, la mencioné en cuanta charla tuve presente y le escribí cientos de correos cada martes desde hace cinco años.
A mi segunda hija, casi nada.
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Los segundos se incorporan a una vida ya acontecida. O a una película ya empezada, como escribe Yael Frankel. No hay un registro minucioso como el que hice siendo madre primeriza y todo formaba parte de una experiencia. A mi segunda hija casi no le compro ropa, hereda juguetes que recibe con la misma felicidad que si fueran nuevos y se sumó a una familia con sus rutinas, horarios y una hermana mayor que ya acapara toda nuestra atención.
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Pero los segundos están, existen y rápidamente reclaman su lugar.
Se acomodan tan rápido que casi no recuerdo cómo alguna vez fuimos tres. Olivia siempre existió en mi vida.
El amor no se multiplica, tampoco se divide, no tiene sentido cuantificar. Pero sí hay amor, ¡y suficiente!
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La poca exclusividad se compensa, creo, con la existencia de su hermana mayor. Me gusta que existan las dos, que se tengan. Me importa mucho más que aprendan a tenerse entre ellas a que nos rindan respeto a nosotros como padres. Me fascina cuando hacen planes para engañarnos y se complotan para lograr nuestra destrucción. Quiero que se ayuden entre ellas, que se tengan.
Me gusta pensar que tienen algo en común que nos excede. Que tiene que ver con una época, una historia, una contemporaneidad: chistes, palabras en código, anécdotas, cuentos antes de ir a dormir, peleas, carcajadas, más peleas, juguetes, películas.
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Si no escribo de mi segunda hija con tanta frecuencia, si no le dedico cada martes un correo, no es porque no la quiera o porque me importe menos; es precisamente porque con ella las cosas -por ahora- me resultan (un poco) más fáciles. Porque ya aprendí a ser madre, porque me permito equivocarme y entregarme de otra manera.
No tendrá la exclusividad de esos mapadres primerizos, que criaron en pandemia, pero tiene la mirada de quienes ya cuidan desde hace seis años. Y se permiten estar más livianos.
Mi segunda maternidad me enseñó algo que la primera no podía enseñarme: que podía, que hay disfrute en la experiencia caótica de criar y que ese caos es el que elijo todos los días.
Queridos mapadres y cuidadores:
¿Cómo están? No van a poder creer pero esta vez les escribo sin estar tomando café. Ayer terminé tarde, no llegué a escribir este correo pero como es martes y me gusta cumplir, ni bien se fueron a las chicas siete y media al colegio agarré la computadora y me puse a escribir. No tengo café, tremendo. Lo primero que haga después de mandarles este correo es ir corriendo a tomarme mi tan ansiado brebaje de la mañana.
Ayer cumplió tres años mi Olchi y les confieso que estoy duelando el ya no tener bebés. Me gusta, no soy nostálgica, quiero que crezcan. Pero también me doy cuenta que se cierra una etapa como madre de chiquitas para entrar en otra en la que las hijas empiezan a crecer. De eso, un poco, va el texto de hoy.
Pero también les cuento algunas cosas. La semana pasada charlé con Seba Davidovsky para su podcast Error del sistema. Les dejo el link para que lo escuchen. Me mata cómo lo titularon, me doy cuenta que siempre estoy tirando frases anti ayuda. Soy optimista, lo juro, jaja.
Creo que eso es todo por hoy.
Nos vemos en la próxima entrega.
¡Les mando un súper abrazo!
Flor Sichel.
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