Ahora mismo estás en modo verano. Y está bien. Pero dentro de unas semanas va a pasar algo que pasa todos los años y que casi nadie aprovecha: vas a tener delante a una audiencia descansada, con la cabeza despejada y con una predisposición a escuchar que no va a volver a repetirse hasta el año que viene.
Septiembre es, sin que nadie lo diga en voz alta, el mejor momento del año para hablar en público.
Y la mayoría de la gente lo desperdicia.
Aquí está el primer motivo, y es el más contraintuitivo: en septiembre todo el mundo ha dejado de practicar. Tus compañeros, tus clientes, tu jefe, los ponentes del evento en el que vas a participar. Nadie ha estado haciendo presentaciones en agosto. Nadie ha estado afinando su discurso en la tumbona.
Eso significa que el nivel medio baja. Y cuando el nivel medio baja, destacar requiere mucho menos esfuerzo del habitual.
No hablamos de que vayas a brillar porque los demás lo hagan mal. Hablamos de que el contraste trabaja a tu favor. Una intervención bien estructurada, con una apertura clara y un cierre que se recuerde, va a destacar en septiembre con una facilidad que en marzo o en noviembre costaría el doble conseguir.
La pregunta es si vas a estar tú también oxidado o si vas a llegar con algo preparado.
El segundo motivo es igual de importante: tu público también ha descansado. Y eso cambia todo.
Durante el resto del año, quien te escucha llega a tus presentaciones cargando con reuniones anteriores, con pendientes sin resolver, con la cabeza en tres sitios a la vez. Septiembre es el único momento en que ese ruido de fondo se ha reducido de verdad. La atención está más disponible. La predisposición a escuchar es mayor. El cerebro ha tenido semanas para resetear.
Eso no significa que vayas a tener audiencias perfectas ni que el trabajo de preparar una buena intervención desaparezca. Significa que el esfuerzo que haces llega más lejos. Que una idea bien contada tiene más posibilidades de asentarse. Que el mensaje que lanzas en septiembre tiene una ventana de entrada que en otros meses simplemente no existe.
Reuniones de vuelta de vacaciones. Presentaciones de objetivos para el último trimestre. Arranques de proyectos que llevan meses en el cajón. Eventos, conferencias, formaciones internas. Todo se acumula en las primeras semanas de septiembre como si alguien hubiera abierto un grifo.
Y en todos esos contextos vas a tener que hablar. En algunos ya lo sabes. En otros todavía no, pero van a aparecer.
La diferencia entre quien aprovecha ese momento y quien lo deja pasar no es de talento ni de carisma. Es de preparación. Quien llega a septiembre con su discurso afinado, con sus aperturas trabajadas, con claridad sobre qué quiere transmitir y cómo, va a tener una ventaja real sobre quien llega confiando en que ya se le ocurrirá algo cuando llegue el momento.
Agosto no es solo tiempo de descanso. Es tiempo de preparación tranquila, sin presión, sin urgencia. El mejor momento para pensar en cómo quieres que suene tu mensaje cuando llegue la hora.
Septiembre llega. La pregunta es si vas a estar listo.
Shawn Achor lleva años investigando la relación entre el estado mental y el rendimiento. En su charla The happy secret to better work defiende algo que va a contracorriente de lo que nos han enseñado: que no es el éxito lo que nos hace sentir bien, sino al revés. Y eso, aplicado a la oratoria, tiene una lectura muy concreta: cómo llegas a septiembre, con qué mentalidad afrontas esas primeras intervenciones después del verano, determina en gran parte cómo salen.
Tu reto: Fíjate en cómo usa el humor en los primeros minutos y en qué momento decide ponerse serio. Es una decisión editorial muy consciente. Intenta pillarlo.
¡Espera!
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